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Desde el barrio: Dos minutos de silencio

Martes, 07 Jun 2016    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes
Ayer mismo, el lunes de la resaca de San Isidro, una docena de trastornados se fueron a la misma Puerta Grande de Las Ventas para poner velas en memoria de todos los toros "asesinados" en la Feria de San Isidro, como si los "caído" fueran los mismos que los de la sala Bataclán de París. Así está el mundo.

Durante todo mayo, los medios de comunicación no han dejado de dar pábulo y sitio a todos estos activistas del animalismo, venidos arriba con la bajada de pantalones de la Junta de Castilla y León respecto al famoso Toro de la Vega. Desde la ya sonada pendejada mediática del antitaurinismo de Goya hasta lo de las velitas, los abolicionistas, amparados por el ayuntamiento de la señora Manuela, no han cejado en su intento de reventar San Isidro.

Y así, aunque de manera discreta, se ha hecho patente en todas las corridas madrileñas una mayor presencia policial dentro y fuera de la plaza de Las Ventas, en prevención de posibles ataques o "acciones heroicas" de estos luchadores "jipipijos" para boicotear lo que sucedía tarde a tarde en ese "templo de la tortura".

En un par de ocasiones consiguieron burlar la vigilancia policial: un grupito de "concienciados" se sentó una tarde delante de la puerta principal para entorpecer el paso de la gente a los tendidos y, ya al final de la feria, en la corrida de Cuadri, un "becerro" se escapó de los vaqueros para saltar al ruedo y, desdentado, presumir luego de su "heroicidad"  en las estúpidas redes sociales.

Pero lo que sucedía allí dentro, en el epicentro de sus odios y su monomanía programada, no era otra cosa que un espectáculo para el que, a lo largo de todo un mes, se han vendido un total de 620 mil localidades, arrojando una media de ocupación de los tendidos de un 87 por ciento para generar un impacto económico en la ciudad de 60 millones de euros (unos mil 260 millones de pesos).

Lamentablemente, tal vez también por culpa del mismo sector, incapaz de hacerse oír y valer entre tanta mentira interesada, nada de esto ha tenido repercusión en unos medios de comunicación donde poco a poco va prevaleciendo el criterio antitaurino, sobre todo en las redacciones donde se tergiversa y manipula la realidad. Hasta el punto de que se han ignorado las muertes casi simultáneas de dos personajes tan opuestos en la forma pero tan parejos en su final como El Pana y Renato Motta.

Tal vez a los medios españoles les pillaran demasiado lejos tanto Nazca, en Perú, como la Guadalajara mexicana, pero no así al mundo del toro, ese imperio compartido por millones de personas donde tampoco nunca se pone el sol, que guardó, también en la primera plaza del mundo, unos sentidos minutos de silencio que también fueron silenciados en la prensa generalista.

De nada parecen haber servido, pues, sus muertes, ya que incluso, como la del brujo de Apizaco, han sido utilizadas de la manera más rastrera por el despreciable Anselmi, que se hizo eco y difundió a los cuatro vientos la falacia de un panfleto digital que aseguraba que el rey de la bohemia torera se había arrepentido de su profesión, sin voz y casi sin vida, desde su ya postrera postura.

Ha pasado entre tan triste trasfondo este largo y plano San Isidro de mostrencos sin raza, sólo sacudido por contados sobresaltos de épica y algunos, muy pocos, impulsos de estética. Y desde hoy mismo el toreo seguirá a lo suyo, al trasiego de carreteras, hoteles y plazas, mientras el "reich" animalista sigue tomando posiciones en los gobiernos locales a la espera del asalto final.

Pero, aunque el toreo siga su curso rutinario de cada temporada, deberíamos pensar en dejar sólo nuestro silencio para esos dos minutos de homenaje a los caídos, no sea que  tengamos que guardarlo antes de tiempo por esta filosofía de vida que nos distingue del resto en un mundo de emociones teledirigidas.


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