La corrida de
Miura vino a salvar, sólo un poquito, la llamada "Semana Torista" de una Feria de San Isidro muy larga y, a veces, también muy tediosa, a la que hoy le puso chispa el menudito y enrazado torero de Murcia:
Rafael Rubio "Rafaelillo", con
una actuación sincera y valiente y, por momentos, hasta artística, delante del único toro que pudo disfrutar.
Y es que el que abrió plaza debió haber sido devuelto por su manifiesta debilidad, que andando los minutos, y tras el tercio de banderillas, se convirtió en desesperante invalidez. Y tampoco hubiese pasado nada que un ejemplar de otro hierro remendara el encierro de la mítica ganadería andaluza.
Así que
Rafaelillo tuvo que abreviar delante de ese toro y rumiar su amargura dentro del callejón, sabedor de que nada más le quedaba una sola carta para tratar de recomponer una temporada que este año se le presenta especialmente complicada, no obstante que se trata de un torero que siempre se ha entregado sin reserva a su profesión, matando las corridas duras y las maduras, y toda clase de alimañanas.
Bien dicen que el destino -o Dios, como quiera verses- es siempre muy sabio, y hoy le envió un toro de
Miura ¡bueno! cosa que es noticia, pues esta ganadería rara vez embiste para hacer el toreo moderno, ese que gusta al público, por largo y templado, y en esa buena estrella que al final se impuso a la adversidad,
Rafaelillo se sintió torero y se gustó en una faena diferente al cuarto del festejo.
Porque el toro se empleaba y transmitía, sobre todo por el pitón izquierdo, y
Rafaelillo se despatarró y toreó muy sabroso, sintiendo el toreo muy adentro de su alma, en muletazos que le llegaron mucho a la gente.
La estructura y composición de la faena, que comenzó toreando por alto y de rodillas, tuvo esos pasajes de suma entrega con el murciano roto, sacando a flote los sentimientos, en unos muletazos en los que se abandonó y hasta estuvo a punto de sufrir un percance cuando en un pase de pecho el toro lo cogió por la bragueta, destrozándole el delantero de la taleguilla.
Ya cuando parecía que tenía cortada una oreja de ley, y quizá algo más, porque aquello había calado muy hondo en el público, dos inoportunos pinchazos emborronaron aquel dechado de enjundia, de expresividad y ganas de querer mostrar que también sabe hacer el toreo templado y no sólo el toreo defensivo al que le obligan la circunstancias con este tipo de ganaderías.
La impotencia de
Rafael lo hizo llorar con hombría, sabedor de que en la punta de la espada había dejado la Puerta Grande de Madrid, y consciente de que ahora mismo necesitaba, más que nunca en su carrera, abrirla de par en par. Llorando a rabiar, quizá sacudido por un cúmulo enorme de emociones contradictorias, arrancó a dar una aclamada vuelta al ruedo que fue todo un poema al sentimiento de un hombre que ha luchado siempre por superarse.
El resto de la tarde se circunscribió a dos entonadas faenas de
Javier Castaño, cuya rubrica con la espada le hubiese granjeado sendas ovaciones, así como una desangelada faena de S
erafín Marín al sexto, otro toro noble con el que el catalán bien pudo haberse esforzado con mayor inteligencia y gusto para torearlo.
Al final, ese triunfo virtual de
Rafaelillo deja una enseñanza en esta época de tanto torero adocenado y tanto empresario acartonado: el arte del toreo tiene siempre reservado un lugar para los toreros como el murciano que saben entregarse y emocionar con el sentimiento a flor de fiel. Y eso vale mucho en esta compleja disciplina.
Resumen de la corrida de hoy en Madrid (canalplus.es)