Cuando
Valente Arellano irrumpió en los ruedos, la carrera de
Manolo Martínez estaba llegando a su fin. El vendaval de frescura que supuso la presentación del torero de Torreón en la Plaza México, se tradujo en una alentadora esperanza para muchos aficionados.
En aquellos años de efervescencia taurina, no obstante la reciente retirada del mandón –que tuvo lugar el 30 de mayo de 1982, meses antes del debut de
Valente–, los novilleros tenían en un puño a la afición de La México.
Un lustro antes, la época de
El Pana y
César Pastor vio una cercana continuidad con la llegada de
Valente, Manolo Mejía y
Ernesto Belmont, que cautivaron al público casi con la misma fuerza que 35 años antes lo habían hecho
Jesús Córdoba, Rafael Rodríguez y
Manuel Capetillo, los famosos Tres Mosqueteros. Quizá la diferencia más notoria fue que
Valente brillaba con una luz demasiado intensa, que le hacía sobresalir entre los demás.
Su carismática entrega era el sustento de una lidia concebida desde el terreno del dinamismo. Este Mercurio juvenil del toreo tenía el temple en las piernas; estaba tocado de unas magníficas facultades y un amplio sentido del espectáculo. Además, habría que sumar, por si todavía fuera poco, una personalidad subyugante y un desparpajo absoluto, que confería a las suertes que realizaba una magia especial.
Nunca se sabrá hasta dónde hubiera podido llegar
Valente, pues los entresijos de su administración, las cornadas, lesiones de rodillas y espalda, fueron un freno natural a tanto desenfreno, el que lo llevó a morir en aquel fatídico accidente de motocicleta, cuando desafiaba a la velocidad de la misma manera que enfrentaba a los toros: olvidándose que tenía cuerpo, parafraseando a
Belmonte.
En la historia del toreo en México ha habido muy pocos novilleros tan emblemáticos como
Valente Arellano. Si acaso el mítico
Carmelo Pérez –de profundo y triste recuerdo– o el infortunado
Joselillo, han tenido ese halo de leyenda que envuelve al coahuilense.
Porque
Valente también toreaba a plaza llena. Y a buen seguro, con el paso de los años, iba a provocar polémica y antipatía, porque un torero de tal encanto siempre despierta envidias.
Valente es el novillero por antonomasia; un torero que buscaba redimir su vocación a través de la entrega absoluta, la que provoca angustia en el espectador cuando una figura en ciernes atropella la razón en aras de la emoción ya que su tauromaquia era deslumbrante.
Y si
Agustín Lara hubiese vivido en los albores de los ochentas, quizá se hubiera pensado en atribuir su famoso pasodoble “Novillero” a la figura gallarda de
Valente Arellano, cuyo recuerdo permanecerá indeleble en el tiempo.
Evocación: Valente Arellano, 25 años después
Sus contemporáneos hablan sobre Valente