Una negra sombra de pesimismo se extiende estos días por el toreo. El comentario general de unos y otros, poderosos empresarios o humildes profesionales, ganaderos o toreros, es que, aunque todos sean conscientes de que hay que actuar urgentemente, nadie se va a encargar de hacer lo que se debe de hacer.
Aunque aseguren en público lo contrario, la inmensa mayoría de los actores reconocen en privado y en voz baja que todas esas llamadas a la unidad y a la acción que se están produciendo para superar el crítico momento por el que atraviesa el espectáculo se van a quedar sólo en cantos de sirenas.
Aquí y allá, en España y en América, tanto unos como otros reconocen que sí, que hay que hacer algo de manera urgente, pero que nadie se va a encargar de dar el primer paso, en serio, en ese camino que tiene que partir, de momento, de un acuerdo general entre todos los estamentos y con una voluntad declarada de trabajo y esfuerzo conjunto.
La próxima cita de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, que ha convocado a los profesionales para que expongan sus “propuestas de sostenibilidad” en una reunión voluntaria el 18 de diciembre en la sevillana Venta de Antequera, podría ser el chasquido del látigo que echara a andar el vetusto y pesado carro de la fiesta en España.
Pero aún habrá que esperar a ver lo que sucede ese día antes de poder evaluar la iniciativa particular de la directiva de los ganaderos, porque, de momento, el acto se ha hecho coincidir, seguro que involuntariamente, con la asamblea anual de la Unión de Picadores y Banderilleros. Es decir, que allí no van a estar todos.
Con todo, sólo se puede calificar como positiva a una convocatoria a la que, dada la gravedad del asunto, sólo se le echa en falta un carácter más estricto que el de una invitación de buena voluntad para poder conseguir así el mayoritario efecto buscado.
Porque, salvando las distancias, hace ya más de dos siglos que una reunión de ese tipo, la celebrada en el juego de pelota de París, acabaría provocando la revolución francesa que encauzó al mundo hacia la modernidad. Cargados de inquietudes ante las nuevas perspectivas y frente a la obsolescencia del Antiguo Régimen, cada estamento social presentó sus propios “Cahiers de doleances”, sus cuadernos de quejas, que iban a ser el guión del cambio.
Algo así, aunque ya llevemos retraso, podría suceder con el toreo en España. Es el momento de que los distintos estamentos de la tauromaquia se encierren a puerta cerrada para tirarse los trastos a la cabeza y se hagan todos los reproches que tienen acumulados. Y, una vez con las cartas sobre la mesa, se pongan a remar en la misma dirección.
Y es que sólo desde un punto de partida común, y más allá de las divergencias lógicas en el juego de intereses particulares, se pueden cubrir todos los frentes abiertos en la defensa del espectáculo, identificando los auténticos lastres y señalando los verdaderos motivos de la crisis.
Porque los enemigos no son los de dentro, aunque muchos lo parezcan por sus desastrosas actuaciones en todo este tiempo, sino la corriente antitaurina que va camino de traducirse en terrorismo, las avariciosas y asfixiantes propiedades de las plazas de toros, el peligroso desdén de los medios de comunicación, la demoledora avaricia fiscal y, sobre todo, el alejamiento de una sociedad desnortada por la globalización cultural del capitalismo salvaje.
Son tantos los amenazantes nubarrones que se ciernen sobre la fiesta de los toros en este siglo XXI que ya no basta con rezarle a Santa Bárbara desde el refugio del pesimismo. Ha llegado la hora de tomar iniciativas firmes para frenar esta dinámica de absurda resignación.
Que por lo menos el final, si es que llega, nos coja con las botas puestas en el frente de batalla y con el orgullo de quien defiende un patrimonio universal. Y ya puestos a buscar estrategas, pueden ir a preguntar a Ecuador, donde el cielo empieza ya a despejarse.