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Desde el barrio: La amenaza crece

Martes, 05 Ago 2014    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes
Hablando de lo que pasa estos días en España, podríamos tocar en esta columna la inquietante ruptura de Roberto Domínguez con El Juli o las sonadas declaraciones twiteras de Talavante, que son asuntos recurrentes y recurridos que han ocupado los distintos espacios de opinión de la prensa taurina durante la semana.

Pero ninguno de estos temas, por mucho que lancen indicios inequívocos de la absoluta desintegración del famoso G-5, se sale del capítulo de los coyunturales asuntos internos del toreo, que tendrán mejor o peor solución en un plazo indefinido y sin afectar al discurrir del espectáculo en su conjunto.

En cambio, la semana nos ha traído muchas, coincidentes e inquietantes noticias en torno a una amenaza antitaurina que sigue creciendo como la espuma. Puede que sean sólo pequeños hechos aislados en toda la geografía taurina mundial pero, si los vemos con la suficiente perspectiva, deberían hacernos pensar que los ataques externos contra el toreo no pueden ya considerarse como una moda pasajera, sino como una ofensiva permanente y organizada.

Todos estos envites se derivan de una sin duda equivocada pero cada vez más extendida conciencia social contra el toreo, que, sin organizarse y haciendo el Tancredo, sigue perdiendo día a día pequeñas batallas camino de perder la guerra.

En esta última ofensiva veraniega primero ha sido Valencia, donde a un político de Esquerra Unida ya se le ha ocurrido poner en entredicho los sacrosantos e intocables "bous al carrer" hasta el punto de que pretende redactar una propuesta de ley para su prohibición, a pesar de su fortísimo arraigo popular. 

Quizá por eso mismo, han sido sus propios correligionarios quienes inmediatamente le han mandado callarse la boca, pero el caso es que la primera piedra ya está tirada donde menos se podía esperar. Ni a los abolicionistas catalanes se les ha ocurrido ir tan lejos.

Después nos llegaron las noticias del mexicano estado de Guerrero, donde los políticos regionales han promulgado la prohibición de las corridas de toros –que no las peleas de gallos, claro– por mucho que "Caletilla" de Acapulco, la única plaza mínimamente relevante de aquellas tierras, hace tiempo que permanezca inactiva, como pasó con los cosos turísticos de Cataluña. Es decir, otro brindis al sol, pero que también suma en la guerra mediática.

Casi al mismo tiempo, se ha sabido que el cínico alcalde Petro se ha encargado de hacer desaparecer los fondos del museo taurino de la Santamaría de Bogotá para no sólo cargarse la fiesta en la capital de Colombia sino también su memoria, como suele hacer todo fascista que se precie en su empeño de reescribir la historia a su beneficio.

Mientras tanto, los telediarios de las cadenas españolas han repetido con fruición las imágenes de una minoritaria manifestación antitaurina en Pontevedra, a las puertas de un coso abarrotado de público para presenciar un festejo sobre el que, por supuesto, han guardado un no ya sospechoso sino intencionado silencio.

Para rematar esta semana negra del antitaurinismo, el ayuntamiento de Gijón se ha ido por las patas abajo ante las protestas de cuatro animalistas pagados y no ha concedido los permisos para la clase de toreo de salón que Miguel Ángel Perera iba a impartir en la playa a los niños de la ciudad asturiana, con motivo de la feria de Begoña.

Y, a todo esto, ¿qué hace el toreo?, ¿cuál es la respuesta del mundo del toro a tantos frentes abiertos en una guerra ante la que especuladores y víctimas prefieren mirar para otro lado? Poco, o nada. Si acaso, una precaria recogida de firmas, alguna aislada carta valiente como la de André Viard a los concejales gijoneses... En definitiva, protestas aisladas que caen en el vacío mediático, patadas de ahorcado en el cadalso que desde hacen tiempo se viene preparando, sin prisa pero sin pausa, para sentenciar el fin de la fiesta de los toros.

Porque, en lontananza, ya se oyen los oscuros clarines, las trompetas del apocalipsis taurino que vienen propugnando los emergentes partidos de izquierda que se ofrecen como alternativa a la debacle política española. Y en concreto el del coletudo, que no torero, Pablo Iglesias, que aboga explícitamente en su programa por la prohibición de la tauromaquia. Lo que, de hecho y ante tanto taurófobo encubierto, es de agradecer para saber así a que atenernos.

La amenaza ya no es una lejana suposición, es toda una realidad a punto de venírsenos encima. Así que es hora de reaccionar de una puñetera vez. Y ya que el negocio taurino ni sabe ni contesta ante las evidencias, ni está dispuesto a poner un solo duro en el futuro, parece que la única salida es la de la iniciativa privada y popular, la de los aficionados o la de algún torero millonario y altruista –si es que lo hay- que se eche p’alante y ayude a cavar las últimas trincheras.

Puede que esa sea la única solución urgente y a corto plazo, la creación de una especie de organismo u oficina permanente, una ONG sin ánimo de lucro que se encargue de vigilar y salir al paso de tantas y tan distintas ofensivas. 

A semejanza del gran trabajo del Observatorio de las Culturas Taurinas de Francia, es necesario crear un equipo de abogados y de expertos en comunicación y redes sociales, con contactos en las instituciones políticas y mediáticas, que asesoren, apoyen, fomenten y alienten a los distintos estamentos en defensa de la Fiesta en casos como los citados y que sirvan de vanguardia para el contraataque.

Haberlos, los hay. Y muy capacitados. ¿Verdad, Helder Milheiro?, ¿verdad, Juan Medina? Y, aunque aburridos del desdén y la mezquina utilización de que han sido objeto por el taurinismo en cuanto se han puesto desinteresadamente a tiro, están dispuestos a trabajar ya mismo en ese empeño… siempre que se respete su dignidad profesional a todos los niveles. Que es algo a lo que, lamentablemente, el toreo actual no está muy acostumbrado.


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