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Desde el barrio: Y ahora las de segunda

Martes, 29 Jul 2014    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes
El panorama sigue oscuro en España. A veces negro. Otras, gris marengo. Pero la claridad al final de este largo túnel de siete años aún no se divisa. Dicen esos políticos a los que ya nadie cree que ahora sí que estamos saliendo de la crisis, pero tal vez lo digan por ellos, y por los banqueros, porque en la calle la crisis se sigue palpando a cada paso, y aún más dura si cabe, a todos los niveles.

El toreo, como tantas otras actividades culturales, tampoco levanta cabeza todavía. En esta temporada triste y abúlica, donde cada uno busca salvarse de la quema por su cuenta y sin arriesgar su propia ruina, los números siguen a la baja. Y para comprobarlo, ya han hecho cuentas los compañeros de Mundotoro, que acaban de decirnos que, a mediados de temporada, la tendencia, aunque refrenada, sigue a la baja en cuanto al número de festejos.

Porque, después de la debacle de las plazas portátiles y de tercera categoría, que fueron las primeras en acusar la caída económica del país y las que, precisamente, marcaron el vertiginoso desplome numérico, aún siguen surgiendo malas noticias desde lo más profundo de la caja de Pandora del toreo.

No se ha tocado fondo porque ahora es a los cosos de segunda a los que llega el largo proceso de desertización. Los tardíos efectos de la crisis, una vez convertidos en eriales los ruedos de los pueblos y de las plazas menores, están llegando con toda crudeza a las capitales y a las localidades más importantes de cada provincia española.

Y la lista de plazas de este tipo que empiezan a zozobrar va engordando a medida que avanza la temporada. Cerrada, por ejemplo, la donostiarra de Illumbe por motivos políticos, hay quienes quieren ver en la no celebrada feria coruñesa de María Pita motivos similares. Pero todo parece indicar que el trasfondo real de la desidia municipal se debe, aparte presiones antitaurinas, al desastroso balance que arrojaron los abonos de los últimos años.

Y es que la verdadera causa de la decadencia de los cosos del segundo nivel –los de tercera cayeron por los excesivos costes de organización no está tanto en la crisis sino en los empresas que los han gestionado, en esa reala de paracaidistas que, con la complacencia de las grandes casas y la desesperada aceptación de más de la mitad del escalafón, han llegado a plazas en situación delicada… para terminar de arrasarlas.

La fórmula infalible de cargarse el ambiente taurino de una ciudad es la que desde hace unos años vienen utilizando esta serie de personajes surgidos del inframundo empresarial, con la complicidad de concejales trincones, para saltarse todas las normas y las reglas no escritas del toreo.

El proceso es simple: se pide una subvención menor que la que ofrece el propio ayuntamiento o entidad pública propietaria del coso para alejar a los medianos empresarios profesionales, y se hacen carteles sin figuras –algunos, hay que reconocerlo, con cachés prohibitivos y no justificados– ni nombres de interés –entre estos los hay mucho más asequibles– sino con toreros tuneleros, gastados, quemados o de ineficacia probada, pero dispuestos a cobrar muy por debajo de los mínimos del convenio.

Claro que, para no enfadar al político de turno, acceden a cumplir con la exigencia de anunciar a toreros de grupos profesionales elevados –que precisamente están ahí por no cobrar lo suficiente para poder torear mucho–, y eso no sin antes ponerse en manos de los grandes "mayoristas" del sector, esos dañinos especuladores que mantienen su imperio generacional a base de suministrar a estas plazas de “productos” de marca blanca como quien repone las estanterías de un supermercado.

Sí, son estas ferias "low cost" las que están acabando por hacer desertar a los públicos de las plazas de segunda, ya que los precios de las entradas no bajan en la misma medida que los costes de producción. Y lo malo es que la fórmula se ha ido extendiendo como una persistente mancha de aceite tóxico durante las últimas temporadas.

Ejemplos tienen todos los que quieran. Basta con echar una ojeada a las guías de festejos de las revistas y los portales especializados para ver, sin ir más lejos, la mezquina feria de la Virgen Blanca de Vitoria, esa que hace no tanto, con una eficiente comisión que fue injustamente desprestigiada por los propios taurinos interesados, hacía albergar grandes esperanzas.

O esa feria de San Agustín de Linares, otrora gloriosa en su eterno recuerdo de Manolete, pero ahora maltratada y prostituida precisamente por taurinos de pan y melón que hicieron multimillonarias fortunas como empresarios y apoderados durante las épocas de las vacas gordas de finales del siglo XX.

Vean y comprueben esos carteles y, por muy aficionados que sean, pregúntense sinceramente si ustedes mismos se atreverían a pasar por taquilla, con esos precios astronómicos, ante los carteles que se les ofrecen.

Y los habrá aún que se quejen cínicamente de que "la gente no va los toros"…


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