Especial: El toreo, crítica y ética
Viernes, 25 Jul 2014
Zacatecas, Zac.
Salvador Santillán | Especial
Artículo en el que profundiza en el sentido de la crítica dentro de la Fiesta
El toreo al ser una expresión artística y manifestación formal en una plaza de toros, debe someterse a un proceso de crítica a fin de demostrar su autenticidad y apego a la verdad. Si por crítica se entiende la opinión, examen o juicio que se formula en relación a una situación, servicio, propuesta, persona u objeto representado por las corridas de toros. Los actores que participan deben admitir el apego a un conjunto de requisitos.
La crítica es una necesidad y un bien humano, un espacio donde todos crecen: quienes escuchan y quienes hablan, y que permite diferenciarnos de los animales y de la mayoría de los seres humanos. Por su imposibilidad para ejercer la crítica, habría de excluirse a la mayoría de los políticos y a los fanáticos religiosos, no por carecer de humanidad, sino por su ser acrítico y su incapacidad para autocriticarse.
Criticar requiere información. Ser recipiendario de críticas implica conocer, manejar información, y crecer gracias al disenso. La interacción entre quien crítica y quien escucha deviene en crecimiento, nuevas actitudes. Esa simbiosis es un bien inmenso: se benefician, primero los actores, y después la sociedad. Cuando las críticas modifican las conductas de los actores el entorno gana. Impartir, desde la enseñanza media, materias denominadas Crítica I, Crítica II, etcétera, mejoraría a la comunidad.
En el toreo, y, en la sociedad, criticar es fundamental. Quien acepta críticas aprende de sus pifias. El binomio "crítica y error" es formidable: la retroalimentación entre ambos disminuye la posibilidad de repetir equivocaciones y mejora la calidad del espectáculo.
Si bien, Errare humanum est (errar es humano), los errores en el toreo pueden ser mortales o leves. Hacer del error escuela es virtud; lograrlo requiere, crítica y autocrítica. Platón olvidó, o no consideró necesario incluir en las Cuatro virtudes cardinales -prudencia, fortaleza, moderación o templanza y justicia- a la crítica. Atendiendo a su sabiduría, pienso que no lo olvidó; aventuro la siguiente hipótesis: en sus tiempos la crítica era esencial y virtud indispensable en el diálogo.
La crítica permite entender las razones de los yerros. Crítica y autocrítica florecen cuando individuo y comunidad trabajan arropados por sustratos éticos, tales como la normativa que se contiene en los reglamentos. Sin apego a ellos poco florece la crítica y es improbable que los errores se conviertan en escuela. Las interacciones en el toreo, entre errar y confesar, o entre errar y esconder, y asumir, o no, una conducta ética, son complejas. Diría, sin exagerar, que son un verdadero reto. Los humanos tendemos a esconder nuestras equivocaciones; lo hacemos para protegernos, amén de ser esa una actitud frecuente en la sociedad.
Esconder errores es erróneo: impide crecer, impide entender. Lo contrario, exponerlos, es benéfico; aunque no se trata de premiar a quien cometa alguna pifia, estimular esa conducta debería ser norma. Criticar, y, aceptar la crítica es una virtud; aceptar y compartir errores se inscribe en ese universo. Publicitar y comentar yerros en la fiesta, sobre todo con los toreros en formación, es una vía para disminuir la frecuencia de los mismos errores: ¿Quién fue el sabio que dijo, "sólo el ser humano se tropieza con la misma piedra dos veces"?
En la actualidad, tanto en la sociedad, como en el toreo, la crítica "profunda", la que construye, tiende a desaparecer. Lo mismo sucede con las normas morales: se deprecian, no son escuela. Sin la ética como vigía, autoevaluarse y evaluar no es fundamental. Si bien es cierto que desde hace años los reglamentos de espectáculos taurinos exigen que exista en cada municipio una Comisión Taurina, su presencia e influencia suele ser mínima, sobre todo, en los pequeños municipios. Es mínima porque la ética taurina no se enseña ni en la escuela formal ni durante el entrenamiento en la escuela taurina. Quien la aprende lo hace por su cercanía con toreros mayores que la ejercen.
En el mundo de la tauromaquia, espacio y discusiones en torno a la ética son entre escasos y nulos. Son nulos porque prevalecen amiguismos, recompensas económicas, popularidad –toreros que más torean son íconos– y nexos no siempre sanos. El torero moderno se subsume y rinde: amiguismo y sucedáneos sepultan la lealtad al espectador. Sin crítica, autocrítica y ética, la fidelidad no existe. En las corridas, donde las recompensas económicas no son la meta –no se gana más por trabajar más o mejor–, y la crítica y la discusión de errores son más frecuentes por cuestiones tauromáquicas, es más factible interesarse en tópicos éticos.
Cuando se cavila en el valor de la crítica, y en la importancia de aprender de los errores, (fundar escuelas de errores es una posibilidad), la idea, atribuida por algunos a Cicerón, y por otros a San Agustín, Errare humanum est, sed perseverare diabolicum ("errar es humano, pero perseverar en el error es diabólico"), es, en el toreo, enseñanza indispensable: errores pequeños dañan poco, errores grandes afectan la vida o acaban con ella. Para no reproducir esa máxima, es menester criticar, aceptar la crítica y comunicar errores. Ese ambiente favorece a los actores de la Fiesta y al espectador. Cultivar ese ambiente sólo es posible sí existe un "esqueleto ético".
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