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Desde el barrio: Menudos toreros

Martes, 22 Jul 2014    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes
Ninguno llega al metro setenta de estatura. Son todos enjutos de carnes, aparentemente frágiles de cuerpo, y tienen, en proporción, unos brazos cortos que, frente al tópico, supondrían un serio inconveniente para poder torear largo. Pero, aun así, ¡menudos toreros son esos toreros menudos!

Las viciadas y paradójicas circunstancias del toreo actual les tienen relegados a las corridas duras y de juego más que exigente. Y a apechar cada tarde con los morlacos más grandes del campo, cuyo volumen contrasta apabullantemente con sus recortadas hechuras.

Y el más difícil todavía se produce aún cuando los funos tienen cornamentas tan abiertas y destartaladas como las de los "adolfos" de Pamplona, ante las que se supone que, con esos bracitos, no encuentran centímetros suficientes para despegárselas de la faja.

En una época en que la talla media del español se remonta ya cerca de los 180 centímetros, y con figuras como Perera que la superan con creces, lo chocante del caso es que estos pequeños toreros de corazón gigante no necesitan de más envergadura para hacerle el toreo puro y bueno a esas complicadas corridas.

Porque con esa escasa altura no tienen que forzar la figura ni retorcerse como sogas para alargar las reacias embestidas, ni lanzar como pértigas los palillos de sus muletas para poder embarcarlas, sino que, obviando esas supuestas limitaciones físicas, se entregan a hacer siempre un toreo de gran naturalidad como norma irrenunciable.

El caso no es nuevo, porque siempre hubo en los ruedos grandes toreros de talla reducida, sobre todo sevillanos: Pepín Martín Vázquez, Manolo González, Diego Puerta… Y todos se caracterizaron precisamente por hacer el toreo con naturalidad, sin forzar la figura y sin aspavientos más que perdonables.

Pero en los últimos años esa forma clásica y natural de afrontar las dificultades con las corridas duras parecía haber quedado relegada en pro de un toreo más tenso y crispado. Hasta que los “pequeños” de ahora, que son de “Despeñaperros muy p’arriba”, han resucitado las viejas fórmulas.

Y quien ha liderado esta regeneración ha sido precisamente el riojano Diego Urdiales. Él ha sido el avanzado en esta forma de adaptar las circunstancias a su cuerpo, y no al revés, y de mejorar su apostura y su colocación ante el toro hasta marcar un estilo y una técnica que hoy es modelo para otros diestros de similares condiciones. Que nadie se extrañe si aseguramos que Urdiales es torero de toreros.

Y es que sabe el torero de Arnedo que la largura del muletazo no la da la longitud del brazo, sino la flexibilidad de la cintura y el compás del pecho. Por eso no necesita levantar antiestéticamente los talones del suelo para rematar los pases, ni tiene que doblar el torso hacia la arena para dar naturales y derechazos de gran trazo e intensidad. Porque la profundidad, que es virtud que nada tiene que ver con la longitud, se siente más que se mide.

Sabe también Urdiales que un buen manejo de los trastos, desde la precisión de los toques y una buena graduación de alturas y de distancias, hace que sean los vuelos los que dirijan las embestidas, apenas confiando a un brazo fuerte pero relajado la sujeción de la tela.

Y todo ello apoyado en el valor más natural, también. Ese valor que no se ve, y que consiste en no dudar de uno mismo y de su habilidad para que el toro se convenza a su vez de que tiene que embestir, por negado que sea.

Es éste un valor callado y oculto, más raro de ver que ese otro tipo de valor aparatoso, tan habitual con ese tipo de corridas, que no es sino arrojo y fortaleza de piernas, que no de mente, para ejercer la esgrima del quitarse y ponerse, más propio de la ruda tauromaquia del XIX que de la sofisticada del XXI.

En esa difícil facilidad del valor sereno, del buen manejo de los trastos y del buen gusto y la naturalidad ante el toro se debaten toreros como Alberto Aguilar o Fernando Robleño. Toreros menudos de cuerpo que, siguiendo el ejemplo de Urdiales, encuentran muy escasas y arriscadas ocasiones para desarrollar una tauromaquia clásica que consigue el máximo rendimiento de toros de enrevesadas prestaciones.

Pero su premio y, a la vez, su castigo a tan brillantes soluciones, dada la ceguera del entramado empresarial y mediático, es el de verse encasillados un cartel tras otro con esas mismas ganaderías, donde esa forma de torear quizá luzca menos que con divisas y encastes de mejores prestaciones artísticas y de distintas emociones.

Es cierto que casi todos estos toreros de corta talla están consiguiendo resultados soberbios con esas corridas duras, pero alguien debería tener la originalidad y el buen gusto de colocarles alguna que otra vez con otro tipo de corridas.

Porque esa forma de torear, esa misma con que el otro día Urdiales bordó el temple ante dos ásperos "victorinos" en Mont-de-Marsan, puede ofrecer deslumbrantes y maravillosas alternativas a la monótona mecánica dominante.


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