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Desde el barrio: La "marca San Isidro"

Martes, 10 Jun 2014    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes
Sucede que Las Ventas es una plaza cambiante, como un organismo independiente con distintos humores que la hacen ser radicalmente distinta de un día para otro. Sucede también que treinta y una jornadas de toros seguidas suponen mucha tela que soportar para que una masa congregada tarde tras tarde sea capaz de mantener la sensatez como grupo, sin el riesgo de que un día, arbitrariamente, a unos cuantos se les vaya la pinza.

Sucede además que, sociológicamente, los madrileños ya no acuden a los toros con el espíritu de siempre, con unos criterios bien forjados por duros que fueran, sino que se sientan en los tendidos con un talante agrio y un grueso catón de tópicos absurdos, por un  lado, o burdamente festivo, como el de las peñas en las portátiles, como el de las horteras despedidas de soltero, por el otro.

Sucede incluso que el noventa por ciento de los que llenan el aforo madrileño va a los toros por San Isidro como a un acto social en el que ronear, y siempre al reclamo de las manidas etiquetas de toreros y de toros que popularizan los medios de masas y el acrítico periodismo que nos toca vivir, para no esforzarse así ni en un mínimo análisis de las evidencias del ruedo.

Y, para más inri, sucede que la plaza de Las Ventas, la eterna cátedra, la monumental del toreo, la primera plaza del mundo, está siendo reconvertida paulatinamente en un inmenso bar de copas en el que la fluidez del vertiginoso trasiego de alcohol, con sus posteriores efectos contra los protagonistas del rito mancillado, tiene prioridad sobre el aficionado y la misma corrida.

Agiten en una coctelera todos estos factores y tendrán una explicación más o menos coherente de varios de los tristes y paradójicos casos que se han vivido en la plaza de Madrid durante la última semana de feria, cuando el templo del toreo se trastocó en sala de torturas, en campo de lapidaciones, en hoguera de autos de fe.

Sólo así puede entenderse que el 6 de junio de 2014 en la monumental de Las Ventas se escenificara una de los momentos más vergonzosos de su larga historia, cuando tres valientes y honestos profesionales Uceda, Ferrera y Aguilar y sus cuadrillas fueron despedidos a almohadillazos después de jugarse limpiamente el pellejo ante una fea y durísima corrida de Victorino Martín, con más toros cerca de la mansedumbre que de la verdadera bravura.

Entre un irracional ambiente de circo romano, las reacciones a la lidia de los "victorinos" trajeron la memoria de aquella España negra aislada en la miseria y la decadencia, la que gritaba "¡vivan las cadenas!" defendiendo al inepto Borbón que cerró las universidades, la que pedía más caballos en las tardes de masacre. Sí, era esa misma y tópica España, la de las malas tripas, la que esa tarde aplaudía desaforada tras ver como una fiera se enseñaba con un humilde puntillero.

Hace ya mucho tiempo que dijo un gran pensador, creo que fue Pérez de Ayala, que quien quiera saber cómo está España sólo tiene que asomarse a las plazas de toros para averiguarlo. Y si es así, lo que se vio esa tarde en Las Ventas habla pésimamente de la situación de este país.

Para quienes nos hemos criado desde niños viendo toros sobre la piedra de sus tendidos, ha habido tardes de vergüenza ajena, en las que no nos hemos reconocido en esta plaza desnortada y a merced de ignorantes y mercaderes sobre la que ha de apoyarse el incierto futuro de la propia fiesta de los toros.

Perdido el sentido de la auténtica lidia, desvirtuados hasta sus conceptos más simples, como bravura y mansedumbre, no extraña pues que se pida la vuelta al ruedo para un "miura" que acude al trote al caballo de picar y cabecea y se repucha en el peto, entre las ovaciones de júbilo de los que se dicen "toristas", y que, agotada la briosa inercia de las primeras arrancadas, se hartó de calamochear hasta desfondarse de inmediato.

Y, tergiversados los valores toreros de la pureza, del mérito y la verdadera entrega, es de entender, pero no de comprender, que hubiera más pitos que palmas para Diego Urdiales un torero sin sello de artista aunque lo sea después de plasmar sobre el convexo ruedo venteño los quince muletazos de más hondura, calidad, ajuste y ritmo de todo el abono. Todo por no habérselos ligado a un toro con "etiqueta" de bravo pero sin fuelle ni raza para soportar tanta verdad.

El buen aficionado, el que gustaba de matizar cada detalle, el que no perdía ripio de la lidia, el que entendía que el toreo y la bravura son dos conceptos enriquecidos por la variedad, el de conceptos flexibles, se ha exiliado de este viejo templo de la tauromaquia donde ahora reinan las apariencias sobre la evidencias.

Sin ir más lejos, la apariencia de la bravura, que es la movilidad sin entrega, y la apariencia del mando sobre las embestidas, que es el vértigo de los muletazos empalmados desde la pala del pitón.

Todo esto es lo que sucede demasiadas tardes en una plaza distorsionada, que, con la regla de tres aplicada con Urdiales y los "victorinos", abuchearía al mismísimo Antonio Ordóñez del hondo unipase y pediría el indulto para toros fogueados, por aquello del excitante olor de la carne quemada.

Pero es difícil que las aguas vuelvan a su cauce mientras esta ceremonia de la confusión siga siendo un inmenso negocio regado con litros de gin-tonic. Eso que ahora han dado en llamar la "marca San Isidro".


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