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Desde el barrio: El toreo echa cuentas

Martes, 26 Nov 2013    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes

Tarde y a paso lento, pero las empresas taurinas españolas están empezando a echar cuentas. La precariedad del espectáculo en estos tiempos de crisis ha motivado que, por fin, las asociaciones de empresarios se pongan a hacer números para comprobar dónde están los puyazos bajos por donde se está desangrando el espectáculo en los últimos años.

Sendos informes de ANOET y ASOJET (la filial de los más jóvenes organizadores de espectáculos) recientemente aparecidos han venido a demostrar que los costes reales de producción tanto de corridas como de novilladas han llegado a niveles inasumibles por el sector en las plazas de segunda y tercera categorías.

La conclusión más preocupante de esos estudios es precisamente esa: que el espectáculo taurino es clara y clamorosamente deficitario en los cosos donde está su base, el  voluminoso pero endeble soporte de esa estrecha y lujosa punta del iceberg que son las grandes ferias, allí donde todo problema se relativiza. 

Es donde ahora se pierde dinero, pero donde siempre se forjó la cantera y se rodaron los aspirantes a figuras, donde están las claves de todo discurso de futuro. Ese es el centro de atención donde suenan las verdaderas alarmas y donde los estamentos taurinos deben poner urgentemente la vista, y el trabajo, si queremos que este espectáculo siga teniendo vigencia dentro de un par de décadas.

Esos números que las empresas han marcado en rojo sólo han venido a confirmar lo que ya todos sabíamos, pues son la verdadera causa del vertiginoso descenso de festejos que se lleva observando en ese tipo de plazas durante los últimos seis años, y que llega ya hasta un sesenta por ciento con respecto al record alcanzado en los tiempos de las vacas gordas.

Y es que aquella inflación de los primeros años del siglo XXI, provocada por la "generosidad" de tantos ayuntamientos enriquecidos durante la burbuja del ladrillo, ofrece ahora como consecuencia un elevadísimo coste de producción que el toreo español no es capaz de asumir con los ingresos de taquilla.

A la desesperada, haciendo la ligera cuenta de la vieja, son muchas las voces que, irreflexiva y un tanto demagógicamente, apuntan al “chocolate del toro”, o sea, a la reducción de cuadrillas y la rebaja de sueldos como única solución para rebajar los gastos del espectáculo.

Hasta Juan Antonio Gómez Angulo, encargado por el Ministerio de Cultura para redactar el informe que desarrolle la nueva ley taurina y proponga posibles soluciones, se ha dejado llevar por la corriente al apuntar que todos los sectores del toreo deben rebajar sus pretensiones económicas para solventar su problemática.

Pero a lo que no alude el gran aficionado metido en política es a la verdadera carga que asfixia la fiesta actual en España, ese alto gravamen de impuestos y esos cuantiosos costes de organización que repercuten por distintas vías en las arcas del Estado y que representan prácticamente el cincuenta por ciento del presupuesto de cada festejo.

Se equivocan quienes piden una reducción de cuadrillas y de sueldos en novilladas y festejos menores como panacea de todos los males, porque la merma en ese capítulo va contra la propia esencia del espectáculo. Ahorrar en los elementos esenciales que toros y toreros –algo que ya viene sucediendo masiva pero encubiertamente- es acabar con la profesionalidad de sus protagonistas. Y, en definitiva, una especie de suicidio que atenta directamente contra la calidad de lo que se le ofrece al público.

Más efectivo resultaría reducir tanto gasto paralelo, esa otra parte de los presupuestos taurinos que, al paso de las décadas, se ha hecho tanto o más abultada que los cachés de los protagonistas de la lidia, y que se desglosa en impuestos, cargas sociales y esos cánones de arrendamiento de plazas de propiedad pública que las propias empresas dejaron llegar a cantidades desorbitadas.

Sería más conveniente que el sector fuera pensando, desde ya mismo, en cómo negociar con los políticos para que le devuelvan esa enorme parte del pastel que se cocina en las taquillas, y no dejarse llevar tanto por la insolidaria e injusta corriente general que arrasa el país y que sólo ve soluciones en la eliminación de puestos de trabajo y en la reducción de sueldos de los estamentos más débiles.

Es hora de que el Estado, y las distintas administraciones locales, asuman de una vez que las corridas de toros dejan beneficios en las ciudades y pueblos donde se celebran más allá de los muros de sus plazas. Hay que hacerles conscientes de que el toreo genera una riqueza derivada en las poblaciones por encima de los impuestos directos y de tanto gasto acumulado que hoy por hoy está llevando a muchos organizadores a dar el paso atrás y a dejar cerradas docenas de plazas de nuestra geografía.

Y es hora también de que los grandes empresarios, esa CEOE que no ha visto pelar las barbas del vecino, empiecen a escuchar y a ayudar a quienes les hacen el trabajo de futuro. Porque quienes invierten tan arriesgadamente en cosos precarios para que ellos sigan obteniendo beneficios son esos pequeños y medianos empresarios que no han tenido una CEPYME que les defienda ante una situación económica que, hasta ahora, sólo a ellos ha perjudicado.


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