Imposibilitado de triunfar en México por diversas razones –su propia mandanga entre ellas--, Morante de la Puebla parece dispuesto a emular a aquellos viejos artistas andaluces que tan honda huella dejaron en nuestro país debido al desparpajo con que alternaban éxitos memorables con fracasos no menos ruidosos. Hablo, como es natural, a Rafael El Gallo, Curro Puya, El Niño de la Palma y, desde luego, el sin par Cagancho, cuyos lejanos ecos parece dispuesto a actualizar el torero de la Puebla del Río, apropiándoselos como se apropió del ventajista molinete belmontino, quizá para enfatizar su compromiso e identidad con los clásicos.
En Aguascalientes y después en Guadalajara, al patilludo espada le devolvieron sendos toros al corral luego de que sonaran los tres avisos de rigor y sin que por eso se le alterara el pulso, ni siquiera ligeramente enrojecido de tanto pinchar en hueso, pues ha recurrido al cómodo expediente de señalar apenas la punzadura, echándose fuera y escurriendo el bulto con descaro. Privilegios de los artistas de excepción, opinará más de uno. Y llevaría razón, de no ser porque los asistentes a dichas plazas se vieron obligados a desembolsar cantidades que no están al alcance de cualquiera. En ambas ocasiones, además, a José Antonio a punto estuvo de írsele vivo también su otro toro, pues escuchó par de recados por res antes de conseguir darles muerte.
De Morante sabíamos de antemano varias cosas: que la temporada anterior bordó con “Chatote” de San Isidro un inesperado faenón izquierdista, que en España sufrió este año una cornada fuerte –Huesca—y sumó un puñadito de tardes y faenas mágicas –Valencia, Córdoba, Ronda, Logroño…--, a despecho de su famoso mal fario con los lotes. Y que, contra viento y marea, sigue siendo suyo el secreto del arte más acendrado y profundo del presente siglo. Lo cual no es poco decir tratándose de un contemporáneo de José Tomás.
Pero todo eso no basta para justificar los mítines recientes en dos de los cosos más importantes del interior del país, propiedad, por cierto, de la misma empresa que apodera al artífice de la Puebla. En cuanto a su racha de toros malos, que sin duda viene de lejos, buena culpa le cabe al ocurrente que seleccionó para su reaparición capitalina una vacada de tan detestables antecedentes como la de Julián Handam. Ahí sí que en el pecado llevó la penitencia.
Negros antecedentes. Retrocedamos a 1963. Curro Romero está realizando la única campaña de su vida en ruedos aztecas con resultados que, entre otras cosas, lo harán desistir de regresar por aquí. Entre ellos, un toro vivo en El Progreso de Guadalajara y sendos avisos al presentarse por única vez en la México –confirmó con “Tablajero” de La Laguna (23.02.63)— y en El Toreo, donde su picador le ahorró la molestia de tener que estoquear a un agónico Tequisquiapan (24.03.63).
No son muchos los diestros hispanos que se han dejado toros vivos en nuestras plazas. Buenos dominadores del oficio, suelen ser, si no émulos de Mazanttini, Manolete o el mismísimo Joaquín Rodríguez, sí expeditivos y eficaces al oficiar con el acero. Eso sí, el primer toro vivo en la historia de la México lo fue en perjuicio del madrileño Manolo Escudero, incapaz de estoquear a “Cobando” de Xajay; ni siquiera fue el petardo del día, que se reservaría para sí don Lorenzo Garza Arrambide (05.01.47).
Caso de lo más extraño fue el de Jaime Ostos. Este ecijano, figura reconocida en España y con fama de contundente estoqueador, confirmó su alternativa en la México el 19 de diciembre de 1965 (con “Perla Negra” de Santacilia, apadrinado por Capetillo) y, sin más trámite, se dejó vivo a “Delfín”, segundo de su lote. No sólo eso, al cumplir su tercer y último contrato en la capital, a punto estuvo de repetir la hazaña, que quedó en dos bocinazos, acompañados de una bronca ni siquiera mayor (30.01.66). De esa campaña, que, entre reiterados reveses, constó de una decena de bien remuneradas actuaciones en cosos del país, recuerdo su presentación, también desafortunada y trufada de avisos, en el añorado Toreo de Puebla, una nocturna con reses de Cabrera y Capeto y Rangel por alternantes.
Capea, Paula, Lozano y Finito. Entre los contados diestros hispanos que se colgaron el baldón de los tres avisos aparece, sorpresivamente, El Niño de la Capea (que vio volver al corral al fuerte y encastado mimiahuapeño “Nene”, tarde en que Manolo Martínez había hecho lo propio con otro de la misma procedencia (16.12.73), y no tanto Rafael de Paula, cuya presentación en Insurgentes fue un soberano desastre, coronado con la devolución al corral del cuarto de Jesús Cabrera, “Magnífico”, la tarde misma de su confirmación por Curro Rivera (27.01.80).
Una década entera debió transcurrir antes que otro espada ibero –aunque nacido en San Luis Potosí, Fernando Lozano está considerado madrileño—se mostrara impotente de despachar un toro en la México; el astado “perdonado” por el hijo de Pablo Lozano fue “Arlequín” de La Soledad (09.12.90). Y “Suspiro”, de Fernando de la Mora, el que una docena de años después se le fue vivo a un desaprensivo Finito de Córdoba (12.01.03).
Ya solamente falta que, tras ensayarlo concienzudamente por provincia, Morante traiga su numerito a la México. Aunque nos gustaría mucho más saborear alguna de sus alucinantes y hermosísimas faenas, con estocada o sin ella.
Activos corraleros. La presente temporada capitalina no ha estado exenta de reses devueltas al corral, aunque ninguna por motivos relacionados con la incapacidad de algún matador para extenderles pasaporte en el tiempo previsto por el reglamento, tan elástico en nuestros días como el minúsculo criterio de los jueces de plaza, devenidos empleados de la empresa.
Con todo, suman ya tres las devoluciones: los dos chotos de Hamdan echados atrás por Ruiz Torres para evitarse y evitar problemas mayores ante crecientes protestas; y el burel de Fernando de la Mora que Leonardo Hernández iba a rejonear en primer lugar el pasado lunes 18 y que nada más salir se fracturó el pitón izquierdo, abusivamente afeitado, al derrotar contra el borde superior del burladero de matadores. Se llamaba “Buen Fin” y emuló en su infortunio a las masas que a la misma hora continuaban invadiendo comercios en su avidez por endeudarse. A riesgo de que, al paso de los meses, les devuelvan al corral tarjetas y mercancías.
Mudanzas de los tiempos. Un toro vivo en plaza importante supone para el torero pundonoroso un baldón difícil de superar, tanto que en bastantes casos agotó su crédito y acabó con su carrera. Pero como el aburguesamiento de las costumbres todo lo suaviza y aminora, ni los aparentes fracasos en los ruedos acarrean ya broncas incendiarias y escándalos formidables, ni un seco clarinazo de advertencia procedente del biombo hace mudar de color la faz del matador en turno, sabedor de que la nueva moda autoriza incluso premiar faenas avisadas, pertenecientes a esa clase de muleteos exhaustivos, extrayendo como con sacacorchos medios muletazos de embestidas rengueantes, y basados en encimismo flagrante, poses desafiantes y vueltecitas y desplantes al por mayor, mientras el juez se dedica a cultivar el tiempo líquido que Salvador Dalí perpetuó memorablemente en el lienzo.
Aún así, dejarse un toro vivo en la Plaza México es cosa que a nadie se desea, y que tiene que suponer una mancha en cualquier tarjeta de presentación que lleve escrita, como actividad preponderante, la de “Matador de toros”.
Numeralia del fracaso. En total han sido 42 las ocasiones en que sonaron los tres fatídicos avisos en el coso de Mixcoac, en perjuicio de 34 frustrados matadores, lo que implica algunos reincidentes. Y en este renglón el plusmarquista es El Pana, con cuatro reveses en su haber –“Entendido” de La Laguna (15.03.81), “Frijol” de San Manuel, “Cantero” de Yturbe Hermanos (01.03.92) y uno de La Misión (01.01.01)--, por más que el legendario Amado Ramírez “El Loco”, conserve para sí y por siempre el dudoso “honor” de una confirmación de alternativa con tres “indultos” forzados, de los laguneros “Ambarino”, “Tallador” y “Picaporte” (06.02.55). Después de tan monumental fiasco, es natural que El Loco jamás haya vuelto a pisar la arena de la México.
También con tres toros vivos en su haber, el de Manolo Martínez fue un caso bien distinto, pues obrando caprichosamente dejó transcurrir el tiempo de los tres avisos ante los muy aplomados y pasados de faena “Campero” de Mimiahuápam (16.12.73), “Huapanguero” de Reyes Huerta (20.01.74) y “Villancico” de Mimiahuápam (23.12.79); si en la segunda ocasión lo hizo con dedicatoria al juez Jesús Dávila (quien en represalia ordenó soltar a los cabestros y un cebú casi arrolla a Martínez), en la tercera tampoco estoqueó a su segundo, pero porque la boyante alegría de “Amoroso” le mereció el indulto, amén de una de las faenas cumbres del regiomontano.
Esta enrevesada conducta, sin más antecedentes notorios que los de Rodolfo Gaona y Lorenzo Garza, maestros de la provocación y, por encima de todo, grandísimas figuras del toreo, sería inconcebible en la actualidad: no hay diestro capaz de suscitar tales pasiones. Ni quien se atreva a desafiar de esa manera al público y a su propio prestigio, que en ningún caso da para tanto.