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José Tomás: una tarde para la reflexión
Jueves, 19 Mar 2009 | México, D.F.
Fuente: Juan Antonio de Labra
  

A diferencia de la Temporada Grande anterior, José Tomás solamente se contrató una tarde, y decidió hacerlo el domingo 18 de enero, fecha en la que concitó a un gran número de público, acartelado con dos jóvenes toreros mexicanos: Arturo Macías y El Payo, para lidiar un encierro de Teófilo Gómez.

La entrada rayó las 30 mil personas, pues se llenó el tendido numerado, tanto en Sol como en Sombra, y en los generales había una entrada de un cuarto del aforo cubierto. Esta fue, conjuntamente con la de Enrique Ponce y Pablo Hermoso de Mendoza, una de las tres corridas que generaron mayor expectación entre el público.

Se ha comentado ya que el triunfo del torero de Galapagar –que cortó una oreja a cada uno de sus ejemplares–, no tuvo la fuerza de la reaparición del año pasado, quizá porque el encierro que eligió careció de un trapío más acorde con su talante. Es decir, el de torero reivindicador del espectáculo, valiente, provocativo y estoico, que suele hacer cosas que no hace la gran mayoría de sus compañeros. Bueno, eso es lo que propaga su clan de plumas laudatorias por sistema.

En este sentido, se echó en falta una corrida con mayor transmisión y brío, dos elementos que hacen del toro una materia prima fundamental tratándose de alguien que asume su profesión con absoluta entrega, la que no se ausentó durante todo el festejo a pesar de que, en el fondo, la emoción de esta tarde estuviera maquillada por lo políticamente correcto. Es decir, como si el público que fue a la plaza se hubiese dado coba de que realmente estaba emocionado, cuando la sensación que se percibía en el ambiente era más bien ficticia.

Y aunque parezca difícil de explicar, posiblemente se debió a que una gran parte del público que estaba en la plaza nunca había ido a los toros, algo que, por otra parte, es muy sano para la Fiesta.

El morbo que rodeaba a la figura de José Tomás estuvo presente, y cobró fuerza cuando el primer ejemplar de su lote le dio una aparatosa voltereta al ejecutar una manoletina donde, a todas luces, por la colocación del torero con respecto de la res, era evidente que lo iba a coger. Y como el de Teófilo no representaba peligro –ojo, no quiero decir que no lo tuviese–, la valentía del torero estaba tocada de tintes demagógicos. Pero sí que le ayudó a cortar una oreja, no obstante que colocó una estocada atravesada que asomó por el costillar contrario del toro.

La faena a su segundo tuvo un gran fondo de temple y profundidad, y fue una de las mejores del ciclo, considerando la dificultad que entrañaba el toro, pero al final no trascendió de esa manera quizá por el contexto del ambiente antes descrito, y también porque se quedó lejana en el desarrollo posterior y triunfal de la campaña capitalina.

José Tomás salió a hombros de La México sin “revolución”, a diferencia de aquellas incomparables tardes que se han convertido en hitos referenciales de la historia contemporánea de la tauromaquia, como las que protagonizó en la Monumental de Barcelona y Las Ventas de Madrid.

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Una sonrisa sincera

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