La historia de las artes –cualquiera de ellas, incluido el toreo– es la historia de su evolución y sus sucesivas bifurcaciones. De su maduración en el tiempo. En México, la tauromaquia nació identificada ya con la cultura local. Por eso, lo que el diestro gaditano Bernardo Gaviño se encontró al arribar a este país, en mil ochocientos treinta y tantos, fue algo muy distinto a lo que había dejado atrás, ese toreo a la española encaminado a su estructura y codificación definitivas, razón por la cual tuvo que adaptarse a lo que aquí imperaba.
Y aunque ejerció libremente su magisterio por todo México, no consiguió arrebatarle el cetro de la popularidad a Ponciano Díaz, el charro de Atenco que, a caballo, ponía banderillas a dos manos, y luego se apeaba para jugar al toro y hacerse aclamar sus metisacas de mosquetero con mostachos a la francesa y toda la cosa.
Pero al cabo, lo que acabó por imponerse en el gusto de nuestros públicos fue ese otro toreo que, a partir de 1887, trajeron los espadas que con sus cuadrillas llegaban de España. Y con el nuevo siglo ya nadie se acordó de la exclamación aquella de ¡Ora, Ponciano!, puesto que se habían adueñando de sus emociones y pasiones los dos Antonios sevillanos, Fuentes y Montes, luego de resistirse a los volapiés de Mazzantini, que a más de su rudeza natural tenía el inconveniente de haber retado directamente a Ponciano Díaz, que era como decir a la mismísima patria mexicana.
Pasó algún tiempo antes de que Rodolfo Gaona se apersonara en España y España tuviera que aceptar, si no una conquista inversa a la de Cortés, sí a que en sus temporadas, a partir de 1908, figurase un matador extranjero, inequívocamente mexicano por su origen y aspecto –"indio", le llamaron– pero que practicaba con insolente arrogancia y pureza el toreo clásico que le enseñara en su natal León un antiguo banderillero de Frascuelo, Saturnino Frutos "Ojitos", emigrado a tierras del Anáhuac de la mano precisamente de Ponciano Díaz, el primer matador azteca que se dio a conocer en la península ibérica, así fuese breve y precariamente (1889).
Pero si Ponciano dio un primer paso, lo de Gaona ya era otra cosa, ni más ni menos que el advenimiento de la primera figura no española en la historia de la fiesta. Aun así, Rodolfo no dejaba de ser un cultor del arte de torear formado en el clasicismo más riguroso, aunque meciera los engaños y pusiera banderillas con un son más suave y acompasado. E hispanizantes siguieron siendo los modos toreros de Luis Freg –con más cartel que en su país en la península ibérica, donde le apodaron "Don Valor" y "Rey del Acero"–; y el mismo Tigre de Guanajuato Juan Silveti Mañón, que se paseaba vestido de charro –charro mexicano, no salmantino– lo mismo en el parque del Retiro que por la Gran Vía, pero ya en traje de luces se comportaba, a pesar de sus temeridades un tanto excéntricas, como cualquier torero valiente anclado en la tradición.
Para que el toreo mexicano empezara a constituirse como tal hizo falta que apareciera un artífice del primer tercio como no ha habido otro, el Orfebre Tapatío Pepe Ortiz: sin ser un muletero dominador ni un estoqueador seguro, Ortiz sí que transmitía sensaciones inéditas con su fértil inventiva y la armonía con que hacia ondular su capote, reflejadas en quites cuya originalidad iba a convertirse en sello distintivo de una tauromaquia legítima y auténticamente mexicana, más tarde enriquecida por otros creadores insignes de quites, lances y remates prodigiosos.
También en el segundo tercio iba la tauromaquia azteca a consolidar un carácter propio, marcado por el ritmo, la precisión y la estética. De modo que para la década del 30 ya era incuestionable la existencia de un toreo a la mexicana, donde personalidades tan contrastantes como las de Armillita, Solórzano, Garza, Balderas o El Soldado no dejaban, sin embargo, de acusar una impronta ligada a un ritmo y unas formas de hacer y decir que no eran las que España estaba acostumbrada a ver en sus cosos.
Con ellos y otros paisanos, cuya menor nombradía no empaña sus aportaciones, fue madurando una vertiente del arte de torear que lo universalizó y exaltó extraordinariamente. Sólo una política cerrada y miope, encarnada en el boicot antimexicano de 1936 y en la permanente actitud hispana de ningunear lo "extranjero" impidió el libre desarrollo internacional de la fiesta de toros, llevándola al callejón sin salida que todos lamentamos ahora.
El primer heterodoxo
Pero estábamos en que la evolución del toreo mexicano había escalado rápidamente hacia nuevas y desconocidas realidades en el primer tercio de la lidia, y renovado el segundo con las aportaciones de múltiples cultores, además de ofrecer una paleta de muleteros de los más variados rasgos y coloraturas. Como un Fermín Espinosa "Armillita", que con sólo 17 años merecía tratamiento de maestro en una época en que sólo contados históricos alcanzaron semejante reconocimiento, lejana aún la costumbre actual de anteponerle el maestro al nombre de cualquier principiante.
Sin embargo, faltaba la prueba de fuego de un iconoclasta capaz de desafiar a la disciplina táurica mediante un salto evolutivo en el que privara el desprecio a esquemas y normas al uso, el tipo de sacudida que, de acuerdo con Thomas S. Khun en "La estructura de las revoluciones científicas" (Edit. Fondo de Cultura Económica. México. Varias ediciones), sólo puede generar alguien ajeno y libre de ataduras a la tradición científica o artística de que se trate. En el caso de la tauromaquia mexicana, ese outsider fue Armando Pérez Gutiérrez, un joven de Texcoco que, como sostén que era de una familia numerosa, elaboraba barbacoa y la transportaba a la capital para su venta.
En efecto, al fallecer su padre, el primogénito Armando quedó como responsable de una abundante prole. Y en alguna de sus idas y vueltas a la cercana ciudad de México fue a dar al rastro de Tacubaya, y llamó su atención un grupo de muchachos practicando algo que llamaban toreo de salón, al acecho de la ocasión de pegarle pases a algún bravucón descarriado.
Con el desparpajo que da la ignorancia y una irreverencia congénita, el recién llegado, entre bromas y veras, se dispuso a demostrarle al coro de maletillas que era capaz de hacerles a los destartalados bichos cosas a las que ellos jamás se hubieran atrevido. Y cuando alguno de los empresarios pueblerinos que merodeaban le pidió su nombre para anunciarlo en su feria, el sorprendido texcocano, temeroso de alarmar a su madre si ella llegara a enterarse, dijo llamarse Carmelo y no Armando. Estaba naciendo, un día cualquiera del verano de 1927, el mito llamado Carmelo Pérez.
Campaña fulgurante
Como resulta que las temeridades practicadas con cuneros en el rastro de Tacubaya los reproducía con réditos en los pequeños cosos de los alrededores, no tardó Carmelo en ser requerido por la empresa de Puebla, donde se convirtió en eje de su temporada novilleril. Con notable insensatez, Margarito de la Rosa, que era su representante, aceptó allí el ofrecimiento de una precoz alternativa.
Y como el eco de sus triunfos poblanos había llegado a la capital, hasta la ciudad vecina se desplazaron varios de los cronistas más connotados de la prensa taurina nacional, como Alfonso de Icaza y Abraham Bitar, de El Redondel, y Armando de Maria y Campos, de El Eco Taurino. Corría el mes de febrero de 1929 y se contrató como padrino de la ceremonia a Joaquín Rodríguez "Cagancho".
La corrida de San Nicolás Peralta, pasada de peso y edad, obligó al gitano a extremar precauciones y recomendarle al neófito que hiciera lo mismo, pero, según puede leerse en "Silverio, o la sensualidad en el toreo", el libro donde Guillermo H. Cantú hace un interesante análisis sobre la vida y el carácter de los dos toreros de la saga (Edit. Diana. México, 1987), la respuesta de Carmelo fue contundente: "Señor Cagancho, vaya usted a chingar a su gitana madre y a mí déjeme hacer lo que me venga en gana, que es mi toro y estoy en mi tierra".
Aquella disparatada alternativa quedó en el olvido cuando la empresa capitalina buscó a Carmelo para su inminente temporada chica. En ella, el torero que asusta, como se le anunció, pasó del pitorreo inicial ante lo que parecían meras chaladuras a llenar repetidamente "El Toreo" en pugna con el ortodoxo y experimentado Esteban García, pareja que levantó ámpula y llevó a Rodolfo Gaona, metido a empresario de la temporada grande, a ofrecerle a Carmelo una alternativa tan disparatadamente prematura como la que anteriormente tuvo que renunciar.
Por supuesto, Rodolfo estaba consciente del riesgo en que se embarcaba y embarcaba al texcocano, pero pudo más su deseo de aprovechar la idolatría desatada en torno a su figura para explotarla y obtener las pingües ganancias que como empresario le prometía.
La corrida
Es la tarde del 3 de noviembre de 1929 y están a punto de partir plaza "Cagancho", Heriberto García y el novillero sensación, a punto de hacerse matador de toros. En los toriles, un encierro fuerte y bien armado de Piedras Negras. Y mucho antes de sonar el clarín, unos tendidos repletos de un público presa de la excitación que antecede a los grandes acontecimientos.
"Granado", berrendo en negro aparejado, se llama el bicho de la alternativa, y dará lugar a un primer tercio memorable, iniciado por Carmelo –que viste de celeste y oro– con verónicas tan brutalmente ceñidas como de costumbre; y a su quite por gaoneras responden con los suyos Heriberto y Joaquín, ambos en gran plan; las dianas se suceden y la gente tiene las manos rotas de aplaudir.
Pero tras la esperada sesión de trastos, la expectación se torna en desencanto al comprobarse la ineptitud del nuevo matador para dominar a un bicho de bravura seca y exigente. Los intentos de Carmelo por imponerle su estilo al codicioso berrendo derivan en desconcierto, y una voltereta formidable hace volar al neófito “más alto que Pablo Sidar", nombre del aviador nacional de moda. Carmelo se deshizo de "Granado" como buenamente pudo, y la pita bajó del tendido al ruedo trufada con befas y sarcasmos.
¿Derrumbe, naufragio total? Con Carmelo eso no rimaba. Rumiando su fracaso y tragándose la hiel y las ganas de vérselas ya con el segundo de su lote, vio como Cagancho, que venía de una gris presentación el domingo anterior, volvía por sus fueros de favorito del público mexicano, y no porque triunfara como tantas veces, sino porque salpicó su actuación con detalles impregnados de su clase y de su sello. Al catecúmeno le tocó asimismo soportar la sostenida ovación que acompañó la vuelta al anillo que dio Heriberto a la muerte del quinto de la tarde, pues el de Hidalgo estaba en su momento y con capa, banderillas, muleta y estoque redondeó una feliz actuación.
Finalmente salió "Madrileño", entrepelado y con bragas, para encontrarse con un Carmelo Pérez desbordante en su afán por sacarse la espina. Y vaya si lo logró, desde que abrió el capote y, sin probatura alguna, ciñó sus increíbles verónicas, hasta que dejó en lo alto la corajuda estocada que estaba pidiendo una faena de alarido.
Y no es que "Madrileño" fuese un colaborador dócil, ni que admitiera sin más aquellos naturales imponentes, en series inusualmente largas y con la mano demasiado baja y lenta para los usos de la época. Aquel Carmelo, súbitamente transfigurado, "le estaba haciendo ese faenón a un toro bronco y descompuesto; le había quitado las malas ideas y lo había enseñado a embestir por donde el torero le mandaba que embistiera", en versión de Paco Malgesto, recogida en el mencionado libro de Cantú (p 112).
Total, que el texcocano coronó su primera tarde de matador sobre los hombros de una multitud enfebrecida, mostrando, según unas crónicas, la oreja del bicho, y según otras hasta el rabo de "Madrileño". Los partidarios de Heriberto García también levantaron en hombros a su torero, pero estaba claro que el que había enloquecido al gentío fue aquel alto, desgarbado y renegrido muchacho cuyo terno celeste y oro cobraba nuevo brillo al recibir los reflejos de la modesta luz amarillenta que proyectaban en 1929 las luminarias callejeras de la capital mexicana.
El-hombre-que-no-cree-en-nada
Luis de la Torre Rangel pertenecía a la índole de cronistas que pudiéramos llamara espontáneos -personas cuya acendrada afición los impulsaba a escribir de toros sin ser periodistas ni tener intereses pecuniarios de por medio-, y que en México hacían contrapeso a quienes vivían de la pluma y en no pocas ocasiones tergiversaban los hechos de la corrida torciendo hacia un lado o hacia otro, si vale parafrasear a Bernal Díaz del Castillo. Nunca firmó con su nombre sino con la estrambótica frase que encabeza este párrafo. Pero su texto posterior al festejo de referencia es harto significativo. Aquí, el corolario del mismo:
"¡Gracias, Heriberto! Esa torerísima labor en una tarde en que la gloria quizá buscaba a otro (...) ha venido a darnos la razón a quienes no transigimos con el estilismo absurdo hoy tan en boga, ni aceptamos las genialidades que al menor soplo se convierten en el peor de los ridículos.
¡Gracias también, Carmelo Pérez! Por ese faenón desconcertante que tuvo la virtud de hacer nacer cuatro carretillas en las patas de un bovino, dejando a su ejecutante no en la calidad de un torero consumado, que para eso ya habrá tiempo sobrado, pero sí en su carácter de artista fenomenal.
¡Vaya par de torerazos!" (El Taurino, semanario. México, 11 de noviembre de 1929).
Don Luis de la Torre Rangel retrató así, de un modo tan directo como sincero, la hora feliz de dos toreros abocados a la grandeza, el uno en sazón y el otro en prospección. Infortunadamente, ninguno de los dos lograría consolidar la posición a la que daban derecho a pensar sus respectivas capacidades, tan distintas entre sí. Y es que, recordando un tango de la época, "contra el destino nadie la talla..."
Vísperas de sangre
Esteban García, el enconado rival de Carmelo, que en opinión de los conocedores era quien realmente estaba preparado para una alternativa que a Rodolfo Gaona ni se le ocurrió ofrecerle, había sido herido de suma gravedad la noche anterior, en Morelia –costumbre local ésta de programar cada 2 de noviembre un festejo nocturno–, lesiones que a los pocos días le costaban la vida, envolviendo la temporada en un ambiente pesaroso y trágico al que muy pronto iba a agregar su propia inmolación el sensacional torero de Texcoco (17-11-29).