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Brilla la clase de Héctor Gutiérrez

Sábado, 18 Abr 2026    AGS., Ags.    Juan Antonio de Labra | Enviado         
Realizó la mejor faena de una tarde complicada en Aguascalientes
La primera corrida de la Feria de San Marcos no fue lo que se esperaba, debido al escaso juego que dio el encierro de José Barba. Sin embargo, en una tarde de toros siempre hay que rescatar los aspectos positivos, y tratar de mirar el vaso "medio lleno" y no "medio vacío", como sugería aquella magnífica publicidad de El Heraldo de México creada por el gran taurino cubano-mexicano Germán Le Batard.

Y aunque no llegó el triunfo grande, sí que llegó un torero de clase, Héctor Gutiérrez, ha inclinar el fiel de la balanza a su favor, en clara competencia con Isaac Fonseca, dos toreros tan distintos como complementarios, ambos surgidos de la interesante "Cosecha del 22", que ahí van buscando marcar diferencias entre el resto de la tropa, para ver quién es capaz de convertirse en capitán general.

Con la satisfacción de haber mostrado sus credenciales en España, en la corrida de San Agustín de Guadalix, fecha inaugural de la Copa Chenel 2026, el torero acalitano tiene la hierba en la boca, la ilusión a tope, y se encuentra en ese momento tan dulce que pocas veces se presenta en la carrera de los toreros y que, bien aprovechado, puede representar un significativo parteaguas en su vida.

En ese estadio se encuentra Héctor, y hoy lo demostró con creces, con una faena para toreros, para profesionales -más que para el público-, en la que desplegó su acusado trazo, su temple, su suavidad de muñecas, toques y altura de los engaños, ante un toro que le pidió compresión y cariño en el trato. Vamos, un toro que le pidió hacer del toreo una caricia.

Y se la fue dando desde el capote, en los templados lances a la verónica, y luego en el quite y el remate -una larga a lo Rodolfo Gaona, juncal y elegante- para más tarde encauzar las embestidas de un toro muy noble al que le faltó fuerza y chispa, pero le sobraba voluntad para acudir a los cites de Gutiérrez, que toreó por nota para no derribarlo, con la suavidad precisa para bordar un toreo de valor sereno, haciendo todo a favor del toro, pero también a favor de su propio sentimiento.

Es verdad que aquello no tuvo el impacto que se requiere para alborotar al público, pero éste, en cambio, sí que coreó con expresión los muletazos, sin fondo musical, como tenía que ser, porque la música era callada y la puso Héctor con su inspiración en una faena que también tuvo chispazos de improvisación, eso que tanto se echa en falta en el toreo actual, como fue ese kikirikí de manos a media altura y final de trincherilla, que incluyó un airoso final de vuelos barriendo la arena, o ese pase de las flores andando con absoluta naturalidad, evidencia de que lo está viendo claro.

Después de esa faena tan aromática, una estocada entera, contraria y de la que asomó apenas la punta de la espada en el costillar contrario del toro, echó por tierra la posibilidad de cortar una oreja, lo que hubiera venido muy bien a la corrida y también a Héctor. Pero el resultado numérico no es tan relevante cuando se torea así, deletreando cada muletazo. Y eso, eso precisamente, es lo que vale más porque deja huella.

En el otro, el quinto, un toro que no valía nada, Héctor comenzó bien y acabó desdibujándose, con dos desarmes incluidos, quizá amargado de que aquellas embestidas huecas no le iban a dejar expresarse y así fue, en una faena intrascendente para él y para el público.

Pero después de lo hecho con ese primer toro de su lote, deja un regusto entre y la ilusión de volver a verlo, porque Héctor Gutiérrez es un torero al que no hay que perder de vista, ya que todo apunta a que está a un pasito de dar el salto definitivo para atravesar el portillo que lleva a la cima.

Si el toreo de Héctor fue caricia, el de Fonseca fue arrebato, espectáculo, así que cada uno mantuvo la fidelidad a su propio concepto, lo que sin duda es muy favorable. El moreliano hizo un valeroso quite al tercer, un toro que apuntó mejor condición que los dos primeros, sobre todo en cuanto a transmisión y fuerza se refiere, pero se desfondó muy pronto y el ímpetu inicial de la faena, en los medios, con dos vibrantes y bien ejecutados péndulos de rodillas acabó diluyéndose.

Lo que nunca se esfumó fue la ambición de Isaac, y su facilidad de conectar con el público, y cuando vio que el sexto, que pesaba casi 600 kilos, se paró muy pronto, movió los hilos correctos para regalar un toro de Núñez del Olmo, que acabó defendiéndose y con el que no había nada por hacer, sino mostrar la misma actitud, encomiable, por supuesto, de busca el triunfo que nunca llegó por la sencilla razón de que no iba a suceder.

Diego Sánchez se tuvo que tragar la hiel de ver cómo se partió un pitón el toro que abrió plaza, en el instante de ir a buscarle la primera embestida con la muleta. Evidentemente, no había forma de que fuera devuelto y tuvo que abreviar. Tras este desaguisado, la suerte lo recompensó con el mejor toro de la corrida, el cuarto que, sin tener la fuerza requerida, humilló de categoría, metió la cara casi arando la arena con el hocico, y sacó un fondo de bravura que no todo mundo comprendió.

Bautizado como "José Manuel", en honor de José Manuel Gómez, hijo del recordado matador Teófilo, sangre con la que está formada esta ganadería de José Barba, el toro le pedía a Diego menos afán de triunfo y más claridad de ideas, porque era tan sensible su forma de acudir a la muleta, que a vece el pico al pitón contrario lo obligaba a meter no el pitón natural del cite, sino el de afuera, y eso acabó por incomodarlo.

Si a ello sumamos que Diego se empecinó en acortar mucho la distancia, "José Manuel" se sintió acosado y no acabó de desarrollar ese fondo tan bueno que tenía. A favor del torero de dinastía hay que decir que por momentos consiguió entusiasmar al público y sacarle muletazos templados y recios, pero quizá sin la finura técnica y de colocación que hubiesen permitido verlo de otra manera.

Mañana será otro día, como dicen. Y ojalá que el encierro de Pepe Garfias, la gran ganadería potosina que está buscando repuntar, consiga evocar aquellas tardes de gloria de otra época en esta plaza, por el bien del público, que es el que paga y se queja, con justa razón de la falta de casta de los toros, y de la terna compuesta por Leo Valadez, Jesús Enrique Colombo y Alejandro Adame, dos acalitanos en medio de un indómito venezolano, los tres con argumentos y, más que nada, hambre de triunfo.

Ficha
Aguascalientes, Ags.- Plaza Monumental. Primera corrida de feria. Más de un tercio de entrada, en tarde nublada, de calor bochornoso. Toros de José Barba, bien presentados, de poco juego en general, salvo el 4o., que tuvo clase y uno de Núñez del Olmo (7o.), complicado. Pesos: 508, 484, 514, 528, 559 y 595 kilos. Diego Sánchez (grana y oro): Silencio en su lote. Héctor Gutiérrez (verde bandera y oro): Ovación y silencio. Isaac Fonseca (burdeos y oro): Silencio, silencio y división en el de regalo. Incidencias: El aspirante a banderillero Kevin García,  presentó su examen profesional en el 3o., al que clavó los tres pares. Destacaron en la brega y colocación, los hermanos Alejandro Prado y Jonathan Prado, y el primero fue llamado a saludar una ovación en el tercio.

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