La evolución del toreo de Morante de la Puebla me hizo volver a una reflexión antigua: ¿necesita un torero estudiar historia? Más allá de eso: ¿qué tanto requiere un artista mirar hacia atrás? Conocer el contexto histórico en el que una obra de arte fue realizada nos ayuda a comprender mejor su belleza y la complejidad con la que fue creada.
Piensen, por ejemplo, en Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío de Goya. La pintura impacta por sí sola. Pero cuando uno se detiene en el momento en que surge, la mirada se vuelve más honda. Algo se abre.
Un artista, además, debe entender que su trabajo es producto no sólo de su sensibilidad y talento, sino que es parte de la evolución de la propia humanidad.
Si esto es válido en cualquier arte, en la fiesta de los toros se incrementa. Antonio J. Pradel en su libro "El gesto justo. Ensayo para una estética desde la tauromaquia" (Edicions Bellaterra, 2014) dice que la tauromaquia es un arte que se define y toma forma por medio de la memoria y el tiempo. Los aficionados mantenemos en nuestra memoria faenas, lances o pases que están presentes siempre que observamos o hablamos de toros.
La tauromaquia se ha ido formando con el tiempo. Nada aparece de golpe. Todo viene de antes. Los toreros deben entender lo que afirma Pradel: "La tauromaquia actual, si no quiere perder definitivamente su auténtica razón de ser, si no quiere quedar convertida en un resto prácticamente incomprensible, no debería olvidar nunca aquellas viejas representaciones, ni tampoco las viejas mitologías en torno al toro".
Morante de la Puebla se pone ahí. Encarna la historia del toreo. Se le nota en los gestos. En cómo coloca el cuerpo. En lo que decide hacer. Tiene asumidas esas formas, las recrea en su manera de estar delante del toro.
El jueves pasado aparece pegado en tablas, casi sin sitio, como si el ruedo le sobrara. Suelta el capote a una mano y deja pasar al toro sin esfuerzo visible: todo está en el ajuste. Luego vienen las verónicas, despacio, con el pecho por delante, y la plaza empieza a cambiar de tono.
Pero es en el gesto inesperado donde la imagen provoca algo insólito en quien mira. Pide una silla. Se sienta. Cruza las piernas y cita. Clava el par. Vuelve a sentarse para empezar la faena. Y lo que sigue ya no parece del todo de ahora. Tiene algo antiguo, como si eso ya hubiera ocurrido antes y, de pronto, volviera a hacerse presente.
José María Micó explica que los artistas clásicos son los que no se parecen a sus contemporáneos porque se atrevieron a transgredir las normas. Los artistas que trascienden son aquellos que superaron las teorías e hicieron algo que nadie más hizo.
En el prólogo de su traducción de "Comedia" de Dante Alighieri, José María Micó escribe: "La literatura siempre se ha nutrido y se nutrirá de sí misma, pero lo hace al modo de las demás artes en su devenir, porque las grandes creaciones modifican el pasado y transforman el futuro. En definitiva, el canon literario no recoge la uniformidad, sino la singularidad y la diferencia. La tradición literaria no es una exposición de modelos, sino una reunión de excepciones y extravagancias. Son clásicos porque son de otra clase".
Morante de la Puebla es un torero clásico. No repite las mismas fórmulas que ha aprendido como un erudito del toreo; sino que las ha interiorizado y, en su extravagancia, las recrea.
En Sevilla no se vio a un torero que especula. Había memoria en cada gesto: el quite por tijerillas que parecía de otra época, la silla, la forma de ponerse en un palmo de terreno, de alargar el natural en redondo, de torear a pies juntos imponiendo el tiempo sobre la embestida.
Morante no estudia la historia para repetirla, sino para hacerla presente, recrearla y evolucionar. No está citando ni rindiendo homenaje. Está llevando todo eso a su terreno. Cuando la faena avanza, todo eso deja de distinguirse. No se reconoce lo aprendido. Está ahí, pero ya no como referencia. No como recuerdo. Como algo que está pasando.