Tauromaquia: Huerta, figura inolvidable

Joselito Huerta marcó una época en el toreo mexicano

Muchos aficionados siguen pensando que la irrupción arrolladora de Manolo Martínez a la escena taurina tuvo como primer golpe de efecto la retirada de su tocayo Capetillo, a consecuencia de un mano a mano famoso que habría representado una especie de abdicación del viejo monarca en favor del delfín impaciente.

Doble error, porque ni el veterano sufrió en dicha ocasión aplastante derrota ("El Toreo" de Cuatro Caminos, 03-12-67) ni existía tal hegemonía de Capeto sobre el resto de los coletudos nacionales; su emparejamiento con Martínez se dio de manera circunstancial en una época de abundantes toreros de cartel entre los cuales el principal, Joselito Huerta, se movía por entonces en un circuito más restringido debido a que permaneció fiel a la Unión de Matadores en tanto la mayoría se afiliaba a una sismática Asociación que la empresa de la Plaza México había impulsado a su conveniencia, en medio de la guerra declarada entre el administrador de la Monumental –el cubano Ángel Vázquez, más familiarizado con el beisbol que con el mundillo taurino–, y Leodegario Hernández, que administraba los principales cosos de los estados y construyó la Monumental de Jalisco –hoy "Nuevo Progreso"–, escenario del mano a mano Huerta-Martínez de este 15 de noviembre de 1970.

No está de más recordar que fue Leodegario quien organizó la alternativa de Manolo en otra de sus plazas (Monterrey, 07-11-65), y que el joven regiomontano siempre le guardó fidelidad, incluso a costa de una larga enemistad con la ensoberbecida empresa capitalina.

Pero volviendo al primer punto, el de la primera retirada de Capetillo, no es de extrañar que, pese a su escaso fundamento, la leyenda de su retirada forzado por Martínez fructificara. El México de los toros carece, aún hoy, de memoria escrita. También influyó en parte el temperamento expansivo y alharaquiento del gran muletero tapatío, en contraste con la reserva y discreción del León de Tetela.

Pero sería éste, en su papel de primera figura, el que ofreció verdadera resistencia al empuje de Martínez durante tres años de enconada rivalidad, y a lo largo los 68 festejos en los que el poblano y el regiomontano compartieron cartel, incluidos 27 manos a mano.

Yo presencié tres de dichos duelos, el primero en Tlaxcala, luego de la gravísima cornada de "Pablito" a Huerta en Cuatro Caminos que, entre recaídas, cirugías y convalecencias, lo mantuvo más de un año alejado de los ruedos; esa tarde tlaxcalteca José se alzó con las dos únicas orejas que se cortaron (02-11-71); la segunda fue en la México, una corrida de la Cruz Roja frustrada por inclemente ventarrón (16-04-72), y la tercera en "El Toreo" de Puebla (05-05-72), corrida ésta sí redonda, en la que Manolo cuajó antológico faenón con el cuarto de San Martín, malogrado con la espada, y Huerta estuvo asombroso de valor y maestría con el geniudo y remiso quinto, al que primero le bajó los humos a fuerza de aguante y ciencia torera hasta convertirlo en auténtico corderito: entonces lo bordó a placer.

El balance numérico de estas tres confrontaciones fue de cinco apéndices auriculares para Huerta contra ninguno de Manolo, lo que no hace justicia a la tensión y paridad prevalecientes, pero sí da cuenta del ímpetu y motivaciones del poblano cuando se encontraba cara a cara con el de Monterrey. Si llevamos la estadística a las veces en que alternaron juntos en la capital –aparte del mano a mano mencionado fueron cinco en la México (dos en terna y par de Estoques de Oro) y tres más en "El Toreo" de Naucalpan de Juárez–, las cifras siguen favoreciendo a Huerta a razón de cuatro orejas, dos rabos y un Estoque, frente a cuatro auriculares y un rabo para Manolo.

Y la misma superioridad en favor del serrano arroja el recuento de apéndices que hace Luis Ruiz Quiroz sobre el total de veces en que alternaron juntos: 89 orejas y diez rabos para el torero de Tetela y 71 y nueve, respectivamente, para el norteño  (Cantú, Guillermo H. "Manolo Martínez un demonio de pasión", Editorial Diana, México, 1990. p. 431). Allí mismo consta que los manos a mano Capetillo-Martínez no pasaron de seis, concentrados en el verano y otoño de 1967.

Guadalajara y la tradición

Nunca fue plaza fácil. Ni toro chico ni carteles cojos ni público consentidor. Le favoreció contar con empresas estables –don Nacho García Aceves durante más de medio siglo, con Leodegario Hernández como competidor enconado de la segunda mitad de los años 60 del XX a principios de la década siguiente--, temporadas tanto de corridas como de novilladas bien definidas y seriamente organizadas, autoridades responsables y una prensa vigilante y profesional. En aquel momento tenía, con sus dos cosos en activo, la segunda afición más competente del país (hoy es, con diferencia, la primera de América). Y fue precisamente en ese ambiente que se dio el memorable mano a mano Huerta-Martínez que aquí se comenta.

Gran ambiente

Aquel domingo 15 de noviembre del año 70 se anunciaron dos festejos en la capital tapatía, una novillada en el antigua plaza "El Progreso", con la despedida del triunfador de la temporada chica capitalina Adrián Romero, y el mano a mano que nos ocupa en la Monumental de Jalisco, que fue como inicialmente llamó a su plaza Leodegario Hernández. Hubo público para ambas, con la Monumental registrando un lleno digno de la ocasión. Mucho prometía el cuajado encierro de Torrecilla y ambos alternantes contaban con triunfales trayectorias y abundantes y fervientes partidarios en la Perla de occidente.

Una corrida soñada

En los hechos, la confrontación Huerta-Martínez superaría las expectativas más optimistas. José tuvo, ante un gran lote de bravísimos torrecillas, la tarde más completa de su vida. Completa y por añadidura inspirada, porque siendo un maestro más seco que florido, esa tarde de noviembre su arte alcanzó cadencias insospechadas. Manolo Martínez volvía de una floja campaña española y a ratos se le notó dubitativo y descentrado con los toros, complicado su primero, débil el último y magnífico el cuarto de la tarde, "Farolito", al que le cortó también el rabo como contrapunto de la impresionante cosecha de su alternante, que fue de seis orejas y tres rabos, nada menos.

En el medio siglo transcurrido Guadalajara ha vivido corridas por centenares y todavía no hay torero iguale o siquiera se aproxime a la marca histórica que firmó el Indio de Tetela.

La apoteosis huertista

Para dar una idea de lo que fue transcribimos el relato que hizo Rafael Muñoz "Rafaelillo", corresponsal del diario "Ovaciones", de la primera faena de José; el toro se llamaba "Cantador", 450 kilos de buena casta y alegre embestir. Y ocurrió lo siguiente:

"Joselito (lo) recibió con una tanda de lances admirables de ligazón, temple y aguante… la faena a este gran toro fue iniciada de rodillas con un pase cambiado por la espalda, para ahí mismo ligar seis altos entre aclamaciones. De pie, tandas de derechazos rematadas con los de la firma, cambios de mano y de pecho, todo con un temple y ajuste maravillosos. Molinetes de rodillas, altos y de trinchera. Lo grande vino cuando se puso la muleta en la zurda y ligó doce naturales sin un solo tocamiento de muleta por los pitones, de gran limpieza y hermoso trazo, que pusieron de pie al respetable. Todavía toreó con la derecha con arte impecable, adornándose. Un estoconazo que hizo polvo al toro, para las orejas y el rabo, dos vueltas y salida a los medios". (Ovaciones, 16 de noviembre de 1970).

En efecto, Huerta no se ahorró nada y desde el principio dejó bien claro lo que significaba su rivalidad personal con Martínez. El relato del corresponsal no será literariamente brillante pero sí muy expresivo, y prácticamente lo reprodujo al referirse a los otros dos faenones de José con los toros "Valenciano" y "Brillante"; éste último, quinto de la tarde, terminó tan entregado, suave y repetidor –los efectos del temple–, y el delirio imperante alcanzó tal intensidad que el público pidió y consiguió que le fuera perdonada la vida. "Brillante" desapareció tras la puerta de chiqueros y numerosos espontáneos invadieron el ruedo para levantar en hombros al arrollador diestro poblano, que ya paseaba dos orejas y un rabo traídos del destazadero y había llamado a compartir su apoteosis al granadero de Torrecilla, José Antonio Llaguno, asimismo aupado por los entusiastas.

La gesta de José en perspectiva histórica

Un veterano cronista capitalino, Cutberto Pérez "Tapabocas", haciendo memoria escribió lo siguiente:

"No se habla de otra cosa en los medios taurinos que no sea la tarde auténticamente excepcional de Joselito Huerta en la plaza Monumental de Jalisco. Tenía que ser un torero de su talla quien diera esa nota insólita… Cuando desde Guadalajara llegó la noticia, inmediatamente volvimos a vivir, al cabo de tantos años, aquella hazaña inmortal del 20 de diciembre de 1936 en "El Toreo" de la Condesa, cuando Fermín Espinosa "Armillita" cinceló tres obras maestras del toreo con "Cantarito", "Garboso" y "Pardito", tres toros de bravura, casta y estilo de San Mateo. ¡La hazaña del siglo!  Así encabezaron algunas crónicas de esa época sus comentarios a la tarde cumbre en que Fermín cortó seis orejas, dos rabos y la única pata que se ha concedido en México, aunque por respeto al reglamento el Chato Zamora y Rosendo Béjar, juez y asesor técnico de entonces, multaron a Juan Espinosa por cortar para su hermano esa pata que 20 mil aficionados a coro pidieron y CONCEDIERON al Coloso de Saltillo, pues en esa época el público mandaba y se hacía respetar…

A 33 años de aquella tarde histórica, Joselito Huerta ha agigantado su personalidad de torero NON, maestro de la tauromaquia moderna, convertido ya en un pozo de ciencia y un artista privilegiado… "Cantador", "Valenciano" y "Brillante" salieron al ruedo tapatío para ser toreados por mano de rey… En la Monumental de Jalisco ha quedado escrita una página gloriosa del toreo y de la vida profesional de Joselito Huerta…". ("Ovaciones", 17 de noviembre de 1970).






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