En los primeros años del siglo pasado, José Claro "Pepete", del barrio sevillano de la Puerta de la Carne, a base de entregarse tarde a tarde consiguió en muy poco tiempo acaparar la atención de los públicos. Tres novilladas en Sevilla y tres éxitos de clamor. Se empezó a hablar de Pepete con verdadera pasión.
Poco antes de la revelación de Pepete, otro torero sevillano, Antonio Montes, arrimándose muchísimo, perdiéndoles el respeto a los toros había asombrado y ¡espantado! a los aficionados.
Los aficionados comentaban: "Como torea Montes y como torea Pepete no se puede torear. Ninguno de los dos, si siguen igual, vivirá para poder contar sus recuerdos”.
A Antonio Montes en el mes de enero de 1907, le cortó la vida en México, "Matajaca", de la ganadería de Tepeyahualco. No terminó ahí el infortunio. Se veló en una capilla del Panteón Español; estaba planeado que permaneciera unos días y después se le enviaría a Veracruz, de donde saldría para España.
El primer día se celebró una misa de cuerpo presente y enseguida el velorio. Asistieron muchísimas personas, transcurrió el tiempo, empezaron a retirarse, salieron los últimos y a nadie se le ocurrió apagar los cirios… ardió la capilla y el cuerpo de Montes quedó reducido a cenizas...
Cuando esas cenizas llegaron a España fueron depositadas en el cementerio de San Fernando, en Sevilla. Una multitud asistió al entierro. A José Claro "Pepete" lo acompañaron dos amigos. Uno de ellos, torpe, inoportuno, le dijo:
“Han venido todos los toreros de Sevilla. Al que más mira la gente es a ti… eres el que tiene más cartel".
"Me miran –contestó Pepete con resignación– porque como me cogen tanto los toros, algunos dicen que voy a acabar como Antonio".
Y se cumplió. El 7 de septiembre de 1910, un toro de la ganadería de Fernando Parladé, "Estudiante", marcado con el número 15, le cortó la vida a Pepete en la plaza de Murcia.