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Tauromaquia: Un Palomo singular

Lunes, 01 May 2017    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
"...devolvió de pronto a una época en que el toreo era otra cosa..."
Siempre nos parecerá prematura la muerte de un torero de nuestro tiempo. La de Palomo Linares nos devolvió de pronto a una época en que el toreo era otra cosa, más cercano al pueblo, más artesanal, más sobresaltado y vario. Su auge respondía en gran medida a la publicidad, y los toros, jóvenes y terciados pero sobre todo más vivaces y embestidores que los actuales, propiciaban frecuentes triunfos, genuinos o falseados. 

Sebastián Palomo Martínez (Linares, 27-04-1947-Madrid, 23-04-2017) fue un neto producto de esa época. Surgido de los maratones para maletillas organizados a mediados de los años 60 en Carabanchel por la familia Dominguín –propietaria del popular coso de Vista Alegre--, se le recuerda especialmente como coprotagonista, con El Cordobés, de la “guerrilla” que emprendieron ambos en 1969 contra las empresas constituidas, empeñadas en poner tope a sus emolumentos. Pingüe negocio hicieron, recorriendo España y actuando sobre todo en plazas portátiles. Al año siguiente, las casas empresariales tuvieron que ceder.

Para muchos buenos aficionados, Palomo era una mala copia de El Cordobés: la misma profusión capilar, parecida afición por los arrebatos y desplantes histriónicos ante reses menguantes, calculada recurrencia a querellarse con otros toreros en su urgencia por mover a los medios, y, en adición, la costumbre de retar a públicos adversos y responder a las críticas con alardes de valor que le costaron no pocas cornadas. 

Pero todo ello sin el poder hipnótico que Benítez ejercía sobre astados y multitudes. Y, por supuesto, sin pretender apelar a una clase y finura de las que carecía. Inclinado a la grandilocuencia, llegó a un punto en que, dominados ya los resortes íntimos del buen toreo, se encontraba con una respuesta fría cuando, apartándose de sus pautas conocidas, lo ponía en práctica.

Recuerdo que el gran “Chabola” –Rafaelito González, mozo de estoques español que llegó ser un representante operativo leal y eficaz de paisanos suyos de gira por México, como el mismo Palomo y, sobre todo, El Niño de la Capea--, me contaba, casi llorando, el alto precio que su amigo Sebastián tuvo que pagar por haber izado un rabo en Madrid y otro en México. 

“Nunca ningún torero pagó un precio más injusto por dos rabos ganados con el corazón en las dos plazas más importantes del mundo”, decía. Y es que, efectivamente, a partir del momento de obtener tales galardones –en 1972 ambos--, el revuelo de las polémicas que tanto le gustaba provocar se disipó para dar paso, tanto Las Ventas como la México, a extremos de trato duro por parte de ambas aficiones, y los esfuerzos del linarense por aplacar en el ruedo críticas y desdenes le resultaron a menudo estériles. Particularmente en la capital de nuestro país, cuya afición, todavía muy vigente y viva por ese entonces, nunca transigió mayor cosa con su personalidad ni con su tauromaquia.

Y sin embargo, cortar sendos rabos en Madrid y México no es algo que esté al alcance de cualquiera. Incluso en tiempos marcados por el auge del becerrismo y el afeitado, origen de la norma que decretó –en España, claro—el marcaje del año de nacimiento en cada bovino macho, y otras modificaciones a la ley taurina tendientes a garantizar en lo posible el respeto a la tradición y la erradicación de vicios y marrullerías. Decreto casualmente coincidente con el alejamiento de los ruedos de El Cordobés… pero no de Palomo Linares.

En España

Palomo tomó la alternativa en Valladolid de manos de Jaime Ostos y con Mondeño por testigo, toro “Feíllo” de Salustiano Galache (19-05-66). Contaba 19 años y no se había presentado de novillero en Madrid. Mala cosa, porque Las Ventas lo recibió de uñas la tarde de su confirmación (19-05-70, Curro Romero como padrino y toros de Pérez Angosto). Pero conste que, a los pocos días, le obsequiaban allí mismo una oreja inexplicable, el día del debut de Manolo Martínez (22-05-70): al de Monterrey, que tuvo por padrino de confirmación a El Viti, también le tocó su orejita de regalo; primera corrida española televisada a México vía satélite.

Su tarde cumbre en Las Ventas llegó en la isidrada del 72, cuando desorejó a su primero y luego cortó ese rabo suscitador de toda clase de debates. Hasta ha circulado por aquí la conseja de que se lo concedieron --rompiendo una tradición en contra de 37 años, que posteriormente no ha vuelto a quebrarse-- para darle en la cabeza al mexicano Curro Rivera, que esa tarde lo acompañó en la salida en hombros tras cortar cuatro orejas. Falso: Palomo paseó el rabo del quinto --“Cigarrón”, de Atanasio Fernández--, antes de que Rivera cortara su segundo par de apéndices a un complicado cierraplaza (22-05-72). 

Lo que sí es verdad es que allí ardió Troya, que la crítica le negó el pan y la sal al linarense, y que el presidente de la corrida fue cesado. La faena, empero, había sido larga, templada y emotiva, dentro del estilo arriesgado y aparatoso del melenudo diestro andaluz. Que sin rehuir posteriores isidradas ya solamente pudo cortar otras tres orejas, una a una, en el cada vez más exigente coso venteño.

Muy castigado por los toros, sus cornadas más graves las sufrió en 1967 en Castellón (safena) y diez años después otra, gravísima (pulmón), en Zaragoza. En mayo de 1975 protagonizó un sonado episodio televisivo al reclamarle a Paco Camino que se haya referido a él como un “muchacho valentón”. Algo similar le había ocurrido en Quito, en el curso de otra entrevista televisada en que desdeñó públicamente a la torería mexicana –triunfadora como nunca en la feria de aquel diciembre de 1974 en el coso de Iñaquito--, y Curro Rivera se hizo presente en el estudio en demanda de explicaciones cara a cara.

En México

Aquí se presentó Sebastián en una de las corridas olímpicas del 68, y lo hizo cortándole la oreja al sexto de Reyes Huerta tras ser apadrinado por Joselito Huerta (20-10-68). Con quien alternaba, por cierto, la trágica tarde en que “Pablito”, del mismo hierro poblano, infligió al de Tetela una cornada en el vientre técnicamente mortal (30-11-68). Fue en la feria de El Toreo, y ese día Palomo regaló un toro y le cortó una oreja protestada –prodigó chabacanerías y desplantes fuera de cacho--, tras de que Eloy Cavazos cobrara del sexto, “Silencioso”, su primer rabo ante la afición más o menos capitalina.

El que Palomo cortó en la Plaza México fue del toro “Tenorio” de Garfias, luego que Manolo Martínez paseara el del cuarto, “Gladiador” (23-01-72). Naturalmente, se lo discutieron. Y cuando la empresa presentó, al siguiente invierno, a “los dos triunfadores de Madrid mano a mano” –Palomo Linares y Curro Rivera—la gente lo tomó a choteo. Para su desgracia, pocos domingos después, tras anunciar el obsequio de un 7o. toro, el segundo suyo le fracturó una mano, y el de regalo –“Horchatito”, de Garfias—cayó en manos de Curro, que le bordó su mejor faena en la capital, redonda, torerísima, sin más pero que el escaso trapío del nobilísimo ejemplar potosino (07-01-73). 

Palomo no volvió a dar una en la Plaza México, donde la faena más torera y meritoria que le recuerdo la había hecho, sin gran respuesta del público, en la inauguración de la temporada 1968-69, a un 5o. toro de Torrecilla llamado “Flautista”.

Como en España, en México también sufrió varios percances: uno en El Toreo en la feria otoñal del 68, ese otro de la México la tarde de “Horchatito” –ambos lesiones en las falanges—y una cornada de importancia en Monterrey (18-01-69). Volvería a nuestro país a principios de los 90, en plan de reaparición y con melena blanca de director de orquesta, pero sin deponer sus arranques temperamentales, para torear una breve y cómoda serie de corridas provincianas con Eloy Cavazos y César Rincón.

Sebastián Palomo Linares tiene un hijo torero, que utiliza su mismo nombre y torea muy poco; estuvo casado durante 37 años con la guapa y culta colombiana Marina Danko, de quien se divorció hace poco. Y cultivó la pintura de caballete con estilo muy personal y buen éxito. Precisamente en los días de su internación en el hospital madrileño donde le sorprendería la muerte, se presentó una exposición de su obra pictórica en una sala de la capital de España.


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