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Lecturas de verano: La esencia de un orgullo

Lunes, 13 Jul 2015    México, D.F.    Juan Antonio de Labra | Foto: Eduardo Meade   
Un libro fundamental para comprender parte de la historia ganadera de México
En la persona de Carlos Castañeda se han conjuntado tres circunstancias especiales para poder escribir el libro imprescindible sobre la legendaria ganadería de Piedras Negras: el amor por el toro bravo, su gusto por la historia, y su devoción por este encaste. Porque así como desde el año 2008 se ha dado en llamar "Encaste Llaguno" a todo lo que procede de la casas ganaderas de San Mateo y Torrecilla, ya va siendo hora, también, de que se denomine "Encaste González" a la descendencia de Piedras Negras.

Es un hecho irrefutable que de los cuatro pilares que desde el primer tercio del siglo XX edificaron la cabaña brava mexicana, solamente éstos dos: Piedras Negras y San Mateo han sobrevivido al paso del tiempo, mientras que San Diego de los Padres y La Punta, como encastes, propiamente dicho, desaparecieron, no obstante que hoy día los nombres de ambas ganaderías subsisten como un grato recuerdo del pasado, y de lo que de ellas hicieron los Barbabosa y los Madrazo, respectivamente.

Así que el libro de Carlos, titulado "Piedras Negras: sitio, vida y memoria" es una valiosa aportación a las letras taurinas debido a la consistente investigación que realizó durante un periodo extenso de tiempo en el que reconstruyó la historia de la hacienda de San Mateo Huiscolotepc –el nombre oficial de la propiedad– con sus diferentes dueños, en ese incesante trajín entre México y Veracruz, donde Piedras Negras figuraba como un lugar obligado de parada para los viajeros que transitaban esta ruta.

A la par del relato de la hacienda y la llegada de los González como propietarios, por allá del año 1835 (es decir, hace 180 años), se cuenta con detalle la manera en que comenzaron a criar ganado de lidia, y cómo empadraron aquellas vacas cerreras con los primeros sementales españoles de distintos encastes. Pero también cómo empezó una selección genética profesional en manos de Lubín González, un hombre letrado que sintió un gusto muy especial por los toros de Saltillo.

Y fue de esta manera como en Tlaxcala –y por su parte en Zacatecas, con la inmensa labor de los Llaguno– el campo bravo mexicano se hizo autosuficiente, y no sólo eso, sino que además pergeñó un tipo de toro conocido como "el toro mexicano", que rinde culto a la labor de estos hombres y de muchos otros que siguieron su huella.

La intensa labor de investigación de Castañeda se remite también a los asuntos familiares, a las herencias y las divisiones de un terreno que fue devastado por la reforma agraria que convirtió estas prósperas tierras de labor y cultivo de pulque en fábricas que hoy día conforman la Ciudad Industrial Xicoténcatl, un vasto territorio donde las construcciones, el asfalto y el hierro, ocupan los potreros donde durante tantos años pastaron los famosos toros de la "corbata".

El palmarés de Piedras Negras y sus apabullantes números en la capital mexicana es otro de los temas interesantes del libro, y más aún cómo fueron afianzando la estirpe conforme transcurrieron las distintas generaciones en las que los nombres como Vililulfo (a Castañeda la parece más sencillo escribirlo con "V" que no con "W"), su hijo Raúl y, hoy día, el nieto, Marco Antonio González Villa, han dado brillo a un trabajo sistemático y profesional de seis generaciones (las últimas tres en línea directa), que refleja una frase emblemática: ¡La bravura por delante!

Y es precisamente el último capítulo del libro en el que el ganadero Carlos Castañeda ofrece su versión de lo que debe ser la bravura, una palabra que en Tlaxcala tiene un significado especial y, paradójicamente, fue la que orilló a Piedras Negras a una incomprensible marginación, por aquello de que las figuras de unos lustros a la fecha, han preferido aquellas ganaderías en las que sus dueños se han decantado más por potenciar la clase, sin pensar demasiado en la base que representa la esencia del toro, que es, precisamente, la bravura.

De tal forma que a los otros libros existentes sobre la famosa divisa rojinegra (el anterior de ellos publicado por Carlos Pavón en 2012, titulado "La legendaria hacienda de Piedras Negras, su gente y sus toros"), ahora se suma esta visión más panorámica en la que habita un elemento indisoluble: el orgullo por un apellido –González– y por mantener viva y con éxito, la historia de una ganadería de gran abolengo que, a lo largo 145 años, ha sido el símbolo de los toros cárdenos de Tlaxcala.


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