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Tauromaquia: Seis veces solo, encerronas (II)

Lunes, 13 Jul 2015    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | Opinión   
La columna de este lunes en La Jornada de Oriente
Como en Pamplona no contaron con mexicanos y –gestas de secundarios aparte ha habido pocas cosas dignas de mención, fuera de la acostumbrada cauda de heridos y contusos bajo un despliegue sanitario y policiaco merecedor de mejor causa, permítasenos saldar la deuda contraída hace algunas semanas resumiendo hoy las encerronas habidas ante el público Madrid, y más concretamente en la plaza de Las Ventas.

Antecedentes

Matar seis toros en una misma función fue siempre prueba de suficiencia casi obligada para las figuras cimeras del siglo XIX. Rafael Molina "Lagartijo" y Salvador Sánchez "Frascuelo" lo hicieron en la capital de España en sus años de apogeo, aunque no les fuera nada bien al intentarlo de nuevo a guisa de despedida, cuando principiaba la década de 1890, marcada por la hegemonía absolutista de Rafael Guerra "Guerrita", el último grande en anunciarse con seis toros en Madrid.

Tal gesta sonaba natural en El Guerra, todopoderoso y completísimo, pero no en toreros cortos ni estoqueadores desiguales, como bien dejara asentado la crítica de la época. Por eso tal hazaña encumbró, entrado ya el siglo XX, por José Gómez "Gallito", pero no fue siquiera intentada por su hermano Rafael ni por Juan Belmonte, que era precisamente de lo que adolecían.

A partir de entonces, y probablemente a raíz de los desafortunados experimentos últimos de Lagartijo y Frascuelo, la encerrona se tornó en prueba de fuego con la que ya muy pocos se atreverían. A Bienvenida padre –el Papa Negro– la grave cornada del cárdeno "Viajero" de Trespalacios, tercero de su particular encerrona (10-07-1910), le afectó profundamente su posterior trayectoria. Y, sin llegar a tanto, tampoco resultó idea feliz para los dos mexicanos que lo intentaron, pues ni Rodolfo Gaona en 1912, con toros de Trespalacios y Benjumea, de los que sólo alcanzó a estoquear cinco, ni Armillita Chico a los veinte años justos (24-07-32), ante una torada de pronóstico reservado de Marcial Lalanda, consiguieron llevar sus respectivas encerronas a buen puerto. De modo que la célebre de Gallito, anunciado el 4 de julio de 1914 con seis toros de Vicente Martínez, que luego fueron siete, ha quedado como la tarde paradigmática, consagratoria, de un torero solo en la plaza de la carretera de Aragón, cuya vida como coso taurino terminó en 1934.

Las Ventas da y quita

Evidentemente, anunciarse con seis toros en Madrid ha sido prueba de fuego no muy del gusto de las figuras. Aun así, Antonio Bienvenida –que sin mandar en el tinglado fue un favorito de los madrileños– acometió tal proeza hasta en seis ocasiones, incluida una doble (16-06-60, a tarde y noche), que sería la más desafortunada de todas, pues sin haber triunfado tuvo que retirarse, físicamente imposibilitado, en mitad de la nocturna. Pero en las cuatro restantes, entre 1947 y su falsa despedida de 1966, sumaría 12 apéndices, constituyéndose en el rey de las encerronas en el coso venteño (sin contar otras dos en Vista Alegre a mediados de los 60, también apoteósicas, como confirmación de la devoción de los madrileños hacia su torero, curiosamente nacido en Caracas).

El zamorano Andrés Vázquez es otro diestro que gozó del favor de la buena afición de Madrid, reflejado en sus tres corridas en solitario, resueltas con buen éxito a fuerza de pundonor y sobrio torerismo: la primera fue con victorinos (03-05-70) y nunca dejó de cobrar cuando menos dos apéndices, siete en total. Con dos encerronas figuran hasta cinco matadores, aunque para contar a Julián López "El Juli" hemos de mencionar que la primera suya fue su despedida de novillero (13-09-98), con salida en hombros no reproducida en la corrida de la Prensa de 2003, que saldó, entre discusiones, con el corte de una sola oreja.

Los cuatro restantes son el toledano Gregorio Sánchez (por el Montepío, en 1960, cobró 7 apotéosicos apéndices, pero su despedida, 13 años después, fue un desastre, casi emparejado por Antoñete, que cobró desabrida oreja en su luego desmentido adiós del 75), Francisco Ruiz Miguel (cuatro orejas), Joselito (ocho) y Morante de la Puebla (una). Para éste resultó de tal manera fallida la primera (11-04-04) que incluso lo retiró temporalmente; se sacaría esa espina tres años después, en la de Beneficiencia, así fuera in extremis, pues no había conseguido gran cosa hasta que salió el sexto, de Núñez del Cuvillo –luego de larga espera mientras José Antonio era atendido de una contusión craneal en la enfermería: mediante una lidia arrebatadora, incluso lo banderilleó, le cortó una muy loada oreja (05-06-07). Por cierto, han sido tres los novilleros que alguna vez decidieron enfrascarse en tales lides: El Macareno, Niño de la Taurina y el mencionado Julián López, que por cierto fue la única vez que toreó como novillero en Madrid.

Lo normal es que la gente corresponda al torero gesto con cordialidad e incluso benevolencia, de lo cual pudo dar fe Rafael Ortega, el clásico torero de la Isla de San Fernando (24.06.54: cortó tres orejas y en otros dos dio la vuelta al ruedo). No obstante, han sido varios, entre figuras y figurantes, los que salieron del lance sin lustre ni trofeos, de Curro Romero a Enrique Ponce, pasando por Morenito de Talavera, Pepe Mata (herido el 04.-0-70, como triste presagio de su mortal cornada del año siguiente), Dámaso Gómez, Luis Francisco Esplá, Curro Vázquez, Ortega Cano, Víctor Puerto y los actuales Daniel Luque y, poco antes de El Cid, Iván Fandiño
No les fue muy bien a Francisco Rivera "Paquirri" en la de Beneficencia de 1980, aunque cortara dos protestadas orejas, ni a Luis Miguel Dominguín, que consiguió apenas un apéndice (05-07-48), justo a los dos días de que el argentino Raúl Acha "Rovira" hubiera saldado con salida en hombros, tras cobrar cuatro auriculares, su propia encerrona. Aunque para épica, la de Miguel Ángel Perera, herido grave pero convincente triunfador en la suya (03-10-08: sólo alcanzó a matar cinco, pero les cortó oreja a tres).

Con victorinos

Contemporáneamente, pareciera que la gesta máxima consiste en encerrarse en Madrid con toros de Victorino Martín. A partir de Andrés Vázquez, lo han hecho triunfalmente Ruiz Miguel, El Capea, Roberto Domínguez y Manuel Caballero. En cambio, ninguna gloria alcanzaron, antes al contrario, Alejandro Talavante y El Cid; coincidió, desde luego, el mal momento de la vacada extremeña con el desánimo y el escaso repertorio de estos últimos valientes.

Tardes históricas

Tres nombres que se elevaron a lo más alto gracias a sendas actuaciones en solitario ente el exigente público venteño. Paco Camino, fuera de San Isidro en 1970, se desquitó en la de Beneficencia estoqueando siete astados andaluces, incluido uno de Miura, con los que sumó ocho orejas (04-06-70); El Niño de la Capea revalorizó su cartel tras contender con seis imponentes victorinos y cortarles tres apéndices (28.06.88, día de su recordado faenón a "Cumbrerillo", quinto cárdeno de aquella tarde); y José Miguel Arroyo "Joselito", que ya había resuelto triunfalmente una primera encerrona, en corrida de Beneficencia asumida como revancha contra la empresa de los hermanos Lozano por haberlo dejado fuera de la isidrada de 1993, dio la tarde de su vida en la goyesca del 2 de mayo de 1996: de los seis desorejó a dos de El Torreón, y cortó dos  apéndices a uno de Antonio Ordóñez y a otro de Cortijoliva, dejando histórica huella, y una altura de listón que allí ha quedado, en espera del guapo que sea capaz mejorarla o igualarla siquiera. Vestía suntuoso traje goyesco verde botella y oro, de tono muy parecido al que lució El Capea la tarde de su encerrona con los victorinos.

Camino, en su gran día, se atavió, por única vez en su vida según él mismo, con un terno grana y oro (que conserva en una vitrina tal como quedó), que el primero de aquella tarde memorable le perforó a la altura de la ingle, por supuesto sin herirlo ni arredrarlo. Como ya hemos visto, Miguel Ángel Perera, ataviado en parecido tono carmesí, tuvo menos fortuna y resultó herido de gravedad la tarde de su particular epopeya.


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