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Desde el barrio: Córdoba, lejana y sola

Martes, 25 Nov 2014    Madrid, España    Paco Aguado | Opinión   
La columna de este martes
Córdoba, lejana y sola, dice "La canción del jinete" de Federico García Lorca. Córdoba, su moderna y gran plaza de toros, también sola y alejada casi del gran circuito, pero pretendida ahora por varios grupos empresariales que aspiran a gestionarla, según afirman las últimas noticias de los medios taurinos.

Desde hace ya una larga década, el coso de Los Califas anda sumido en una más que preocupante situación que no se corresponde a la gran historia taurina de la ciudad. Y ni su categoría ni su relevancia de dos siglos se reflejan en la actitud de los propietarios del recinto ni en las forzadas gestiones del puñado de empresarios que la han mal administrado en los últimos tiempos.

Es cierto que, salvo en momentos muy señalados del siglo XX, y en especial los años sesenta, no fue la cordobesa -ni la de Los Tejares ni la actual- una plaza fácil de gestionar, como tampoco ha tenido fama de tener un público fiel e incondicional. Hasta el mismo Manolete tuvo problemas de contratación en su tierra, en la que apenas llegó a torear un par de ferias por hacer valer unos privilegios ganados a pulso y que algunos paisanos le negaban no sólo en los despachos.

Pero el caso es que, desde los mejores años de Finito de Córdoba y Chiquilín, el coso de la barriada de Ciudad Jardín ha ido perdiendo presencia y peso en el global de la temporada española, y no tanto porque su feria de mayo quede eclipsada por un acaparador San Isidro, sino más bien por ese bucle ruinoso en que la propiedad privada del coso ha abducido a cada empresa que ha osado gestionarla.

Porque son las exigencias de la sociedad de propietarios, que se queda en exclusiva con todas las entradas del tendido más apetecible de la plaza, además de un canon que, al parecer, se ha ido reduciendo desde la entrada de la crisis, las que suponen una trampa mortal para la fiesta de los toros en una ciudad de tan larga tradición torera.

Hace ya siglo y medio que los comerciantes e industriales de muchas ciudades españolas empezaron a asociarse para levantar sus propias plazas de toros, en la brillante idea de que la celebración de festejos taurinos les traería visitantes y motivaría beneficios en sus negocios particulares por aquello que hoy conocemos como "impacto económico" de la fiesta de los toros.

Pero, pasadas las décadas, como ahora sucede en Córdoba, esas sociedades de antaño han derivado en un rocoso cúmulo de accionistas que buscan únicamente, y más desde la llegada de la crisis económica, un rédito directo e inmediato de sus multipropiedades. Sin atenerse a la realidad de momento, sin ninguna visión a medio plazo ni, por supuesto, capacidad ni intención de hacer inversiones en las mismas.

Aun así, y a pesar de las desbandadas de la mismísima empresa Chopera, o del fallido experimento venezolano de Ramgertauro, que explotó en las manos de quienes lo motivaron, sorprende que aún haya empresarios que sigan aspirando a hacerse con este caramelo envenenado a orillas del Guadalquivir.

Y es que desde que, por influencia del "abogado" Victoriano Valencia, el reglamento de 1962 ascendió a la plaza de Córdoba a la primera categoría administrativa, esa condición especial lleva a muchos aspirantes a ascender en el empresariado taurino a intentar agregarla a su currículum.

Esa se antoja como la única explicación de tantas aventuras suicidas, la de sumar puntos para presentarse después a los concursos de otras plazas grandes más rentables pero en los que, en otro más de los círculos viciosos del toreo, se exige experiencia en cosos del máximo nivel que sólo son accesibles a las poderosas casas ya consolidadas.

Es ese endeble aspecto de la “inversión de futuro”, sin duda, el que hace que sigan siendo muchos más de los esperados los empresarios que acudan al reclamo de la sociedad de propietarios del coso de Los Califas. Ese grupo de accionistas locales que sigue dando prioridad a los ingresos a corto plazo por encima de la salud de una plaza que amenaza con la desertización.

El típico caso del pan para hoy y el hambre para mañana.

Córdoba, lejana y sola / Jaca negra, luna grande / y aceitunas en mi alforja. / Aunque sepa los caminos / yo nunca llegaré a Córdoba.


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