La plaza de toros Belmonte ubicada en el corazón de Quito fue escenario este miércoles de la novena edición del prestigioso Festival de la Virgen de la Esperanza de Triana, espectáculo que se ha constituido en una suerte de el último elemento vivo de la tradición taurina quiteña luego de la suspensión de la resonante Feria de Quito.
El caso es que las anuales festividades que conmemoran la fundación de la ciudad prácticamente han desaparecido dejando un vacío muy grande en el corazón de los quiteños y un inmenso lucro cesante en decenas de miles de empresarios, profesionales, trabajadores, artesanos y comerciantes, que cifraban en la semana taurina capitalina buena parte de sus ingresos anuales.
Evidencia de la extinción de las celebraciones es encontrar las calles huérfanas de verbenas, hoteles y restaurantes abandonados, artesanos y pequeños comerciantes masticando su amargura, taxistas que se retiran pronto a sus hogares, músicos que arrinconan sus instrumentos y, lo más triste, los ciudadanos con sus rostros sumidos en el rictus de la rutina, sintiendo que les robaron el puñado de días en los que ejercían su derecho a la quiteñidad y a la libertad, a cuenta de la intención oficial de desalojar del imaginario popular la historia y la monumental realidad del mestizaje con todos sus componentes culturales y sociales.
La Plaza Belmonte, llena a tope la noche del cuatro de diciembre, recreo por un fugaz par de horas lo que fue durante más de medio siglo, una constante en la monumental arena de Iñaquito.
La recoleta plaza que lleva el nombre del revolucionario lidiador de Triana sirvió de punto de rencuentro entre aquellos aficionados de toda la vida y de rostros juveniles que arrinconados por la absurda prohibición de ingreso a los menores de 16 años, exhibían su adolescente afición para sumarse al fervor popular tras contagiarse de todo cuanto sucedía en la arena belmontina enclavada desde 1919 en la calle Antepara del viejo barrio La Tola.
La emoción desbordada con los ¡oles! desgarrados y profundos, el malestar expresado en las voces de rechazo a la persecución que vive la fiesta de los toros en el Ecuador por parte de las autoridades y, claro está, el humor, la inagotable gracia quiteña para arrancar aplausos y risotadas.
La vibrante jornada nocturna tuvo un protagonista de primera línea, el matador de toros español David Fandila “El Fandi” que supo cortar las cuatro orejas simbólicas de los dos novillos que lidió. La versátil tauromaquia de Fandila se hizo presente a la hora de torear de capote y muleta. Lances y pases de todas las marcas, marcados por la clase algunos, impregnados de espectacularidad otros; faenas que tuvieron la brillante sazón de luminosos tercios de banderillas que pusieron de pie a los espectadores. La entrega desbordante del torero le permitieron triunfar y salir a hombros. Una vez más.
Sus alternantes cumplieron una interesante tarea, Javier Conde no contó con oponentes que le permitan expresar su personal tauromaquia, sin embargo, allí quedaron varios detalles de su fino toreo al torear a la verónica y en especial con la manos derecha al manejar la muleta.
El ecuatoriano Martín Campuzano logró un trofeo de su primero al estructurar una asentada labor en la que el temple y la colocación fueron las claves, en especial al torear con la mano diestra.
Se lidiaron seis reses, cinco de la ganadería de Triana, una de Huagrahusi y una de Ortuño, el conjunto de novillos tuvo un dispar comportamiento aunque fueron notables por su calidad los corridos en segundo, tercero y cuarto lugar.
Al término del festival la gente se marchó a casa asimilando la fugaz alegría, breve emoción que se trastocó muy pronto en melancolía al retomar el tránsito por las silenciosas, desoladas y tristes calles y avenidas.