Joselito Adame tiene tres compromisos muy importantes en el mes de febrero: la corrida de su confirmación de alternativa en la Plaza México; su reaparición en “El Nuevo Progreso” de Guadalajara, y la segunda fecha contratada en el coso de Insurgentes.
Se trata de tres corridas de mucha responsabilidad, en las que deberá demostrar el camino recorrido hasta este punto. Y no ha sido fácil, desde luego, pues a los 14 años de edad cruzó el Atlántico para afrontar un reto que ya tenía un gran antecedente: 78 becerradas en un lapso de cuatro años.
La formación de Joselito en la Escuela Taurina de Madrid, y su posterior campaña como novillero con caballos en ruedos de España y Francia, le sirvieron para edificar los cimientos de una prometedora carrera.
Aunque la creencia es que se hizo torero en Francia, lo cierto es que de las 61 novilladas picadas que toreó en Europa entre agosto de 2005 y septiembre de 2007, sólo un poco más de la mitad fueron en cosos galos, donde sin duda adquirió un amplio rodaje al estoquear novilladas muy serias que lo llevaron a una alternativa postinera, en el anfiteatro de Arles, el día que cortó tres orejas y salió a hombros.
La mala suerte de 2008
El año pasado Joselito fue presa de la mala suerte, y tras la cornada sufrida en La Chona, el 26 de enero, que le quitó cuatro corridas importantes, entre ellas la confirmación en la Plaza México el 5 de febrero, donde José Tomás le iba a dar la mano -que no el consabido abrazo, pues ya quedó visto con El Payo que el de Galapagar no da abrazos- cayó gravemente enfermo del hígado sin que se supiera a ciencia cierta el motivo de este complicado padecimiento que le mantuvo más de dos meses inactivo.
Superada la enfermedad, que también le arrebató la confirmación en Madrid, toreó relativamente poco, apenas una docena de corridas, y fue hasta su regreso a México, en la feria de Zacatecas, donde empezó a reencontrarse consigo mismo pero todavía sin tener el repunte definitivo en la “Corrida de las Calaveras” de su tierra natal, Aguascalientes, donde el año anterior cortó un rabo.
Y tampoco remontó el vuelo en la corrida de Cali, el último día del año, porque las cosas rodaron como él hubiese querido, quizá por ello a la medianoche del último día de su negativo 2008, el semblante de Joselito dejaba entrever disimulada tristeza, la de no haber triunfado en la plaza de “Cañaveralejo”. Sin embargo, también se podía percibir en su mirada un lejano brillo de esperanza, la de verse ante un año nuevo repleto de ilusiones. Al final de la vida, ¿de qué vive el hombre sino de ilusiones?
Ahora todo es distinto. El abultado triunfo de Moroleón, donde cortó cuatro orejas y un rabo a toros de San Marcos, vino a devolverle la moral. Pero en la reciente corrida de León, cuentan quienes le vieron, no estuvo bien y de nuevo le sobrevino un bajón anímico.
¿Qué pasa por la cabeza de un torero de 19 años de edad que apenas se forja como hombre? La pregunta queda en el aire, pues no es fácil madurar a la par de crecer en una profesión tan riesgosa, competida y dura. Pero para eso estos los hombres que se visten de luces tienen siempre “un misterio escondido”, algo que les hace tan especiales como diferentes. Y nunca se sabe en qué momento va a explotar aquel cúmulo de sentimientos que les hierven dentro del alma.
Mentalización, en La Soledad
El sol de invierno calienta la mañana con timidez. Estamos en tierras tlaxcaltecas, a la vera de la laguna de Atlangatepec. El viento frío mueve el heno que pende de los árboles, y la grisura de ese “paxlte”, como le llaman aquí, le confiere al paisaje un aspecto de melancolía.
Todo está listo para que Joselito realice las labores de tienta en la ganadería de La Soledad, propiedad de los hermanos González Zarur. Y ahí, en la intimidad de la placita de tientas, es una buena oportunidad de sentir y afinar el toreo.
No en vano su representante, Roberto Fernández “El Quitos”, aprovecha para hablar con él a solas antes de que se vista de campero, seguramente para hacerle ver la importancia de tantas cosas.
Y Joselito se topa con una gran vaca que sale a exigirle colocación, pulso, temple y, en suma, mucho toreo. El de Aguascalientes se viene arriba y disfruta; le deja la muleta serenamente en la cara para ligar los naturales que conforman series de excelente acabado, abrochadas con sabrosos pases de pecho. En los adornos se gusta el torero, no es para menos con una vaca de estas condiciones.
La alegría se dibuja en la cara de Joselito, que, como tantas veces, enseña la trasparencia de su ser. Y así, una a una, las series crecen conforme la vaca saca toda su casta brava, sangrando hasta la pezuña izquierda, y transmitiendo una seria emoción.
Es así como se conjuntan dos fuerzas interiores, que desembocan en una obra que entusiasma, porque Joselito le da tiempo a la vaca y ésta se entrega con una calidad de lujo, descolgando en cada embestida y haciendo “el avión”. La vaca y Joselito se han compenetrado, una palabra con un gran significado en el lenguaje profundo del toreo.
Y tras este gozo que supone el toreo en el campo, ahí donde debe aflorar el sentimiento más transparente y sincero, nos vamos a comer a la vieja hacienda de Coaxamalucan, cuartel general de una estirpe de ganaderos con tradición y solera.