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El Apunte: Un tercio inesperado y vibrante (fotos)

Jueves, 07 Oct 2010    México, D.F.    Juan Antonio de Labra | Foto: José Pelayo     
Así cuadró en la cara Alejandro Amaya con las banderillas
La gesta que protagonizó la otra tarde en Tijuana Alejandro Amaya, tuvo un momento de gran interés para el público que casi llenó la Monumental de las Playas: el tercio de banderillas del tercer toro de la corrida, cuando el matador cogió los palos de manera intempestiva, y se la jugó delante de un complicado toro de De Santiago.

Creo firmemente que Amaya no tenía previsto cubrir el tercio de banderillas, aunque se tratase de un gesto que, en una encerrona, hubiese tenido impacto si se planifica de antemano. Y por una sencilla razón: si Alejandro hubiese preparado esta sorpresa para el público, lo hubiera hecho con otro ejemplar de mejor condición para lucir, pues el de Pepe Garfias no era un toro, como se dice, para "banderillas de matador".

Sin embargo, aquella forma tan arrebatada de tapar a uno de los subalternos, que en la reunión había dejado caer el primer par de banderillas a la arena, fue algo inusual. Se suele ver más a la inversa. Es decir, cuando un espada ya no puede colocar los palos, y lo hemos visto más de alguna vez, suele solicitar la ayuda de un subalterno, algo que no le deja bien parado ante la gente, pero es una forma rápida de cortar por lo sano.

Decía Gregorio Corrochano en alguno de sus magníficos libros, que el tercio de banderillas de un matador debe servir para dejar al público caliente y a favor, predispuesto a disfrutar la faena de muleta. Y que si no es capaz de hacerlo con brillantez, es preferible que el tercio más breve de la lidia lo cubra la cuadrilla con eficacia.

En este caso concreto de Alejandro Amaya el domingo en Tijuana ocurrió algo maravilloso: la gente rompió con el torero a partir de este detalle, pues en la lidia de los toros anteriores había estado más bien frío y exigente. Y aunque el torero fronterizo falló en dos ocasiones antes de colocar el último par (todos fueron por el pitón derecho), el público vio que el hombre venía a por todas, con raza y arrebato a dar un espectáculo y demostrar que no estaba ahí por capricho de nadie.

Fue por ello que el tercio de banderillas delante de aquel toro que arreaba con la cara alta, midiendo al torero con peligrosidad, se tradujo en uno de los momentos estelares de la corrida.

Cabe mencionar que en el toro siguiente, el público pidió a Amaya que volviera a banderillear, ávido de volver a verlo con los palos, con los que dejó en claro que conoce los terrenos y las distancias. Pero eso no es lo suyo (en lo personal nunca lo había visto clavar banderillas), desatendió la sugerencia del público sin que éste se lo tomara a mal.

Podría afirmar que en ese instante, cuando tocaron a muerte, terminó de cuajar la comunión con el torero de la tierra, que se acrecentó después de verlo entre los pitones del toro de Fernando de la Mora al que cuajó una faena profunda que no pudo rematar con la espada.

De estos detalles da cuenta fiel el gran fotógrafo José Pelayo, que nos ofrece su visión, en imágenes, de esta corrida en un plaza donde tuvieron que transcurrir 40 años para que se viviera otra encerrona. En este sentido, la gesta de Amaya pasará a los anales de la historia del coso playero.


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