Por tapatías...

Sábado, 26 Sep 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
La semejanza visual explica la confusión; la mecánica permite
El viernes 25 de septiembre, en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Juan Ortega dibujó un bello quite por tapatías. Además de la estética de los lances y del arte del torero sevillano, llamó la atención la confusión que provocó la suerte. Noelia López, reportera de Canal Sur, la identificó como "el galleo del bú", nombre que después repitieron algunos cronistas y numerosos aficionados españoles en las redes.

Vale la pena detenerse en el equívoco. La tapatía y el galleo del bú pertenecen al amplio repertorio de suertes creadas con el capote, pero no son lo mismo. 

La tapatía es creación de Pepe Ortiz, el Orfebre Tapatío, uno de los grandes inventores del toreo de capa. Su estreno no tiene una fecha indiscutida. Miguel Ángel Martínez "El Zapopan" recoge dos posibilidades, ambas en El Toreo de la Condesa: el 2 de noviembre de 1927, ante "Catalán", de Atenco, durante un mano a mano con Fermín Espinosa "Armillita"; y el 17 de noviembre de 1929, ante "Corvejón", de San Diego de los Padres. Luis F. Odría se inclina por la primera y cuenta que aquella tarde de 1927 "apareció como luz esplendorosa" el nuevo lance de Pepe Ortiz.

La tapatía tiene parentesco con la gaonera y la chicuelina, pero posee una mecánica propia. El torero cita de frente, con el capote a la espalda. Al arrancarse el toro, lo recoge en los vuelos y conduce la embestida por abajo. Cuando el animal llega al centro de la suerte, gira sobre sí mismo en sentido contrario al viaje del toro, mientras los brazos continúan toreando por detrás del cuerpo. Terminado el giro, queda colocado para repetir el lance por el otro pitón.

Odría dejó una imagen magnífica de su ejecución: Pepe Ortiz se "atornillaba los pies en la arena" y giraba cuando el toro llegaba al centro de la suerte. Manolo Arruza, en el libro "Todas las suertes por sus maestros" de José Luis Ramón, precisó un aspecto fundamental: durante el giro el toro debe seguir toreado hasta el final.

Es un quite al paso. El torero avanza con el capote a la espalda e intercala los pitones mientras conduce al toro. La variante ha viajado con otros nombres: en España algunos le han llamado rogerina, por Victoriano Valencia; en Colombia, cacerina, por Pepe Cáceres. La suerte permaneció, pero su nombre y su origen comenzaron a desdibujarse. Algo se conserva y, al mismo tiempo, empieza a olvidarse.

En "Alas de mariposa. Antología del toreo de capa", Miguel Ángel Martínez "El Zapopan" y Oskar Ruizesparza subrayan una diferencia visible con la chicuelina: en ésta el capote pasa por delante del cuerpo; en la tapatía, por detrás. Pero lo decisivo está en el largo trazo, que permite llevar al toro humillado y sometido.

El libro, publicado por Fomento Cultural Tauromaquia Hispanoamericana, puede consultarse gratis en formato digital y contiene videos de las distintas suertes. Así que, amigos españoles, ya quedan pocos pretextos para confundir una tapatía con un galleo del bú.

El galleo del bú es mucho más antiguo. En 1842, Prosper Mérimée vio a Paquiro atravesar el redondel con el capote sobre los hombros, perseguido tan de cerca por el burel que cada derrote levantaba los vuelos de la capa.

No sabemos quién creó el galleo del bú. José Morente encuentra antecedentes en el recorte del Licenciado de Falces que dibujó Goya y sigue después su evolución en Cúchares y El Tato. Algunas fuentes atribuyen la suerte a Paco Frascuelo; el propio Morente es más cauto: se hablaba también de Nonilla como posible creador. Lo que sí sabemos es que Paco Frascuelo conservó la memoria de una suerte que había caído en desuso y se la enseñó a Joselito "El Gallo". 

El nombre ayuda a entender su apariencia. Miguel Ángel Martínez "El Zapopan" explica que es una referencia "al coco", ser imaginario utilizado en México para atemorizar a los niños, que en España llaman "el bú"; Morente coincide y señala que el torero, al cubrirse con el capote, adquiría el aspecto de aquel fantasma. La suerte podía hacerse con el capote a la espalda, sobre los hombros o incluso sobre la cabeza. Se ejecutaba en movimiento, avanzando mientras el torero quebraba la embestida, y servía con frecuencia para sacar al toro del caballo.

Ahí está la diferencia esencial con la tapatía. Las dos pueden ofrecer una imagen parecida porque el capote queda detrás del torero, pero responden a mecánicas distintas. En el galleo del bú, el torero avanza y va quebrando la embestida; en la tapatía, cita de frente, conduce al toro con los vuelos del capote y gira sobre sí mismo en sentido contrario al viaje del animal. Una pertenece al antiguo toreo en movimiento; la otra es una creación posterior de Pepe Ortiz, quien, por cierto, también practicó el galleo del bú. 

La semejanza visual explica la confusión; la mecánica permite resolverla. Lo que hizo Juan Ortega en Sevilla fue un quite por tapatías.

Pero sería demasiado fácil dejar el reproche del otro lado del Atlántico. Muchos toreros jóvenes mexicanos miran hacia España, estudian a sus figuras y siguen cuanto ocurre en sus plazas. Es lógico que lo hagan. El problema aparece cuando ese interés coincide con el desconocimiento de un repertorio creado en México y que cada vez se ve menos en nuestros ruedos. Una tradición no se defiende encerrándola. Se mantiene viva conociéndola lo suficiente para poder hacer algo propio con ella.

La paradoja del viernes en Sevilla resulta difícil de ignorar: un torero sevillano recuperó en la Maestranza una suerte creada hace casi un siglo por Pepe Ortiz. La pregunta que debería preocuparnos está de este lado del Atlántico: ¿cuántos toreros mexicanos sabrían ejecutarla hoy?

La orticina, la tapatía, las guadalupanas y el quite de oro pertenecen a una de las etapas más fecundas de nuestra tauromaquia. Verduguillo escribió alguna vez que "el tapatío tiene el secreto de la belleza, de la majestad".

Casi un siglo después, Juan Ortega volvió a desplegar en Sevilla uno de aquellos secretos.


Comparte la noticia