Jalisco ha tenido una capacidad singular para recibir tradiciones y hacerlas suyas. Tal vez tenga que ver con aquella "nostalgia de la creación" de la que hablaba Juan José Arreola: "el hombre [...] no se conforma con vivir sino que también necesita crear". Orozco, Rulfo, María Izquierdo, Moncayo o el alfarero tlaquepaqueño Pantaleón Panduro trabajaron con lenguajes muy distintos y dejaron en ellos una forma propia de mirar y crear.
Pasa igual en los toros. Pepe Ortiz, el Orfebre Tapatío, fue uno de los toreros más creativos de nuestra historia. Inventó la orticina, la tapatía, las guadalupanas y el quite de oro. Conocía el lenguaje que había recibido y encontró nuevas posibilidades dentro de él. Después vendría Manuel Capetillo, torero de personalidad arrolladora, en cuyo toreo convivían la ligazón y la profundidad de la muleta con un gusto muy mexicano. Había en él algo mestizo y barroco, llevado a una expresión propia.
Pero Jalisco también es tierra de toros bravos. La Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia registra 37 ganaderías, con más de 15 mil cabezas de ganado bravo distribuidas en 17 mil 500 hectáreas de campo.
Detrás de los números hay familias que durante generaciones se han dedicado a criar toros y a seleccionar la bravura. Durante los años que viví en Guadalajara visité varias de esas ganaderías y aprendí de toros conversando con sus criadores. De hecho, mi colaboración en Al Toro México nació durante una visita a San Constantino, donde conocí a Juan Antonio de Labra.
Volví a pensar en todo ello el jueves pasado, durante la presentación de México es Taurino en el Centro Cultural El Refugio, en Tlaquepaque. Nos reunimos en la ex capilla Fray Luis Argüello, que formó parte del antiguo hospital del siglo XIX. Al fondo, ocupando lo que fue el altar de la capilla, estaba Por la paz, el mural que Guillermo Chávez Vega terminó en 1985. Muy cerca, el Museo Pantaleón Panduro guarda más de doscientas piezas premiadas de la cerámica mexicana. Hablar de toros en aquel lugar tenía algo de natural.
Cuando llegué a vivir a Guadalajara, hace ya muchos años, una de las cosas que más me impresionó de la Nuevo Progreso fue el toro. Venía acostumbrado a plazas con públicos más condescendientes y toros, por decirlo con suavidad, más terciaditos. Aquí encontré trapío y una afición que miraba la corrida con otros ojos.
El regiomontano Tito Osuna lo explicó en Por los senderos taurinos: "Cuando chirrillan las bisagras de la puerta de toriles para dar paso al toro bravo, la gente de los tendidos estudia de inmediato al bruto. No quiere juzgar al torero sin antes analizar al toro. Por eso pesa tanto Guadalajara".
Con el tiempo entendí mejor lo que había descubierto en aquellos tendidos. Una tanda adquiere un valor distinto según el toro que haya delante: fuerza, recorrido, humillación, dificultades que vencer. En Guadalajara interioricé que para valorar al torero había que empezar por entender al toro.
Es criterio del aficionado tapatío se fue formando bajo la gestión de Ignacio García Aceves en la antigua plaza "El Progreso". Don Nacho estaba convencido de que para hacer el toreo clásico era indispensable "el toro de sangre entera". Durante décadas acostumbró a ir a las ganaderías para revisar los toros y novillos destinados a Guadalajara.
A ese Jalisco de ganaderías, toreros, novilleros y aficionados se suma lo que aparece en las páginas de México es Taurino: 283 festejos al año repartidos en 62 localidades. Una cifra que, según reconocen los investigadores, está subestimada. La metodología exigía registrar sólo aquellos festejos de los que hubiera evidencia suficiente y la inseguridad impide recorrer todas las rancherías, sierras y parajes donde existen indicios de actividad taurina.
Antonio Rivera me comentó que, después de más de veinticinco presentaciones del libro, en ninguna habían tenido una asistencia como la de Tlaquepaque. La antigua capilla resultó insuficiente y hubo gente que siguió la presentación desde fuera.
Aquella noche se percibía la vigencia de una liturgia con siglos de historia, que en Jalisco fue adquiriendo rasgos propios. Toreros, ganaderos y aficionados han participado en ella y la han transmitido de una generación a otra.
Ahora corresponde a otros recibir ese legado y hacerlo suyo. No para repetir lo que hicieron Pepe Ortiz, Capetillo o los viejos aficionados de El Progreso, sino para encontrar, como ellos, nuevas posibilidades dentro de un lenguaje heredado. Eso es lo que mantiene viva una liturgia: que cada generación sea capaz de reconocerse en ella y, al mismo tiempo, dejar su propia huella. La capilla llena de Tlaquepaque permite pensar que ese relevo sigue en marcha.