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Una página gloriosa de Rafaelillo...

Lunes, 07 Sep 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
So pretexto de un recuerdo del maestro Mariano Ramos
En un mundillo de egos inflados y frases hechas era reconfortante encontrarse de pronto con un tipo tan llano como Mariano Ramos, sencillo y directo en sus respuestas y despojado de celos y reticencias a la hora de reconocer el valor de sus colegas o ejercer la autocrítica.

Interrogado por Heriberto Murrieta después de rechazar una oreja concedida por el juez, le aclara al cronista que, simplemente, lo que acababa de hacer no había sido de premio. Y un día que le pregunté por la mejor faena que le hubiera visto a un alternante suyo, sin pensárselo mucho mencionó dos: una de José Mari Manzanares en Bogotá, y otra de Rafael Gil "Rafaelillo" cuando eran enconados rivales novilleriles y se disputaba en la México el Estoque de Plata como culminación de la temporada chica de 1971: "El trofeo me lo llevé yo, pero viera usted el faenón que hizo Rafaelillo… ¡Estuvo extraordinario! Sólo porque no tuvo mi misma suerte al matar no se llevó el Estoque a su casa". 

Pero Mariano era buen compañero no sólo de palabra. Recuerdo la vez que le pegó un severo baño a Manzanares en aquel mano a mano de emergencia que sostuvieron en Insurgentes –Jorge Gutiérrez, ya en el patio de cuadrillas, sufrió una crisis alérgica y tuvieron que trasladarlo urgentemente al hospital más cercano–; al terminar la corrida y con las orejas del toro en la mano, Ramos les pidió a los que intentaban cargarlo en hombros que le permitieran escoltar a su compañero hasta la puerta de cuadrillas porque la cojiniza contra el de Alicante iba en serio (29-11-92).  

Toros en Barcelona

El tema de los dos colegas mencionados por el finado maestro de la Magdalena Mixhuca viene a colación dada la coincidencia de ambos –Manzanares y Gil– en el cartel que hoy rememoramos. Tuvo por escenario la añorada Monumental de Barcelona en un verano marcado por la cogida y muerte en ese mismo ruedo de José Falcón menos de un mes atrás (11-08-74), y por el rabo que el propio Rafaelillo, un mexicano de quien nadie había oído hablar, acababa de cortarle a un toro de Juan Mari Pérez Tabernero a los pocos días de la tragedia del valiente y malogrado portugués (15-08-74). La temporada en la ciudad condal continuó bajo ese tenso ambiente, y el 8 de septiembre se preparaban para hacer el paseo las cuadrillas encabezadas por el torero de Sanlúcar de Barrameda Julio Vega "Marismeño", José Mari Manzanares y Rafael Gil "Rafaelillo". Los esperaba una corpulenta corrida salmantina de Ignacio Pérez Tabernero y un poco más de media entrada en la Monumental, pues los erráticos manejos de Balañá hijo ya tenían bastante mosqueada a la antes entusiasta y fiel afición barcelonesa.

Marismeño

El sanluqueño era un torero de fina clase, constreñido sin embargo al rincón del sur de donde era oriundo y donde desarrolló lo medular de su carrera. Sin embargo, en esta ocasión les dio a los catalanes una magnífica tarde, no tanto con su primero, que llegó muy aplomado al tercio final, como con el cuarto, al que bordó con capa y muleta poniendo al público de pie cuando lo despachó de contundente estoconazo para cortarle las dos orejas. Y aún estuvo muy torero con el sexto, torazo de 598 kilos que por sorteo le correspondía a Rafaelillo pero que, lesionado el mexicano, Julio Vega tuvo que lidiar en su calidad de primer espada. Tan acertado estuvo que los asistentes no lo dejaron marcharse sin hacerle dar una vuelta al ruedo más.

José Mari

Manzanares padre, muy joven aún, escanció la solera fina de su toreo con el temple y el sabor de los días grandes. Le correspondieron dos astados que, sin ser los de más vigor y fuelle, no desmerecían de la excelente corrida de Pérez Tabernero, y con ambos estuvo formidable de dispuesto y artista, dando fluido vuelo a su capote –que sabía en esa época de verónicas clásicas, quites variados y largas toreras– y manejando la pañosa con su suavidad y señorío congénitos. Y como además acertó con el estoque, pasearía una oreja de cada toro, subiéndose al carro triunfal de una tarde en que se cortaron seis apéndices.

Rafaelillo

Como decía, acababa de cobrar nada menos que un rabo en la fecha tradicional del 15 de agosto, triunfo que justificaba con creces su repetición en un cartel fuerte. Fue Rafael Gil un torero de aire agitanado y, por tanto, de una estética muy particular, relacionada más con la inspiración que con la combatividad y el dominio de las reses. Creador, por tanto, de "momentos" geniales antes que de faenas canónicas, esta vez replicó su victoria anterior con parecida contundencia, aun a costa de una cogida muy aparatosa que lo dejó visiblemente maltrecho, a pesar de lo cual se levantó "sin verse la ropa", recuperó los trastos deshaciéndose de quienes pugnaban por llevárselo a la enfermería, y, yéndose tras la espada, cobró formidable volapié, que hizo efectivo con el primer golpe de verduguillo. Ni qué decir que el alboroto en la plaza fue enorme y las orejas del magnífico burel el justo premio a tanto salero, valor y entrega como Rafael Gil –hijo de torero y nacido, por cierto, en Tijuana (16-09-55)– derrochó en la tarde mediterránea.

Rafaelillo no pudo lucir los apéndices porque se desvaneció antes de recibirlos. Y de la enfermería ya no volvió a salir, pues los médicos lo retuvieron debido a que sufría una fuerte contusión en la región epigástrica y en la base del hemotórax derecho. Ese año toreó 17 corridas en España, que subirían a 19 en 1975, entre ellas la de su confirmación en Madrid, ocasión en que le hicieron dar la vuelta al anillo (13-05-75).

Reseñas de prensa

Ya El Ruedo no era, como en otro tiempo, árbitro y notario puntual del acontecer taurino en España. Su final se avizoraba mientras la calidad del contenido decaía inexorablemente, pese a la persistencia de alguna pluma ilustre como la de Antonio Abad Ojuel o, muy eventualmente, las de Luis Billaín o Fernández Salcedo. Su breve nota informativa de la corrida del 8 de septiembre del 74 en Barcelona ni siquiera tiene firma. Con todo, y por convenir a nuestro tema de hoy, vale la pena rescatarla: 

"En cuanto al diestro azteca, estuvo muy bien con la capa con el tercero de la tarde (…) con la muleta, al dar un pase en redondo, quedó al descubierto, sufriendo un derrote en el vientre.  Pero se levantó, conmocionado, y montó una faena muy vibrante y valiente. Mató de un pinchazo y una honda perpendicular, acertando al primer descabello. Le concedieron las dos orejas que no pudo recoger, pues cayó desmayado sobre la arena. Fue llevado a la enfermería, donde se le apreció fuerte contusión en la región epigástrica y en la base del hemitórax derecho. Pronóstico reservado, que le impide continuar la lidia," (El Ruedo, 10 de septiembre de 1974).

Y esto fue lo que el diario barcelonés La Vanguardia, nunca demasiado pródigo en información taurina, publicó en relación con el triunfo y cogida de Rafaelillo, bajo la firma de Julio Ichaso: 

"Tercero: No. 150, "Guillero", con 599 kilos de peso. El de más volumen del lote. Largo de esqueleto y alto de agujas. El maestro lo presentó al jaco con una sucesión de chicuelinas, muy lentas y bien ensambladas. Palmas. Recibió el bovino una vara, recargada en demasía y, en vista de ello, el de Tijuana solicitó el cambio de suerte que fue aceptado. Piquer, como ya nos tiene acostumbrados, dejó las banderillas colosalmente clavadas, aplaudiéndosele con ganas. Rafaelillo le brindó la muerte del toro (…) A partir del segundo pase ya le dedicó "La Sansense" sus compases musicales. Rafaelillo muleteó con un atractivo espectacular, y buen ritmo. Se cayó ante la cara del astado y allí recibió fuertes golpes, y otros más al tratar de incorporarse (…) Desmayado y en brazos de los subalternos, lo retiraron hasta la valla; allí se recuperó bastante y volvió decidido a la liza, valentísimo pero disminuido de facultades físicas. Clavó, en buen lugar, la espada, con el complemento rápido y definitivo del descabello. Le otorgaron, muy justamente, las dos orejas y en lugar de pasearlas entró en la enfermería en brazos de las asistencias (...) Deseamos que se restablezca pronto el valiente diestro mejicano." (La Vanguardia, 10 de septiembre de 1974).

Regreso sin gloria

Ya muy desgastado por el tiempo y las cornadas, Rafael Gil tentó nuevamente a la fortuna en una década en que los mexicanos casi no pisaron ruedos españoles. Y lo único que consiguió fue que un resabiado bicho de Cortijoliva lo hiriera gravemente en Madrid (07-08-88) en una de esas típicas corridas de verano con las que la empresa de Las Ventas –Manolo Chopera en ese caso– desahoga contratos de diestros menores poniéndolos delante de toracos de hierros poco garantes.

Corolario

Casi lo olvido: Mariano Ramos, torero de toreros, y a la larga compadre de Rafaelillo, sostenía que "en esto, todos aprendemos de todos, para bien o para mal. Pero, al final, el mejor maestro es el toro".


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