Acabo de terminar "Rodolfo Gaona. La tauromaquia y sus imaginarios, 1905-1925", de María del Carmen Vázquez Mantecón. Su lectura me hizo pensar en la historiografía taurina y en las distintas maneras de acercarnos al pasado del toreo.
La palabra historiografía proviene del griego y, en su sentido original, alude a la escritura de la historia. Hoy tiene un significado más amplio: estudia cómo se ha investigado, escrito e interpretado el pasado. Se ocupa de las fuentes que utiliza el historiador, de las preguntas que les formula y de los criterios con los que organiza los hechos. El pasado ocurrió una sola vez; las maneras de interrogarlo y explicarlo pueden ser muchas.
La distinción importa en la historia taurina. Durante mucho tiempo, buena parte de ella se ocupó de conservar fechas, carteles, ganaderías, alternativas, rivalidades, faenas y biografías. Esa labor ha sido indispensable. Sin ella habríamos perdido una enorme cantidad de información. La historiografía académica permite ampliar las preguntas que hacemos a esos mismos materiales.
Eso puede verse en la obra de María del Carmen Vázquez Mantecón, historiadora vinculada durante décadas con la UNAM y autora de estudios sobre el Estado mexicano, Santa Anna, José María Tornel, la vida cotidiana, las fiestas, la religiosidad y diversos aspectos de la cultura mexicana. En sus investigaciones aparecen objetos que a primera vista podrían parecer alejados de la historia política: la pirotecnia, los bisontes, los funerales infantiles, el coleadero y las corridas de toros. Todos pueden convertirse en fuentes para entender una sociedad.
Los toros ocupan desde hace años un lugar importante en ese trabajo. Vázquez Mantecón desarrolló el proyecto El simbolismo de los toros en la cultura mexicana y ha estudiado, entre otros asuntos, la prohibición de las corridas durante el gobierno de Benito Juárez, la rivalidad entre los charros mexicanos y los toreros españoles, el origen del coleadero y la presencia del toro en las fiestas mexicanas. La plaza aparece entonces como un espacio donde se expresan conflictos que rebasan la lidia.
Un buen ejemplo es la rivalidad entre Ponciano Díaz y Luis Mazzantini a finales del siglo XIX. La historia taurina puede contarnos cómo toreaban ambos y reconstruir sus enfrentamientos. Vázquez Mantecón formula otra pregunta: qué significaba aquella disputa para la sociedad mexicana. Ponciano representaba una tauromaquia en la que las suertes españolas convivían con el jaripeo y el coleadero; Mazzantini llegó como representante del "estilo clásico de España". La disputa rebasó las plazas, llegó a los periódicos y al teatro y enfrentó a hispanófilos e hispanófobos. Hasta la manera de matar al toro se convirtió en un asunto de identidad nacional.
Algo semejante ocurre con la prohibición de las corridas en la Ciudad de México a partir de 1867 y su restablecimiento en 1886. Alrededor de los toros se discutían la crueldad hacia los animales, la civilización, el orden público, las costumbres y hasta las finanzas de la ciudad. Aquellas discusiones permiten leer la corrida dentro de los valores y conflictos de su tiempo.
El origen del libro sobre Rodolfo Gaona tiene una curiosa conexión con mi propia familia. Miguel Prieto Mier y Terán regaló a Vázquez Mantecón una edición de 1925 de "Mis veinte años de torero", las memorias que Gaona dictó a Carlos Quiroz "Monosabio". Otro ejemplar de aquella primera edición llegó a mi familia en 1938. Mi abuelo se lo regaló a mi papá cuando nació y escribió en la primera página su deseo de que los toros se convirtieran en su espectáculo favorito. Así fue. En el caso de Vázquez Mantecón, la lectura de las memorias despertó la investigación que años después desembocaría en "Rodolfo Gaona. La tauromaquia y sus imaginarios, 1905-1925".
El libro no sigue la estructura habitual de una biografía. Sus primeros siete capítulos recorren, cada uno desde el comienzo hasta el final de la carrera de Gaona, un aspecto distinto del personaje. Vázquez Mantecón estudia así la elegancia de su toreo, sus dificultades como mexicano en España, el clasismo y el racismo que padeció, las cuadrillas que hicieron posible su lucimiento, su relación con las mujeres, sus vínculos con el poder.
La estructura obliga a leer de otra manera. Un capítulo puede llevarnos por los veinte años de carrera de Gaona siguiendo la evolución de su toreo; otro examina el mismo periodo para observar la relación entre México y España; otros permiten asomarse a la política mexicana, al cine, a la prensa, a las diferencias de clase o a la discriminación racial. Al reunir esas miradas, aparece un Gaona mucho más amplio que el de las estadísticas y las grandes tardes.
El capítulo "Actitudes y manías: El respetable" me pareció muy revelador. Vázquez Mantecón recorre las crónicas de aquellos años y confronta a gaonistas y antigaonistas, los elogios con las censuras, los triunfos con los fracasos. La historia de la Edad de Oro suele contarse alrededor de Joselito y Belmonte, con Gallito como "el rey de los toreros". Esos testimonios permiten verla de otra manera.
El material reunido por Vázquez Mantecón obliga, cuando menos, a revisar el lugar secundario que algunas historias de la Edad de Oro han reservado a Gaona. Disputó a Gallito la supremacía de su tiempo y, a mi juicio, llegó a superarlo. La rivalidad alcanzó tal grado que José y su hermano Rafael lo vetaron. El público, sin embargo, reclamaba al leonés y su actuación en la plaza hacía difícil sostener aquella exclusión. Gaona seguía triunfando y, cuando alternaba con Gallito, llegó a írsele por delante.
Su carrera tuvo después un quiebre. El fracaso de su matrimonio con Carmen Ruiz Moragas —quien mantuvo una relación con el rey Alfonso XIII— lo sumió en una crisis que afectó su ánimo y su carrera. Gaona regresó a México y todavía tuvo que enfrentarse a otro tiempo del toreo. Muerto Gallito y retirado Belmonte, se impuso también frente a figuras de la generación siguiente, como Marcial Lalanda y Sánchez Mejías. En los últimos años de su carrera alcanzó una depuración y una belleza que llevaron su toreo a una de sus expresiones más acabadas.
El libro permite entender también la dimensión que alcanzó Gaona fuera de las plazas. En España su condición de mexicano podía convertirlo en "indio", palabra utilizada unas veces como descalificación racial y otras como distintivo que acabó incorporado a su leyenda. En México su relación con España despertaba suspicacias entre algunos nacionalistas. Su cercanía con personajes como Victoriano Huerta, Álvaro Obregón o Plutarco Elías Calles daba significado político a gestos que una historia taurina convencional podría registrar apenas como brindis. La plaza estaba metida de lleno en las disputas de su tiempo.
Su popularidad permite medir el lugar que ocupaba en la sociedad mexicana. Vázquez Mantecón recoge una afirmación del historiador del cine Ángel Miquel: los tres astros del cine mexicano entre 1896 y 1911 fueron Porfirio Díaz, Francisco I. Madero y Rodolfo Gaona. Fotografías, caricaturas, tarjetas postales, corridos, publicidad y películas extendieron su imagen mucho más allá de las plazas. En Oro, sangre y sol, Gaona llegó incluso a representar una versión cinematográfica de sí mismo.
Su imagen circulaba mucho más allá de las plazas. Fotografías, caricaturas, tarjetas postales, corridos, entrevistas, publicidad y películas contribuyeron a construir su celebridad. En Oro, sangre y sol, Gaona llegó incluso a representar una versión cinematográfica de sí mismo. El cine permite apreciar hasta qué punto su fama formaba ya parte de la naciente cultura de masas.
Un episodio de 1911 resulta revelador. El 25 de noviembre, Gaona participó en el documental Aeródromo Nacional de Balbuena. Invitado a una demostración de los novedosos biplazas Deperdussin, voló durante ocho minutos como pasajero del piloto Georges Dyott. Cinco días después, el presidente Madero voló doce minutos con el mismo piloto. Vázquez Mantecón vincula ambos episodios al hablar del carisma de los dos personajes. La coincidencia da una medida del lugar que Gaona había alcanzado en la vida pública mexicana.
Esa celebridad lo acompañó hasta el final de su carrera. Su despedida del 12 de abril de 1925 movilizó la reventa de boletos, permisos municipales, derechos de filmación y publicidad; algunos objetos vinculados con aquella tarde terminaron convertidos en reliquias por los aficionados. La despedida de Gaona fue también un acontecimiento de masas.Todo ello explica el subtítulo elegido por Vázquez Mantecón: La tauromaquia y sus imaginarios. Gaona aparece visto por aficionados y detractores, periodistas y políticos, mexicanos y españoles. La autora confronta esas miradas con documentos, prensa, fotografías, correspondencia y archivos públicos. Algunas leyendas resisten la comprobación; otras se deshacen cuando se regresa a las fuentes.
Después de leer a Vázquez Mantecón, resulta difícil volver a mirar a Gaona sólo desde la plaza. Seguir sus veinte años de carrera es también recorrer el México de principios del siglo XX. Eso puede hacer la historiografía taurina: mirar de nuevo una vieja historia de toros y descubrir que también estaba contando la historia de la sociedad mexicana.