El próximo 28 de agosto se cumplirán sesenta años de la alternativa de Eloy Cavazos en Monterrey. Antonio Velázquez fue el padrino, Manolo Martínez el testigo y se lidiaron toros de Mimiahuápam. Aquel muchacho de Guadalupe, Nuevo León, acabaría convertido en una de las grandes figuras mexicanas del siglo XX. Pequeño de estatura, tenía una presencia enorme en el ruedo. Valiente y garboso, poseía además ese don de comunicarse con los tendidos. Entendía al público, lo escuchaba, lo provocaba y terminaba por hacerlo partícipe de la faena.
Pero reducir a Eloy a su carisma sería quedarse en la superficie. Fue un torero de enorme oficio. Sabía estructurar las faenas, ligar los muletazos y, sobre todo, "andarle a los toros": conocer los terrenos, desplazarse cuando necesitaba mejorar la colocación y quedarse quieto cuando podía torear sin mover las zapatillas. Su variedad nunca fue gratuita. Le servía para dominar al toro y emocionar al público. Dentro de ese repertorio, «la Regiomontana» fue uno de los sellos distintivos de su toreo.
El pasado 19 de agosto, en La Malagueta, Morante de la Puebla ejecutó la Regiomontana. Quizá haya sido casualidad. Prefiero pensar que quiso recordar a Eloy Cavazos, a unos días del sexagésimo aniversario de su alternativa. Morante conoce la historia del toreo y ha tenido el gusto de recuperar suertes que hacía años no veíamos en las plazas. Lo ha hecho con el capote y con la muleta, recordándonos la enorme variedad que ha tenido el toreo y rindiendo homenaje a quienes lo precedieron.
Morante conoce la historia del toreo y ha tenido el gusto de recuperar suertes que llevábamos años sin ver. Lo ha hecho con el capote, banderillas y muleta, devolviendo a las plazas una parte del enorme repertorio que la tauromaquia ha ido acumulando durante generaciones.
Unas semanas antes había visto la Regiomontana en la ganadería de Boquilla del Carmen. Ernesto Alatorre, aficionado práctico, tenía delante una vaca complicada y sorprendió ejecutando la suerte. Hacía años que no la veía y me emocionó. También reavivó una inquietud que llevaba tiempo rondándome. Cuando Morante hizo la Regiomontana en Málaga, volví a darle vueltas al asunto.
¿Por qué tuvo que ser Morante quien nos recordara la Regiomontana? Roca Rey es la máxima figura del toreo actual y ha construido una tauromaquia propia, reconocible y eficaz. Es lógico que los jóvenes lo observen y aprendan de él. El problema aparece cuando la influencia termina borrando las diferencias. Péndulos, series en redondo, cercanías y un final de manoletinas o bernadinas se repiten hoy en demasiadas faenas. Cada torero y cada toro son distintos, pero el repertorio empieza a parecer el mismo.
Y resulta extraño porque México ha sido uno de los grandes creadores de suertes en la historia del toreo. Gaoneras, tapatías, orticinas, caleserinas, crinolinas, regiomontanas... Nuestro toreo tuvo personalidad, gracia y una variedad que todavía puede estudiarse en las faenas de los grandes maestros mexicanos. Nadie pretende convertir la plaza en un catálogo de suertes antiguas. Se trata de recuperar la inquietud por buscar, crear y encontrar una forma propia de torear. Eloy tuvo la suya. También Gaona, Pepe Ortiz, Calesero, Armillita, Garza o Freg. Cada uno recibió un legado y supo llevarlo hacia una expresión propia.
Una tradición artística permanece viva mientras conserva la capacidad de generar algo nuevo. Los grandes toreros mexicanos conocieron las formas heredadas, pero no se limitaron a reproducirlas. Las estudiaron, las hicieron suyas y, a partir de ellas, ampliaron el repertorio del toreo.
La Regiomontana es un adorno de muleta que Cavazos utilizaba para rematar sus faenas. Se ejecuta muy cerca del toro, encadenando muletazos cortos por delante y por detrás del cuerpo. El animal sigue los vuelos de la muleta casi sin desplazarse, mientras el torero gira y retrocede lo indispensable. Su creador decía que para ejecutarla hacían falta tres cosas: "valor, técnica y gracia". Pocas definiciones podrían retratar mejor aquella suerte y, de paso, al torero que la hizo famosa.
Nació de un apuro. El 9 de septiembre de 1962, en Texas, Eloy tenía apenas doce años y participaba en un festival de niños toreros. La becerra se le colaba hasta que terminó por desarmarlo. Tomó entonces un sombrero y comenzó a pasárselo por delante y por detrás del cuerpo para quitarse al animal de encima. La escena quedó filmada y hoy se conserva en la videoteca de José Antonio Quiroga, gran aficionado y eloyista. Lo que nació como solución improvisada ante una becerra complicada acabó convertido en una suerte reconocible y, con los años, en una de las firmas de su toreo.
La Regiomontana fue durante décadas el remate habitual de las faenas de Eloy. Vale la pena recordarla en dos de sus grandes triunfos. En Madrid, aquel 27 de mayo de 1972 en que se convirtió en el último mexicano que ha salido por la Puerta Grande de Las Ventas, la ejecutó en una faena en la que la crónica de El Ruedo destacó su capacidad para quedarse quieto y también para andar "con garbo" cuando necesitaba mejorar los terrenos. Casi treinta años después, el 23 de enero de 2000, volvió a hacerla ante "Serranito", en una de sus grandes faenas de la Plaza México. El Universal describió cómo la cabeza del toro iba "de izquierda a derecha, de derecha a izquierda", mientras los tendidos estallaban al grito de "¡torero!". Después vino la estocada y las dos orejas y el rabo. Habían pasado casi tres décadas y Eloy seguía fiel a una suerte que formaba parte de su manera de entender y rematar las faenas.
Durante años hubo cierta confusión sobre la autoría. En este mismo medio, Horacio Reiba sostuvo en 2019 que había sido atribuida erróneamente a Cavazos y señaló como creador a Manolo Martínez, apoyándose, entre otros indicios, en una crónica de Díaz-Cañabate de 1969. Sin embargo, la filmación conservada por José Antonio Quiroga muestra a Eloy ejecutando el movimiento en Texas el 9 de septiembre de 1962, siete años antes. Una cosa es ejecutar una suerte, otra popularizarla y otra haberla creado. La evidencia disponible apunta a Eloy.
La Regiomontana retrata bien el toreo de Cavazos. Exigía cercanía, decisión, conocimiento del toro y saber moverse delante de él. No era un adorno gratuito. En unos cuantos pases reunía buena parte de las cualidades de su toreo.
Sesenta años después de su alternativa, aquella suerte sigue apareciendo. Morante acaba de hacerla en Málaga y unas semanas antes tuve la fortuna de verla en Boquilla del Carmen. Recuperar ese repertorio no significa convertir el toreo en un museo de suertes antiguas. Vale la pena volver a él para recordar que la tauromaquia mexicana fue capaz de buscar, experimentar e inventar. Morante ya hizo la Regiomontana. Ahora falta que algún mexicano se atreva.