Banners
Banners

Zotoluco y su épica tarde en Valencia

Lunes, 20 Jul 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
"...Enfrentó tres victorinos y a los tres les cortó la oreja..."
El 22 de mayo del 2000, durante la feria de San Isidro, Eulalio López "El Zotoluco" (Azcapotzalco, 12-01-67) paseó una oreja del cuarto toro del Puerto de San Lorenzo. Esto no tendría nada de particular si no se tratara del primer corte de apéndice de un matador mexicano en la plaza de Las Ventas desde el obtenido por Eloy Cavazos nueve años atrás (01-06-91).

Gracias a esa oreja, El Zotoluco pudo torear una segunda corrida de aquella isidrada en sustitución de Morante de la Puebla, ya sin el mismo buen resultado. Sumaría después tres o cuatro tardes más en diversos cosos de la península manteniendo sus actuaciones un tono discreto, aunque eran evidentes su buen hacer y seca valentía. 

Así llegó la feria valenciana de San Jaime y con ella su presentación ante la afición levantina, que le dio su visto bueno pero sin que el triunfo llegara. No obstante, lo llamaron como espada sustituto para la corrida de Victorino Martín que cerraba la serie, elección que provocó escozor en ciertos sectores, como si su nombre le restara categoría al cartel. Sería interesante conocer la opinión de tales opositores al ser designado el mexicano triunfador máximo de aquella feria luego de cortar tres orejas de otros tantos encastados victorinos. 

Corrida memorable

El cartel inicial lo integraban Luis Francisco Esplá, Pepín Liria y El Califa, pero diversas circunstancias determinaron que, a la hora de la verdad, partieran plaza el mexicano Eulalio López, el madrileño Oscar Higares y el cordobés José Luis Moreno. Los victorinos fueron apareciendo en este orden: "Molesto" (515 kilos), "Pleitista" (470), "Brasileño" (472), "Inventado" (480), "Desconocido" (475) y "Verdeoso" (461); esos pesos arrojan un promedio de 478.8 kilogramos, algo insólitamente bajo para los usos de la época.

Pero se trataba de un encierro tan igualado y bien presentado que despertó el aplauso unánime de la crítica, además de proporcionarle a Victorino Martín Andrés uno de los mayores triunfos de su trayectoria ganadera. De los seis astados, cinco se fueron sin orejas al destazadero, y todos se arrastraron bajo fuertes ovaciones.

"Brasileño", el tercero, hirió de gravedad a José Luis Moreno al entrar a matar, por lo que El Zotoluco tuvo que despachar tres; y a los tres les cortó la oreja, con petición de un apéndice más del abreplaza "Molesto", tan humillador como exigente. El cuarto, "Inventado", dio un gran espectáculo en el tercio de varas, a cargo del piquero mexicano Efrén Acosta, que se levantó de violento tumbo para sentar cátedra como varilarguero. Toro éste con mucho picante, casi tanto como el sexto, a cargo del propio Eulalio López en ausencia de José Luis Moreno: tercera faena cargada de emoción, entrega y dominio del de Azcapotzalco y tercer apéndice auricular a su espuerta, con la consiguiente y triunfal salida en hombros, previa vuelta al ruedo acompañado por Victorino el viejo, henchido de satisfacción.

Los alternantes de Eulalio López estuvieron a la alturas de las circunstancias. Gran faena la de José Luis Moreno con el tercero, bravo y noble y el de mayor duración; su infortunio fue que "Brasileño" lo cogiera al entrar a matar por segunda vez, causándole una herida grave en el muslo derecho: su cuadrilla dio la vuelta al ruedo con la merecida oreja. En cuanto a Oscar Higares, que para algunos relatores no aprovechó debidamente a su primero, se arrimó como desesperado al encastado quinto, sobrevivió a una voltereta de espanto, lo estoqueó por arriba y le cortó la oreja antes de pasar también él a la enfermería con lesiones en la mano derecha.

Trabajo extra para los médicos de plaza

El parte médico de la grave herida del cordobés Moreno da cuenta de una cornada de 15 cm. en la cara interna del muslo derecho que atravesó los abductores y disecó la línea áspera del fémur, arrancando gran parte de los vasos tributarios de la vena femoral, con contusión del nervio ciático y una intensa hemorragia que obligó a transfundirle un litro de sangre.

Oscar Higares presentó fractura en los dedos meñique y anular de la mano derecha, a pesar de lo cual permaneció en el ruedo hasta cortar la oreja de "Desconocido", el quinto. Y también pasó a la enfermería el picador Efrén Acosta con una fuerte contusión lumbar.    

La crítica: puros elogios

Por supuesto, tan enorme tarde torera supuso uno de los sucesos del año, así reconocido incluso por el puntilloso Joaquín Vidal, quien vertió en su reseña los siguientes comentarios: "Una atención especial merece este Zotoluco, venido de México a principio de temporada, que está demostrando unas cualidades singulares en la interpretación del arte de torear. En Valencia, como antes en Pamplona y en Madrid, desarrolló un toreo perfectamente ajustado a los cánones, y de muy honda y muy auténtica interpretación. México –la tauromaquia mexicana, se quiere decir– dejaba su impronta en esta función de la feria valenciana, desde luego con Zotoluco y quizá aún más con su picador Efrén Acosta, que dio una inesperada y bellísima lección de toreo ecuestre.

El cuarto toro, bravo y poderoso, lo derribó con estrépito y aunque querían llevarlo a la enfermería, Efrén Acosta se negó. Montó de nuevo el jamelgo, botó sobre la silla mexicana que había sacado, y citó al victorino. De muy lejos se arrancó el toro, Acosta lo esperó de frente con la vara en alto, y un punto antes de producirse el encuentro la tiró al morrillo, se apalancó en ella deteniendo la acometida y vació la suerte dando limpiamente la salida al toro por delante del caballo. Una ovación de gala premió el puyazo de Efrén Acosta-¡de lo mejor de la feria!-; y después, Zotoluco le brindó el toro." (El País, 22 de julio de 2000).

Leamos cómo vio la corrida Zabala de la Serna, entonces cronista del diario ABC: "El Zotoluco alcanzó la gloria (…) Este mexicano pide paso a gritos. Por justicia debe ser así. Valiente hasta decir basta, y muy templado y sereno con su primero, buen toro, aunque había que llevarlo. Media estocada efectiva, con el matador rodando peligrosamente por la arena, precedió a la merecida oreja. 

La emoción se apoderó de nuevo de los tendidos cuando el cuarto derribó con estrépito. Efrén Acosta quedó atrapado bajo el caballo. El bizarro varilarguero se incorporó medio grogui, recuperó su puesto en la montura y ejecutó con torería y pureza un puyazo extraordinario mientras las ovaciones recorrían el aire en forma ensordecedora (…) El Zotoluco le brindó la muerte del cornúpeta y volvió a demostrar los sólidos argumentos que atesora. Otro trofeo le abrió la puerta grande, (antes) Vicente Yestera bordó dos pares de banderillas y El Boni dibujó mandones capotazos (…) El Zotoluco rubricó su consagración ante el sexto, un tío de casi seis años que derrochó una bravura inolvidable las tres veces que acudió al caballo, humillando al máximo. Eulalio López no se vino abajo por el hecho de haberse quedado solo, pues Higares también se metió a la enfermería tras una voltereta seria. Corrió la mano con una templanza magnífica, por ambos pitones, asentado y anclado al ruedo. Y cayó así la tercera oreja de su gran tarde (…) ¡Victorino! ¡Victorino!, coreaban los tendidos mientras el ganadero daba la vuelta con El Zotoluco, que salió a hombros." (ABC, 22 de julio de 2000).

El mismo cronista se refiere en estos términos a los otros dos espadas: "!No quería el rubio cordobés (José Luis Moreno) que se le escapara un triunfo que casi se fugaba tras un pinchazo. Puso el alma en el siguiente volapié. A la par desaparecieron espada y pitón, hiriendo ambos (…) Un manantial de sangre manchó la taleguilla blanca de José Luis Moreno, un manantial rojo como un géiser (…) Enseguida el torniquete, el gesto de dolor y la dura imagen de la juventud desmadejada en manos del destino. Había Moreno toreado muy largo, al ralentí sobre la mano derecha. Explotó la calidad del bruto, que blandeó al principio, en muletazos eternos, profundos. No ocurrió así al natural, pitón complicado y tobillero. Un ayudado por bajo iluminó la tarde. La emoción continuó cuando el peonaje paseó la oreja. La presidencia no cedió a los que demandaban un segundo trofeo.

Oscar Higares, con el noble segundo, principió entonado, cuajó una serie diestra fenomenal y vio, impotente, como la obra se desmoronaba poco a poco (…) Se creció con el quinto, que embestía con todo cuando se arrancaba. Se libró de milagro de la cornada y cortó una oreja." (ABC, íbid).

Unos días después, el semanario 6 Toros 6 publicaba una crónica tanto o más entusiasta, bajo la firma de José Luis Ramón: "El Zotoluco, Victorino Martín y el mayoral dieron una aclamada vuelta al ruedo que suponía el reconocimiento popular, espontáneo y sincero a los artífices de un espectáculo maravilloso desde el primer minuto. La plaza entera puesta de pie mostró de esa manera su felicidad por el juego de los seis toros, y también por la manera en que los toreros, matadores y cuadrillas, habían participado en la fiesta del toreo. Se cortaron cinco orejas y hubo éxito y emoción, y también sangre y dolor, con tres toreros heridos o lesionados, todo por una razón muy sencilla: porque la corrida salió encastada y los toreros aún más (…) Hubo mucho toreo y mucha bravura. 

Sólo El Zotoluco logró abrir la puerta grande, pero por ella también podían haber salido José Luis Moreno y Oscar Higares, y el picador Efrén Acosta en representación de sus compañeros, pues todos dieron una hermosa tarde de toros. Y con ellos el ganadero, naturalmente, ya que Victorino envió a Valencia un encierro completísimo, de muy seria presencia independientemente de su poco peso, bravo y encastado, de gran movilidad y maravilloso juego (…) Buenos pero nunca fáciles, porque su mucha bravura sólo se entregaba cuando les hacían bien las cosas, cuando les ponían la muleta por delante y les llevaban largo, muy sometidos y toreados (…) Es evidente que un encierro así exigió un esfuerzo muy grande por parte de los toreros, de los de oro y de los de plata y azabache. 

Eulalio López no sólo supo entender a sus toros, sino que además los toreó muy lentamente, con gran oficio, seriedad y temple. El mexicano, que como sus dos compañeros entró en la corrida en sustitución de los tres diestros anunciados, se mostró como una auténtica figura del toreo, con capacidad, oficio y seguridad, como un gran torero, merecedor de un sitio de importancia en el escalafón español (…) Supo colocarse a la perfección para ligar los muletazos, y así pudo hilvanar pases muy largos, de perfecto trazo, todos ellos muy lentos y mandones (…) dueño de los tiempos y las distancias, supo administrar todo a favor de sus toros, que respondieron de maravilla al mando del diestro azteca. Los muletazos por bajo al primero, pudiéndole y llevándole, fueron perfectos. Si Eulalio López ya se había metido en la temporada española tras su paso por Madrid y Pamplona, el fabuloso éxito de Valencia debería colocarlo en un montón de ferias. Lo contrario sería una injusticia". (6 Toros 6, 25 de julio de 2000)

A navegar contra la corriente

Pero la apoteosis de El Zotoluco, tan bien apreciada por la crítica, no recibió el mismo trato de las empresas, con el pretexto siempre a la mano de que ya tenían armada su temporada –un mal que viene de lejos–; pocos huecos por donde colocar su nombre encontró Eulalio en los carteles, y la misma tónica prevaleció en sus siguientes viajes a la península. En Madrid, que sí le abrió espacios tanto en San Isidro como en la feria de otoño, tuvo tardes interesantes pero ya sin tocar pelo. En proporción fue más generosa Francia que España con Eulalio, cuyas presentaciones en Sevilla y Bilbao, de muy buen tono, tuvieron carácter meramente testimonial, a razón de una tarde por plaza. 

Sin embargo, los sanfermines del 2002 presenciarían otra de las actuaciones estelares del mexicano en España cuando desorejó a un imponente par de miuras, festejo en el que Juan José Padilla sufrió grave cornada en el cuello. Ese año, dadas las dificultades que hasta el momento se le habían interpuesto, El Zotoluco decidió dar cuenta de la camada entera de la trágica vacada de Zahariche y esa gesta, inaugurada con una puerta grande en Arles, quedaría para los restos como la mayor hazaña de su vida en cosos europeos.


Comparte la noticia