Para nadie es un secreto que el último tercio del siglo XX fue marcado, en el medio taurino nacional, por cuatro nombres predominantes: Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Curro Rivera y Mariano Ramos. Los encuentros entre ellos fueron frecuentes, incluso en reiterados manos a mano.
Pero, cosa rara, solamente una vez coincidieron los cuatro en un mismo cartel. Ocurrió en Morelia el 6 de marzo de 1977, en plena madurez del cuarteto y con un encierro a la altura del acontecimiento procedente de la dehesa jalisciense del ingeniero Mariano Ramírez, que tenía lo más puro de Zotoluca, la célebre divisa de cárdenos tlaxcaltecas que había adquirido a mediados de la década del 50. Ocho toros de hermoso trapío, escogidos por nota, para conmemorar el 25 aniversario del coso de la capital michoacana. Ni necesidad de mencionar que a plaza llena y con ambiente de lujo. Como que el organizador no fue otro que Carlos González, con su olfato de taurino cabal y su inclinación por hacer las cosas a lo grande, no en balde fue mano derecha de Leodegario Hernández en una hora crucial para la tauromaquia nacional. Y un buen novillero en sus años mozos.
Los cuatro magníficos
De los cuatro ases de referencia, el que manejaba la batuta de mandón indiscutible era Manuel Martínez Ancira (Monterrey, 10-01-46); lo hizo durante tres lustros bien contados (1967-1982) por virtud de su firmeza de carácter, su artístico y cadencioso modo de torear y su profundo conocimiento del toro de su tiempo, que inclusive se permitió remodelar hasta convertirlo en dócil corderillo, antecedente directo del lamentable post toro de lidia mexicano. Una vez convencido de que España sería para él, por diversas razones, territorio vedado, concentró un control casi absoluto en su propio país. De Sudamérica, eligió a Venezuela –y más moderadamente Ecuador– como su zona predilecta. Cuando se presentó en el patio de cuadrillas moreliano, espléndidamente ataviado de verde bandera y oro, llevaba once años y medio de matador (alternativa en Monterrey, 08-11-65).
Eloy Américo Cavazos Ramírez (Villa de Guadalupe, N.L., 25-08-49), era, de los cuatro, el que más orejas y rabos cortaba. También en América del Sur y fugazmente en España –aún presume la última puerta grande de un mexicano en Las Ventas (27-05-72)–. Su estilo risueño y vivaz, unido a su pequeña estatura e infalible estoque lo hicieron el favorito de los públicos sencillos y eventuales. Casi once años de alternativa (Monterrey, 28-08-66).
Francisco Martín Rivera Agüero "Curro Rivera" (Ciudad de México, 17-12-51) ha sido el último mexicano en rebasar la barrera de las 50 corridas toreadas en una temporada española (64 en 1971, y 9 orejas en diez presentaciones ante el público de Madrid en los años 71, 72, 73 y 77). Empezó impresionando con un aspecto y un estilo muy de acuerdo con la década hippie –Pepe Alameda motejó sus aparatosos cites de "sicodélicos"–; fue un muletero poderoso, de trazos largos y mandones aunque no necesariamente despaciosos. Con el tiempo fue perdiendo su apostura juvenil y el favor de los públicos. Cerca de nueve años atrás había tomado la alternativa (Torreón, 16-09-68).
Mariano Ramos Narváez (Ciudad de México, 26–10–53), el más dominador y también el más adusto del cuarteto, enseñó una rara combinación de intuición y maestría desde que salió como novillero, tomó pronto la alternativa (Irapuato, 20-11-71), y por lo tanto había cumplido su primer lustro como matador cuando llegó esta tarde moreliana. Había impuesto su poderío en la Plaza México y aún no se aburría de ejercerlo como sucedería después. Para 1977 era una figura en plenitud.
La corrida
Debe haber sido uno de los últimos encierros estelares de la divisa del ingeniero Mariano Ramírez, muy poco requerido en lo sucesivo por las plazas grandes tal vez porque, como ocurriera también con Zotoluca, su vacada era bastante corta. Pero la Monumental de Morelia, en su aniversario número 25, vio salir una auténtica corrida de toros, de bravura y nobleza ejemplares. Tanto así que se ordenó la vuelta al ruedo para dos de ellos, y se cortaron en total diez orejas y dos rabos en una tarde en que los bovinos fueron 19 veces al caballo. Al doblar el octavo, el entusiasmo del público hizo recorrer el anillo en plena apoteosis a Mariano Ramos, y este quiso compartirla con su tocayo ganadero y el empresario Carlos González.
Doble trofeo para Martínez
Contendió con dos bureles de distinta condición, más pronto y exigente el abreplaza y algo tardo el quinto del encierro. Y estuvo en ambos como Juan por su casa, acoplando al temple de su muleta la fuerte embestida del primero y dándole un trato parsimonioso y afable al segundo, con el que había hecho revolotear sombreros sobre la arena al bordar la chicuelina martinista en su quite. Insólitamente seguro con la espada, paseó una oreja de cada burel, con fuerte petición de más trofeos a la muerte del primero.
Eloy, a lo suyo
Y lo suyo fue siempre aprovechar su gracia natural y su eficaz transmisión al tendido para darle salida a un toreo juguetón, apresurado a veces y por descontado variado, ligado y de creciente tensión. Le correspondió un toro de bandera y vuelta al ruedo –el único negro entre tanto cárdeno– y le cortó un rabo que los puristas pondrían en cuestión. Con el séptimo, otro buen toro, redondeó su tarde al cobrar otras dos orejas.
La lección de Mariano
Pero el verdadero héroe de la tarde fue el diestro de la Magdalena Mixhuca. Y su primer trasteo muleteril un auténtico faenón al más vigoroso, encastado y codicioso del encierro, un cárdeno para el que midió el castigo en varas con tal de darse el gusto de exprimir la calidad del bicho en larguísimo trasteo, donde el mando del torero se expresó en muletazos de gran largueza y acentuado mando en series caudalosas, con la diestra y con la zurda, que fueron haciéndose poco a poco más suaves y cadenciosas, llegando Mariano a recrearse tanto que casi al final, en un descuido, el cárdeno, en arrancada inesperada, le pegó un volteretón del que se levantó rabioso para redondear la faena y rematarla de fulminante espadazo.
A esas alturas la Monumental moreliana había entrado en delirio y hasta una pata, subrepticiamente cortada, pusieron en las manos del maestro, que la rechazó dignamente para pasear entre aclamaciones dos orejas y un rabo. Tales aclamaciones se reproducirían puntualmente durante la lidia del octavo, de menos clase y no tanto celo, sin dejar de ser un astado bueno y propicio. Pero por encima del toro estuvo el torero, y nuevamente hubo para él petición y otorgamiento de apéndices, dos orejas más que lo convirtieron en el triunfador máximo de una tarde para la historia. La historia de un coso señero, pero asimismo de los diestros triunfadores y la compacta multitud, participantes todos del embrujo de aquella tarde de marzo.
Curro, en horas bajas
La excepción fue Curro Rivera, que empezó con ánimo de emular a sus alternantes –empeñoso y torero con su primero, al que mató mal– pero terminó su actuación sin la energía ni la disposición que hubieran hecho falta para remontar las dificultades del séptimo, lunar de un gran encierro sin ser pregonao ni cosa parecida.
No hace falta decir que una tarde de ese nivel no han vuelto a tenerla los morelianos.