"... Implica modificar la velocidad inicial del toro, reducir..."
El inicio de un nuevo año suele estar cargado de propósitos e intenciones nobles. Es normal comenzar enero con entusiasmo, pero el problema rara vez está en querer cambiar, sino en sostener ese cambio. Como bien dice mi colega Carlos Ruiz: "Si tu propósito depende de las ganas, no es un propósito: es un deseo mal administrado". Así lo sostiene también en su libro "Ejecutar ejecutando. El arte de hacer que las cosas sucedan" (Océano, 2025), donde advierte que la clave no está en la motivación inicial, sino en la disciplina que permite ejecutar incluso cuando el ánimo flaquea.
Ese ejercicio de elegir se vuelve decisivo cuando lo que viene no admite certezas, sino criterio.
En ese mismo tono, el empresario culichi Poncho Mendoza recuerda una anécdota entre Warren Buffett y su piloto. El inversionista le encargó escribir 25 metas importantes en su vida, y después le indicó que eligiera solo cinco. "¿Y las otras veinte?", preguntó el piloto. "Son las que debes evitar a toda costa", respondió Buffett. A veces, la clave no está en sumar objetivos, sino en renunciar a lo que nos distrae de lo esencial.
2026 se anuncia como un año marcado por la incertidumbre. A escala global, confluyen tensiones económicas, conflictos geopolíticos, crisis ambientales y transformaciones tecnológicas que avanzan más rápido que nuestra capacidad de entenderlas. En México, esa incertidumbre se multiplica: decisiones imprevisibles, marcos jurídicos inestables y una vida pública cada vez más sometida a la lógica de la ocurrencia.
En el ámbito taurino, la sensación es aún más aguda. A la fragilidad propia de la época se suman los embates del animalismo militante y la especulación de los políticos que, en lugar de gobernar, reaccionan a consignas. El futuro de la Fiesta ya no depende sólo de su verdad artística, sino de un entorno donde las reglas se borran y se reescriben al antojo del poder.
La incertidumbre no es solo ignorancia: también es apertura. Genera riesgo, pero también posibilidad. Por eso angustia, pero libera: nos obliga a decidir, interpretar, asumir.
En muchas tradiciones filosóficas, la madurez no consiste en eliminar la incertidumbre, sino en habitarla sin paralizarse. Dicho en términos taurinos: la clave está en templar lo desconocido.
Temple viene del latín tempus, y está relacionado con la temperatura: algo se templa cuando deja de estar demasiado frío o caliente. En el trabajo con materiales como el vidrio o el acero, el temple consiste en someterlos a cambios bruscos de temperatura para hacerlos más parejos y resistentes.
Temple es también uno de los conceptos más utilizados e importantes en el lenguaje taurino. Y aunque abundan las definiciones, las diferencias pueden agruparse en dos enfoques principales:
1) El temple como adaptación a la embestida: aquí se entiende que templar es acompasar los movimientos del torero con los del toro, de modo que la tela no sea alcanzada. El torero no impone, acompaña. José María de Cossío lo explica en "Los Toros": "Templar no es sino adecuar con precisión la velocidad que se imprime al engaño a la que el toro desarrolla en su acometida". Paco Camino coincide: "El temple es acomodarse a la embestida del toro, no es una cosa que puedes imponer".
2) El temple como dominio sobre la embestida: esta corriente sostiene que templar implica modificar la velocidad inicial del toro, reducir su ritmo y someterlo a una cadencia más lenta. Para Federico M. Alcázar, templar es lograr que el toro se someta a la suerte. Luis Bollaín lo llama "el poder mágico del hombre sobre la fiera", capaz de imponerle un ritmo más lento ("El Toreo", 1968).
Dicen que Belmonte podía detener al toro a mitad de un lance y, cuando el capote lo invitaba de nuevo, proseguir la arrancada como si nada. En esa línea, Antonio Bienvenida explicaba: "Templar es la capacidad que tienen algunos –pocos– toreros para frenar, digamos así, la embestida del toro. Algo inefable, pero existente". Se cuenta que en los tentaderos, junto a sus hermanos, cronometraban cada lance para intentar que el siguiente durara aún más.
Luis Ruiz Quiroz, en su obra "El temple en el toreo" (Bibliófilos Taurinos de México, 2010), recoge 181 testimonios distintos sobre el temple para concluir que: "el temple es impuesto por el torero, y el toro es quien se adapta o acopla a la velocidad de los engaños".
Donde sí hay coincidencia —y de ahí la enseñanza que podríamos aplicar frente a la incierta embestida del 2026— es que no se puede aguantar si no se templa. Para templar hay que torear al adversario, no sólo enfrentarlo: llevarlo sometido, acompasarlo sin romper su acometida. Para lograrlo, el matador debe ir más allá de sus límites físicos, vencer su torpeza humana y, sobre todo, templar también sus emociones. Solamente quien domina sus impulsos puede evitar la cornada.
Ese temple es lo que nos dará dureza para resistir y flexibilidad para adaptarnos. No se trata de endurecerse sin más, sino de alcanzar ese punto exacto en el que la voluntad no se quiebra, pero tampoco se vuelve rígida.
Curro Vega de los Reyes "Gitanillo de Triana", decía que –como el toro viene a cornear lo que ve– el secreto está en "echarle las manos al suelo para que humille, en llevarlo toreado, y en romperle el camino que trae". Guillermo H. Cantú complementa: "Suavizar, poner en tensión moderada, sosegar, contener, mezclar un elemento con otro para mitigar su actividad común, afinar, aplacar la ira o la violencia, e incluso comenzar a calentarse" ("Muerte de Azúcar", 1984).
La incertidumbre del 2026 no es solo una amenaza: es una prueba. Nos obliga a separar lo esencial de lo accesorio, la convicción del gesto pasajero. En tiempos inciertos no resisten las tradiciones cómodas, sino aquellas capaces de pensarse, defenderse y renovarse sin renunciar a su verdad.
A eso llamamos templar: no huir de la acometida ni responder con violencia, sino sostenerse con firmeza y medida en medio del riesgo. Si sabemos hacerlo, la brusquedad del tiempo que viene podrá encontrar cauce. Si no, nos arrollará.
Que el 2026 nos encuentre con temple, como el de Jesús Solórzano, el llamado "Rey del Temple". Y que Dios reparta suerte.