El 2026 ya llegó, y la sensación inevitable de que algo se ha roto en la historia reciente de la tauromaquia en México. El 2025 no se fue en silencio: quedará marcado como el año en que la Fiesta Brava fue expulsada de la capital del país y de la plaza más grande del mundo. No es un dato menor. Es una herida simbólica que todavía duele.
Hoy, sin embargo, no quiero escribir desde el enojo ni desde la trinchera. Prefiero hacerlo desde la memoria y la responsabilidad. Desde ese lugar donde uno entiende que las tradiciones no se heredan por decreto: se defienden, se cuidan y, sobre todo, se explican.
Pienso en el futuro y pienso inevitablemente en mis hijos. En el día en que me pregunten qué hice yo cuando la tauromaquia comenzó a ser arrinconada, cuando el ruido fue mayor que la razón y el juicio se impuso al entendimiento. No quisiera responderles con evasivas ni con silencios cómodos. Quisiera decirles que estuve, que opiné, que defendí, que no me aparté.
La tauromaquia, para muchos de nosotros no es un espectáculo aislado ni una costumbre heredada sin conciencia. Es memoria familiar, es identidad, es una forma de mirar la vida y la muerte con respeto. Es una escuela de valores que se aprende en la plaza, pero también fuera de ella: la dignidad, el riesgo, la verdad.
El 2026 será un año profundamente simbólico para Zacatecas: se cumplen cincuenta años de la inauguración de su Plaza Monumental y cinco siglos de historia taurina en México. Son celebraciones que no admiten simulación. Porque preservar la Fiesta no es repetirla mecánicamente, sino hacerla mejor, más honesta, más fiel a sus reglas y a su esencia.
Hay nostalgia, sí. Nostalgia de lo que fue. Pero también hay esperanza en lo que aún puede ser: plazas con jóvenes curiosos en los tendidos, novilleros con futuro, toros íntegros, reglamentos respetados y una afición que entienda que amar la Fiesta también implica exigirle.
Defender la tauromaquia hoy no es mirar al pasado con ceguera, sino mirar al futuro con responsabilidad. Es asumir que cada generación tiene su propia batalla y que el silencio, también, es una forma de renuncia.
Quizá el tiempo nos juzgue, pero que no nos juzgue por haber callado. Porque este camino rumbo a los 50 años de nuestra Monumental de Zacatecas apenas comienza.