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La lección de Santo Domingo

Sábado, 03 Ene 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...los intentos de borrar la memoria por decreto..."
Vine, con la familia, a pasar unas vacaciones de fin de año a Oaxaca. Un estado lleno de riquezas gastronómicas, arquitectónicas y naturales. La reflexión sobre su historia me deja también enseñanzas importantes, ya que en el corazón de Oaxaca, el templo de Santo Domingo se alza como una de las cumbres del barroco novohispano.

Más que una iglesia, es una declaración de poder simbólico y esplendor espiritual. Su fachada, rica en relieves y ornamentos, actúa como umbral hacia un universo donde la arquitectura busca representar el cielo. Al cruzar sus puertas, el visitante entra en un espacio suspendido entre lo terrenal y lo divino: bóvedas que se abren como cielos estrellados, retablos que parecen encenderse con luz propia, y una cúpula que corona el recinto como si se tratara de un sol místico. Cada línea, cada figura, cada dorado fue pensado no solo para admirarse, sino para conmover el alma. Es un templo que, siguiendo la tradición dominica, no solo catequiza con la palabra, sino también con la piedra y el oro.

Más que un templo, Santo Domingo de Guzmán encarna la síntesis histórica y cultural de Oaxaca. No es solo un recinto religioso, sino un archivo de piedra: vestigio del asentamiento dominico y de su proyecto evangelizador; espacio de formación filosófica y teológica que albergó a una de las instituciones intelectuales más relevantes del virreinato; cuartel durante los siglos XIX y XX, testigo de luchas civiles y transformaciones políticas; y, en tiempos recientes, enclave de memoria, arte y ciencia. Su arquitectura no se limita a lo ornamental: es narrativa hecha cantera, geometría al servicio de una cosmovisión mestiza que entrelaza lo indígena, lo europeo y lo americano.

En el siglo XIX, tras las leyes de Reforma y la exclaustración de las órdenes religiosas, los dominicos fueron expulsados de Santo Domingo. El templo, despojado de su función sagrada, fue convertido en cuartel. Su arquitectura barroca, pensada para la contemplación y el asombro, quedó sometida a usos prácticos y destructivos. El retablo mayor fue desmontado, las pinturas retiradas o deterioradas, y muchos de sus espacios se convirtieron en bodegas, caballerizas y dormitorios. Lo que fue un santuario de saber y belleza estuvo a punto de desaparecer bajo el peso del abandono y el uso utilitario. Y, sin embargo, resistió.

No es casual que, en ese mismo siglo XIX, el gobierno encabezado por Benito Juárez no sólo despojara a las órdenes religiosas de sus bienes y expulsara a los dominicos de Santo Domingo, sino que también prohibiera las corridas de toros. 

Ambas decisiones respondían a una misma lógica. La voluntad de reeducar al país desde el poder, arrancándole sus prácticas simbólicas más profundas para presentarse ante el mundo como una nación "civilizada" según parámetros ajenos. 

El juarismo, animado por un positivismo importado y por la obsesión de parecer moderno, vio en la religión popular y en la tauromaquia obstáculos para su proyecto. Así, en nombre del progreso, se atentó contra formas vivas de la cultura mexicana, sustituyendo tradiciones arraigadas por un discurso que despreciaba lo propio y exaltaba lo extranjero. El resultado no fue una sociedad más libre, sino un pueblo al que se intentó despojar de su memoria y de sus ritos.

Mientras contemplaba el templo restaurado de Santo Domingo, pensaba que los intentos de borrar la memoria por decreto rara vez sobreviven al tiempo. Ayer fue el positivismo juarista; hoy es el animalismo de nuevo cuño. Cambian los lenguajes, pero no el gesto: imponer desde el poder una idea única de virtud y progreso. Santo Domingo sigue en pie. Y la tauromaquia, como la religiosidad popular, también lo hará. Porque la identidad no se erradica: resiste.


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