Si no es posible que nuestras calles dejen de ser muestrario eterno de baches, inseguridad y ausencia de señalización, prohibir las corridas de toros sí lo es. Si no es posible eliminar las estafas y engaños perpetrados a través de teléfonos y redes (anti)sociales, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible hacer que desaparezcan del país los feminicidios, la violencia intrafamiliar y otras manifestaciones semejantes de deshumanización y barbarie, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible combatir con eficacia el cobro de piso, las extorsiones, los robos y asaltos cotidianos, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible que se persiga y castigue el lavado de dinero, el flujo de fortunas hacia paraísos fiscales, las factureras fuera de la ley, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible hacer algo contra la existencia de pensiones ridículamente bajas para quienes entregaron su vida al trabajo asalariado antes de la eliminación neoliberal de los famosos tres ceros al peso mexicano (1993), prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible impedir que las instituciones bancarias continúen expoliando al país a cambio de cobros y servicios indignos, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible evitar que las grandes fortunas sigan creciendo a grados cada vez más obscenos e intolerables, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible evitar que multimillonarios notorios presuman su habilidad y cinismo para evadir impuestos, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible evitar y mucho menos castigar la proliferación de asesinatos, secuestros, campos de exterminio y otros horrores semejantes, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible que exista un rastreo efectivo de las alianzas del crimen organizado con funcionarios, policías, castrenses y políticos de toda laya, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible desterrar la vieja práctica de la tortura para obtener confesiones apócrifas, ni la prisión preventiva para falsos culpables o inocentes nunca juzgados, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible frenar usando instrumentos legales la corrupción, las fake news y el veneno desparramado por los medios de comunicación tradicionales y sus opinócratas resentidos, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible frenar los genocidios, la destrucción ambiental y la piratería imperial llevadas a niveles demenciales, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible que los gobiernos del mundo e instituciones como la ONU y la OEA reaccionen digna y humanitariamente contra las ejecuciones extrajudiciales de ocupantes de pequeñas embarcaciones de pescadores y migrantes, prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no es posible hacer algo contra la aplicación por aire, mar y tierra de la doctrina Monroe por parte del megalómano de la Casa Blanca… prohibir las corridas de toros sí lo es.
Si no será posible que la FIFA y marcas que patrocinan su Mundial 2026 paguen impuestos y reduzcan sus prohibitivos precios de ingreso a los estadios… prohibir las corridas de toros sí lo fue.
Y es que cuando resulta políticamente imposible lograr el pleno respeto y cumplimiento de la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, qué mejor coartada que elevar a rango constitucional leyes restrictivas y formas de censura oficial cuyo cumplimiento pueda imponerse de inmediato… Y qué mejor ejemplo de esta táctica distractora que la prohibición a mansalva de las corridas de toros en la capital y otros puntos del país.
Cuando la ley se vuelve difícil o imposible de cumplir, la simulación legislativa y la judicialización oportunista funcionan como un sedante no por burdo menos convincente y tranquilizador para la domesticada grey del neopuritanismo compensatorio.
NOTA: La presente letanía vale para despedir sintiente y devotamente a 2025, un año por tantos motivos memorable.