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Entre la ignominia y la magia

Sábado, 27 Dic 2025    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...Sigue recordándonos que no todo puede ser decretado, ni todo..."
Termina 2025, un año que estuvo marcado por la deshonra de Clara Brugada al prohibir las corridas de toros en la Ciudad de México y por la magia de José Antonio Morante de la Puebla, cuyo toreo alcanzó notas de excepcional estética y emoción. La fiesta es así, de contraste, pasa de lo oscuro a lo luminoso, de la vida a la muerte, y de la tristeza a la esperanza.

Manipulada por intereses animalistas y por el oportunismo del Partido Verde, Clara Brugada decidió prohibir las corridas de toros en la Ciudad de México. No fue un acto de compasión, sino de cálculo político: borrar un rito para encubrir los fracasos acumulados de su gestión. Con esa ley, privó a los capitalinos de una tradición viva que ha acompañado a México por casi cinco siglos, y cometió una deshonra que provocó un rechazo silencioso incluso entre quienes no son aficionados. 

En medio de esta oscuridad taurina, emergió Morante de la Puebla, quien a su vez venía saliendo del túnel de una enfermedad que lo tenía casi en las penumbras. Los mexicanos tuvimos la oportunidad de verlo en Sevilla gracias a que algunas de las corridas de la Feria de Abril fueron retransmitidas en directo por la televisión pública. Así que, aunque nuestra plaza estuviera cerrada, la tecnología nos acercó la magia de Morante

Cuando Morante bordó el toreo en la Real Maestranza de Caballería, quedó claro que la tauromaquia no solo sobrevive, sino que aún es capaz de provocar estremecimiento estético. Su muleta pausada, el dibujo de los naturales, la cadencia de su cuerpo y el eco de la plaza vibraron más allá de los muros. En México, quienes vimos aquella faena en la televisión sentimos que el arte regresaba a nosotros por la única vía que era posible: la pantalla. Fue un acto de resistencia y, al mismo tiempo, de comunión. Una confirmación de que la fiesta puede ser negada por ley, pero no puede ser extinguida del alma.

El resto de la temporada llevó el sello de Morante: entrega absoluta, exposición permanente, un ajuste llevado al límite. No se conformaba con lidiar al toro: toreaba el caos.

Su toreo habita en la contradicción. Ejecutaba suertes que parecían brotar de la sombra misma de Caravaggio: una larga tras otra, un molinete invertido, tijerillas de rodillas, un forzado de pecho que no remataba el pase, sino el alma. Faenas breves, de gran imaginación y valentía. 

Morante configuró el desorden con arte. Su toreo no fue copia de lo real, sino su intensificación. En medio de la prohibición, de la censura cultural y del fanatismo político, nos recordó que la tauromaquia no es un espectáculo: es un espejo ético y estético de nuestra humanidad más compleja.

Y entonces, llegó a Madrid, el día de la Hispanidad para dejar conmovidos a los aficionados cuando, en el centro del ruedo venteño, en medio de lágrimas, se arrancó la coleta. Había alcanzado las notas más profundas, el arrastre popular, miles de jóvenes que lo sacaban a hombros, lo llevaban por la calle de Alcalá y cantaban su nombre hasta la madrugada. 

Aquel día en Madrid, más que una despedida, fue una confesión: no podía seguir cruzando el límite una tarde más. Tal intensidad tenía que terminar en forma abrupta en medio del clímax. Mejor que haya concluido de esa forma, en algarabía y no en tragedia. Con ese gesto, Morante cerró un año taurino marcado por la contradicción: la grandeza del arte frente a la pequeñez del decreto.

2026 nos aguarda con esperanza. Con la México cerrada, pero con la ilusión que celebraremos los quinientos años de que Hernán Cortes relató, por primera vez, una corrida de toros en este territorio.

Frente a la cultura del grito fácil y la indignación prefabricada, el toreo propone otra pedagogía: la del silencio ante la belleza, la espera ante el riesgo y la dignidad en la derrota.

Si bien 2025 osciló entre el abuso del poder y el esplendor del arte, aguardo el 2026 con la mentalidad de la esperanza católica. No como optimismo, ni como consuelo psicológico. La esperanza cristiana no promete que el mundo será fácil; promete que el sentido no será derrotado. Es una paciencia activa, una forma de resistencia humilde, una manera de vivir ya —en medio de la incertidumbre— orientado hacia una plenitud que no fabricamos, sino que recibimos. 

Entre la ignominia del poder y la magia del arte, la tauromaquia sigue recordándonos que no todo puede ser decretado, ni todo puede ser borrado. Que 2026 nos encuentre más libres, más atentos a la belleza, y menos dispuestos a que nos roben lo que aún nos emociona. ¡Qué Dios reparta suerte!.


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