El encuentro entre Jorge de Jesús "El Glison" y el periodista Francisco Esparza, que tuvo lugar anoche en la Petroteca de Zacatecas, fue un canto a la aventura por la vida y el toreo, además de un canto a la esperanza y la mirada siempre puesta en el prójimo, motivo por el que el público que llenó la sala del Ex Templo de San Agustín, disfrutó de una gran velada.
A lo largo de dos horas, este torero, un rebelde con causa, explicó los avatares de aquella gravísima cornada sufrida en la plaza Jorge "El Ranchero" Aguilar de Tlaxcala, la tarde del 13 de noviembre de 1987, cuando el novillo "Golfo" de Tepeyahualco le partió la femoral al clavar un par de banderillas al quiebro, y que lo puso al borde de la muerte derivado de una perversa atención médica.
Y cuando se le declaró la gangrena, con el consiguiente peligro de que le amputaran la pierna derecha, tuvo una revelación que le ayudó a superar el miedo, la amargura, la depresión y la ira contra el médico tratante, e hizo una introspección de la que salió fortalecido para dedicarse a explorar la mente humana y crear una terapia que, a lo largo de 30 años, ha ido perfeccionando con muy buenos resultados.
Después de que dejó de torear de manera continuada, y tras batir diversos récords, el torero de Saltillo, emparentando por parte materna con el insigne poeta Ramón López Velarde, se dedicó a estudiar sin descanso, a relacionarse con mucha gente, y a aprender cómo se pueden superar eventos tan traumáticos para salir adelante.
Con la agudeza que la caracteriza como entrevistador, Francisco Esparza lo cuestionó para ahondar en sus conductas en la que El Glison plasmó su forma de ser, tocada de un enorme desparpajo, sencillez y carisma, atributos que le han permitido seguir adelante con la permanente ilusión de ser cada día mejor como persona.
Al final, en palabras de este irredento trotamundos, llegó a la conclusión de que su paso por los toros no sólo fue anecdótico para el aficionado purista, que eso le tiene sin cuidado, sino el tránsito a un estadio que le dejó una experiencia inolvidable y trascendente para sí mismo. Y eso no tiene precio, ni siquiera comparado con las 39 cornadas y las 18 fracturas que padeció, un precio muy caro que estaría dispuesto a volver a pagar por todo lo que la tauromaquia le aportó a su vida, la de un hombre inteligente, culto y estructurado, que sigue avanzando en el estudio de la psicología, amando a la mujer, al toro bravo y a la poesía.