Hoy se cumple un año del fallecimiento de Manuel Capetillo. Cuesta trabajo hacerse a la idea de que se fue, más aún si recordamos la seguridad con la que decía a cada rato que viviría más de cien años.
Manuel fue un hombre intenso que rezumaba pasión. Por lo que toca a su oficio, ha sido una de las más grandes figuras del toreo mexicano de todas las épocas. Alto y personalísimo, fue el heredero natural del toreo de sentimiento de Silverio Pérez.
¡Son tantos los recuerdos de la convivencia con el gran Capeto! Unos cuantos se agolpan ahora mismo en la mente.
Hace unos trece años lo invité a dar una plática en el Mesón Taurino de la avenida Revolución. Llegó al restaurante con chico pistolón que dejó encargado en la cocina. Había decidido protegerse por su propia cuenta de la inseguridad de la ciudad.
Me hubiera gustado verlo en mi boda en 2000; Manuel y su esposa Lorenza Boyer pensaron que era ocho días después. Siempre nos reíamos al recordar aquella confusión.
Más recientemente, en marzo de 2007, cenamos juntos Manuel, El Pana y yo en su casa de Capulhuac, Estado de México. Dos íconos del toreo a la mexicana, hincándole el diente con fruición a la también muy mexicana barbacoa de hoyo. Esa noche, Manuel hizo una declaración temeraria: "¡Si Agustín Lara hubiera visto torear al Pana, se habría convencido de que el monarca del trincherazo es éste!". Ahí queda. La casona, incrustada dentro del Rancho Capetillo, está actualmente abandonada, a punto de ser devorada por la hierba crecida. Su esposa Lorenza, con quien vivió durante 29 años, pasa largas temporadas en su casa de la colonia Nápoles en la capital y en la de su hermana en Guadalajara. De vez en cuando regresa a Chacala, Nayarit, donde Manuel murió, víctima de un infarto masivo.
Manolo Arruza nos contó cómo se reconcilió con el célebre muletero, de quien estuvo distanciado por lo menos veinticinco años. Después de que Arruza lo dejara con la mano extendida en el patio de cuadrillas de la Plaza México antes del inicio de la corrida por el estoque de oro de 1976, cierto día, frente al trofeo ganado aquella noche por el hijo del Ciclón, éste le dijo a Capetillo: "¿Me perdonas?". Entonces, sin mediar palabra alguna, se fundieron en un abrazo, entre lágrimas. Manolo ya nunca perdió el contacto con el hombre que alguna vez estuviera casado con su madre.
Ah, cómo le gustaba el micrófono a Manuel. Un día pasé por él y nos fuimos a un restaurante en Tenango del Valle, donde la “bordó” de manera sensacional. Qué forma de atrapar a la audiencia. Y es que contaba anécdotas, cantaba y recitaba con una simpatía extraordinaria. Concedo que soy de lágrima fácil, pero de veras que lo de Manuel resultaba insoportablemente catártico. Mexicanísimo como un huapango, era un hombre emocionante y había en su raíz un sentimiento muy de esta tierra, envalentonado y noble a la vez.
Manuel se mantenía erguido y en pie de lucha a sus ochenta y tantos años. Seguido me llamaba por teléfono para contarme sus eternos líos agrarios y sus múltiples proyectos, algunos de los cuales sonaban inalcanzables: "Ya verás lo que traigo entre manos, lo voy a lograr, cómo jijos de la chingada no!. Sus ojos color esperanza se habían tornado vidriosos pero la mirada era la misma de siempre, decidida y profunda. Gustaba vestir con sacos cruzados de botones dorados. Sus “lavados” de sangre diarios forman parte de la leyenda capetillista.
¿El suyo era un toreo de arte? Yo afirmaría que sí. Un arte de fuerte expresión y emoción, donde no cabían la finura y el atildamiento. Había un aire barroco en su forma de torear un tanto retorcido. Y es que el toreo a la mexicana es una formidable aleación de lentitud y esencia, donde a veces las formas son avasalladas por el sentimiento que se imprime en la interpretación. No fue un torero clásico, sino el heterodoxo descubridor de una nueva largueza en los trazos, posible gracias a su valor y a la extraordinaria combinación de nobleza y bravura del toro mexicano de su época.
Extrañamos a Manuel, a un año de su muerte.