Viñeta: El torero bonito

"...al torero bonito, más le vale, torear bien, emotivamente..."

Por allá, en un mayo lejano de cuyo año no puedo acordarme, le oí a un empresario de Cañaveralejo, uno de los más exitosos: "Ahora me voy a España y contrato tres o cuatro toreros bien bonitos para reventar esta plaza". Lo decía jocosamente, pero lo sabía cierto, y lo hacía.

"Torero apuesto hace paseíllo con una oreja en la chaquetilla" y vende. Pero no son solo los toreros, ni quienes como ellos tienen por oficio la exhibición propia; modelos, actores, artistas, mediáticos…, los que disfrutan esa ventaja o sufren ese hándicap. No, todos. El patrón estético social es ley de gravedad humana. La Fiesta no es para feos, canta un viejo son cubano…

Fuerza biológica, gregaria, universal, que como instinto actúa independiente de la voluntad y la consciencia. Se ha comprobado estadísticamente, artísticamente, científicamente... Los jurados escolares, judiciales, laborales van más inclinados a favor de los estudiantes, reos, aspirantes atractivos. Y qué decir de las masas compradoras. Si lo sabrán los publicistas, mercadólogos y profesionales de la imagen. Sobra ver los anuncios que incitan a consumir hasta lo que no se necesita.

No es asunto baladí. La belleza física de una mujer causó hace unos treinta siglos la guerra más famosa de la historia. La industria cosmética (del encanto personal), sin contar la cirugía plástica, es casi tan poderosa como la militar, la psicotrópica (incluido el alcohol) o la petrolera. Según los analistas globales de mercado, superó en 2017 los 530 mil millones dé dólares en ventas y estiman que para 2023 alcanzará los 800 mil.

Pero volviendo a la plaza, la predispuesta simpatía del público, que también puede ser inducida en otra infinidad de formas, no basta. Luego salta el toro, pone a cada cual en su sitio. E igual que a los estudiantes, reos y aspirantes carismáticos, les conviene también ser inteligentes, inocentes o aptos, al torero bonito, más le vale, torear bien, emotivamente.

Agustín Lara llamó al poco agraciado Silverio Pérez "tormento de las mujeres", en su famoso pasodoble, y no fue mera licencia poética. Él, aficionado que no cambiaba por un trono su barrera de sol, sabía porqué lo decía, como quizá lo hubiese podido decir también del "Divino calvo", Belmonte, Manolete y otros "toreros, torerazos" que, no fueron caritas de salir al ruedo con una oreja en la chaquetilla, pero sedujeron sus épocas y siguen haciéndolo. El buen toreo embellece.






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