El comentario de Juan Antonio de Labra  

...Que la Fiesta volverá, no cabe duda. ¿Pero de qué manera?...

Las semanas transcurren en medio de la incertidumbre del avance de la pandemia tras el periodo vacacional de la Semana Santa, mientras los distintos esfuerzos por reactivar al sector taurino siguen su curso de manera decidida. Y en estos días abrileños de nostalgia, sin la Feria de Aguascalientes a la vista, la encomienda es aguantar el tirón, pase lo que pase.

Que la Fiesta volverá, no cabe duda. ¿Pero de qué manera? Seguramente quedará muy tocada. Tocada por la crisis económica, la más dura de los últimos 30 años en México, y ante un panorama económico preocupante, sobre todo ahora que las diversas fuerzas políticas están contendiendo de cara a las próximas elecciones, buscando cada una, sin generalizar, claro está, su propio beneficio.

Y aunque da la impresión de que esta coyuntura política nada tiene que ver con la fiesta de los toros, el rumbo del país, de aquí a los próximos años, se decidirá en las urnas el domingo 6 de junio, en la jornada electoral más grande –y quizá la más significativa– de la historia de un país cuya sociedad se mantiene dividida, prácticamente desde el resultado de la elección presidencial de 2018.

En estos meses en que el ritmo de la vida se ha vuelto más lento, y nos ha hecho reflexionar en las cosas relevantes, como la salud, muchos nos hemos reencontrado con nuestra afición rebuscando en archivos, libros, revistas, documentos y demás papeles, en un constante retorno a la nostalgia, la misma que la tauromaquia genera de manera natural, pues es un arte cargado de sentimiento y añoranza.

A veces es preciso refugiarse en la esencia de nuestra afición para sobrellevar mejor la desesperanza que refleja la política nacional, y también la que se desprende de la propia gestión de la Fiesta, que sigue navegando en una triste ausencia de liderazgo.

Sabemos que no es fácil reinventarse, y mucho menos si se mantienen idénticos y sin cambio los mecanismos de nuestra forma de proceder. Y que de ello no se culpe nada más a la pandemia que, por otra parte, debería de obligarnos a la reinvención de las fórmulas de la gestión del espectáculo. Pero no vemos que eso ocurra.

El mayor deseo en este momento es que los niveles de contagios no se disparen, y el semáforo se mantenga en amarillo y no retroceda, porque eso sí sería muy grave para el sector taurino que, después de varios meses, ha comenzado a retomar el aliento con el tanque de oxígeno representado por esos esporádicos y puntuales eventos programados en varios escenarios.

Dicen que nunca hay que perder la esperanza. Sin embargo, a veces resulta imposible que eso no ocurra cuando lo que se hace, que es muy loable, por supuesto, no alcanza a servir de contrapeso a tan adversas circunstancias. Pero aquí estamos. Seguimos vivos. Y eso es lo importante.






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