El toro es el eje central de la Fiesta, referente máximo dentro del mundo de la tauromaquia, constituyéndose como el único animal que puede pasar a la historia y morir con la mayor gloria, no cobardemente liquidado en un matadero, cumpliendo con el objeto de su crianza en su esencia y bravura.
Así lo analiza el filósofo francés Francis Wolff, en su referencial obra “Cincuenta razones para defender las corrida de toros:
"Para un animal como éste, una vida conforme a su naturaleza ´salvaje´, rebelde, indómita, indócil, insumisa, tiene que ser una vida libre – por tanto la mejor posible. Y así, una muerte conforme a su naturaleza de animal bravo tiene que ser una muerte en lucha contra aquél que cuestiona su propia libertad, es decir, contra aquel ser vivo que le disputa en su terreno su supremacía.
"Éste es el drama que se muestra en el redondel: el toro libra su último combate para defender su libertad. ¿Sería más conforme a su bravura y a la propia naturaleza del toro vivir esclavizado por el hombre y morir en el matadero como un buey de carne?”
El toro de lidia es el resultado de un arduo proceso de selección, una especie que existe por y para los festejos taurinos. Aquel primitivo astado, originario en Europa, fue encontrando con el paso de los siglos su asentamiento dentro de las ganaderías bravas, de donde se ramifican los diversos encastes.
En los tiempos que corren se equipara el “sufrimiento” animal al de un ser humano. Sin embargo, éste es un concepto erróneo, como afirma el Dr. Pedro Pablo Amenábar en ARS MÉDICA, Revista de Estudios Médico Humanísticos de la Universidad Católica de Chile:
"Sin conciencia no existe sufrimiento, ya que es la condición de verse a uno mismo, reflexionar sobre la propia condición, el verse desamparado, débil, dependiente y vulnerable, lo que determina la sensación de sufrimiento. Y es por esto que los animales, carentes de conciencia, son incapaces de sufrir y sólo perciben dolor físico. El sufrimiento se constituye, por tanto, en una condición exclusiva del hombre".