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Espectro Taurino: Un Brujo y un Rey Mago

Sábado, 06 Ene 2018    CDMX    Jorge Raúl Nacif | Opinión   
"...aquel fue el triunfo de los desamparados..."

Me resulta inevitable traer a la memoria la tarde del 7 de enero de 2007, hace prácticamente 11 años, sobre todo por el impacto que causó en mí la personalidad y tauromaquia de Rodolfo Rodríguez "El Pana", en el día de su supuesta despedida de los ruedos en el coso de Insurgentes.

De aquel día, destacó fundamentalmente la fusión entre El Brujo y el toro "Rey Mago", de Garfias, en lo que a mi entender fue la mejor faena en la carrera de El Pana.

Más de una década después todavía se sigue hablando de aquel trasteo ante un ejemplar que, por su gran calidad, fue un verdadero regalo de Reyes para el torero que, en un punto cumbre del trasteo, se sublimó para dibujar un trincherazo que ha quedado grabado para siempre, muletazo en el que se vació por completo e hizo estallar a los tendidos.

Y si no cortó las orejas fue por estar errático con el acero, como le ha ocurrido tantas veces durante su trayectoria. "Rey Mago" se fue con los apéndices al destazadero, pero El Pana conquistó el corazón del público y fue largamente ovacionado en dos aclamadas vueltas al ruedo.

Su segundo fue "Conquistador", al que le colocó un inverosímil par de calafia que desató el delirio una vez más. Y si bien es cierto que esta faena no tuvo la misma consistencia, contó con idéntica inspiración, magia que no despareció sino que cobró nueva entidad para mantener de pie a los espectadores y cortar las dos orejas.

Y así, con más de medio siglo de vida a cuestas, le llegaron los contratos que nunca había tenido. Después de esa tarde, fueron más de 30 corridas las que toreó en 2007 a lo largo y ancho de nuestra geografía, sorprendiendo a propios y extraños.

El Pana vino a dar un nuevo aire a nuestra Fiesta brava e hizo que, tras la tarde del 7 de enero, voltearan a los toros varios sectores sociales que son ajenos a la tauromaquia. Y ese éxtasis de aquella "despedida" seguirá rondando en el ambiente a lo largo del tiempo, pues cuando un torero deja huella, ésta no desaparece jamás.

Aquel fue el triunfo de los desamparados; de los toreros olvidados por las empresas; de los que padecen humillaciones que nunca les hacen perder la fe, ni olvidar su verdadera vocación.

En lo personal, no podré negar que aquella actuación de El Pana terminó por ser un impulso definitivo para concretar la añeja idea de dedicarme al periodismo taurino y entregar mi vida a la Fiesta Brava, camino que emprendí tan solo unos meses después.

Vale la pena señalar que aquel día El Pana le confirmó la alternativa al catalán Serafín Marín, con el testimonio de Rafael Rivera, el hijo de Curro. Sin embargo, esto solamente quedará en la estadística de un festejo marcado por el embrujo de un bohemio que vistió de rosa y plata con remates negros.


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