Anecdotario de Giraldés: El viejo Dominguín
Viernes, 02 Sep 2016
Tijuana, B.C.
Valeriano Salceda
El patriarca y su mando taurino
La familia de Domingo González "Dominguín" vivía en el número 35 de la calle del Príncipe, en un edificio de apartamentos que aún existe en Madrid. Y el viejo Dominguín decidió "instalar" su oficina en la Cervecería Alemana, que desde hace más de un siglo está en el número 6 de la torerísima Plaza Santa Ana, en el Barrio de Las Letras.
El patriarca de la famosa dinastía ocupaba siempre la misma mesa, sobre la que colocaba una chequera, una pluma y un cuaderno, además de un block de contratos impresos. Y ahí despachaba acompañado de sus inseparables colaboradores, los tres de su entera confianza, desde luego: Antonio Suárez "Chocolate", Jerónimo Aguado "Pinteño" y Alfredo Portolés.
En esta época a la que me refiero, principios de los años treinta del siglo anterior, Dominguín apoderaba al gran Fermín Espinosa "Armillita", a Domingo Ortega y, en España, a Jesús Solórzano. Era empresario co-empresario de algunas plazas de toros, y tenía una capacidad de trabajo y una organización asombrosa, además de un profundo conocimiento del negocio taurino. Y gracias a la fuerza que tenían sus toreros, mandaba y, además, se las sabía de ¡todas, todas, al derecho y al revés!
En 1936 ocurrieron tres hechos muy significativos que iban a cambiar el curso de la historia: la Guerra Civil Española, el llamado "Boicot del miedo" de los toreros españoles en contra de Armillita y el resto de toreros mexicanos, y el asesinato en México del empresario hispano Eduardo Margeli a manos del novillero Rodolfo Popoca. Margeli era socio de Dominguín, así que también hasta eso le causó trastornos al astuto apoderado.
A pesar de ello, Dominguín manejó la Fiesta a su antojo, a su conveniencia, velando por los intereses de sus toreros y, por supuesto, de él también. Abusó de su poder y le "cortó" la cabeza a un elevado número de toreros.... y de taurinos de medio pelo. Y cuando el medio se dio cuenta de que al viejo le Dominguín le había llegado su turno de "vacas flacas", ¡se la cobraron!
Pero con la confianza que le brindaba su profundo conocimiento de los vericuetos de la Fiesta, nunca perdió la esperanza de volver a mandar y conservó la fe. Constantemente repetía la misma frase: "Nacemos encuerados, siempre nos entierran con algo encima... y también a veces la vida nos da algún regalo".
En ese tiempo de ruina para Dominguín muchos taurinos que habían frecuentado La Alemana en busca de contratos o favores se alejaron de la mesa del patriarca. Pero cuando su hijo Luis Miguel se consagró en Las Ventas de Madrid, alternando con Manolete, en la famosa Corrida de Beneficencia de 1946, Domingo González, eufórico, emocionado, repetía en voz alta en el callejón de la plaza para que todo mundo lo escuchara: "¡Mañana se va a volver a llenar La Alemana".
Y el vaticinio del viejo zorro del toreo se cumplió: Al día siguiente de aquel gran triunfo de su hijo, la añeja cervecería de la Plaza Santa Ana se llenó a reventar. El "mandato" de Dominguín volvía por sus fueros.
Comparte la noticia