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La actuación de Joselito ante la prensa española

Jueves, 07 Abr 2016    México, D.F.    Redacción | Foto: Archivo   
Se valora la entereza de Joselito en su reaparición
La actuación de Joselito Adame ayer en Sevilla ha sido valorada de manera muy parecida por la prensa española, salvo en el diario El País, que casi siempre va a la contra, en el resto de los medios consultados los cronistas ponderan el hecho de que el hidrocálido reapareció de una cornada con la mente triunfadora, según se desprende de los siguientes comentarios:

La Razón (Paco Moreno):

Joselito Adame cumplió con el capote y dejó una faena un tanto fría que apenas llegó a los tendidos, posiblemente porque se dedicó más a cuidar las nobles acometidas del animal para que no se viniera a menos. Sus muletazos tuvieron el don de la suavidad y el temple, pero faltó la chispa de la emoción. Ya al final sometió algo más al toro en una tanda de naturales que resultaron de mejor factura. A punto estuvo de cambiar el sino de la tarde con el toro que cerró plaza. Tomó los engaños con cierta raza y aunque le costó humillar, se desplazó con bondad. Y lo aprovechó el diestro azteca, que inició su faena con ocho estatuarios junto a tablas sin enmendarse un centímetro, para irse a continuación a los medios y torear con empaque y profundidad sobre la mano diestra. Compás abierto y temple en su muñeca. Se sucedieron las tandas y la tarde caminó hacia un final feliz. Bien también con la zurda para no dejar pasar su tarde en Sevilla, como ya hiciera en otras temporadas anteriores. Y es que se le da bien la Maestranza, aunque le falte el triunfo rotundo. Lástima que la espada no viajase como él se propuso.

El Mundo (Zabala de la Serna):

Joselito Adame se había presentado con unas chicuelinas para la memoria en el toro de El Cid. Un quite lento y alado, asentado el cuerpo y girado sin violencia. Adame reaparecía de la cornada de Valencia. Y en su turno entendió que la mano más larga del gordo y colorado tercero era la izquierda. Se colocó bien el mexicano y trazó los naturales con sentido del toreo clásico; dosificados para no atosigar al atacado animal. Atalonado con los pesadotes viajes. Escaso eco, más justificado el silencio en redondo: el toro se quedaba más corto y se vencía. Remató la faena con el toro sin vida aun por su pitón. Adame se clavó por estatuarios para despedir la tarde. Jarocho y Fernando Sánchez habían saludado brillantemente en banderillas. El desenlace de los estatuario tuvo su aquél. Un pase del desprecio lindo. Como México. El último cartucho de Las Ramblas contaba con la prontitud. Y el defecto de la corrida de no terminar de descolgar. Listo Adame para torear muy al aire del obediente toro, que sumó al quinto y tal vez salven juntos a Las Ramblas. Y listo para jugar con los vuelos puestos siempre por delante del campo visión. Y listo en la torería del cierre por bajo, en las trincherillas y el toreo al paso. Y listo pero desafortunado en el intento de matar en la suerte de recibir: la espada se hundió defectuosa y con exagerada travesía. Por las prisas de la cuadrilla para sacarla, quizá asomaba. Descabelló rápido y paseó como El Cid una feliz vuelta al ruedo.

Diario de Sevilla (Luis Nieto):

Joselito Adame, que ya dejó patente su gran disposición y el buen momento que atraviesa en un quite por chicuelinas en el segundo toro, fue quien aportó mayor solidez torera. Con su primer toro, un colorao, chorreao, mansote y flojísimo, dibujó algunos naturales estimables al final de su trasteo, en el que no tuvo apenas posibilidades para el lucimiento porque faltaba toro. El mexicano se justificó en una labor sin apenas emoción por la excesiva flojedad del funo. Con el que cerró plaza, un ejemplar serio, mansote y manejable, que embestía con la cara alta, Adame abrió junto a tablas con un manojo de muletazos por alto y a pies juntos. Luego, brilló en los medios en una serie diestra despaciosa. Con la izquierda estuvo entonado y en otra dibujó excelentes naturales. Y cerró con una tanda con derechazos rematada con martinete y molinete, todo muy ligado. Epílogo con torería, con cinco pases del desprecio –en México, del desdén–. El diestro quiso matar recibiendo y al final quedó la suerte al encuentro, a cambio de una estocada defectuosa, que hizo guardia y le privó posiblemente de un trofeo. La función, con escaso calado artístico, levantó algo el vuelo en los dos últimos actos, con los dos toros que ofrecieron más opciones para el lucimiento.

ABC (Andrés Amorós):

Reaparece Joselito Adame de una cornada. También flaquea el tercero, con las fuerzas muy escasas. Fernando Sánchez parea, andando al toro, con gracia. Cuida Joselito al toro, que apenas transmite nada, con buen oficio y valor, pero la faena no cuaja. Está puesto con los toros que se lidian en España. Como mata a la segunda, la gente queda callada. Se luce Adame en el sexto, el que "Vidriera" se llama, como el que inventó Cervantes en la tierra sevillana. Jarocho y Sánchez saludan, banderilleros de fama. Galopa el toro y Adame guía con temple sus muy nobles arrancadas, en circulares completos, en el centro de la Plaza y lo mata recibiendo, pero tiene la desgracia de colocar mal la espada, delantera y lateral, que se queda haciendo guardia. Con dos toros que "se dejan", apenas se arregla nada, aunque al Cid y Joselito no cabe negarles ganas. Con toros así, no es fácil que prenda la llamarada de la emoción ni del riesgo. Ha sido tarde templada, ni de calor ni de frío, ni es ardiente ni es helada. Eso puede ser virtud en la vida cotidiana pero en la Plaza es un rollo que ni un atleta se salta. Lamento que sea triste una verdad tan diáfana: la Tauromaquia se hunde con toros sin fuerza y casta.

El País (Antonio Lorca):

El otro bombón le tocó a Adame en sexto lugar (el tercero era un inválido de andares muy cansinos), y el torero mexicano lo recibió de muleta con estatuarios y un lucido pase del desprecio. Pronto sonó la música, y los muletazos surgieron largos y desmayados; es decir, con escaso mando del matador. No hubo clímax ni grandeza; toreo bonito, sí, en algunas fases, pero ya está. Y al final, una estocada entera que, ¡ay!, asomaba por los costillares. Y una vuelta al ruedo tan excesiva como la que dio El Cid.


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