El minuto de silencio que seguramente se guardó ayer tras el último paseíllo de la temporada en la Monumental México suponía un crespón de duelo por la muerte de Jesús Córdoba Ramírez, gran torero y competente juez de plaza. Como habrá tenido que contarse para ello con la anuencia del gerente de la empresa, algo de incongruente, de francamente hipócrita, encierra ese hecho de homenajear a quien el propio mandamás del coso de Insurgentes echó del palco de la autoridad a mediados de la década del 90, medida profiláctica para allanar el camino a la llegada de jueces de pacotilla, complacientes hasta la abyección con una empresa necesitada de funcionarios lo suficientemente maleables como para ceder a la aprobación de encierros impresentables y la concesión de apéndices a pedido del empresario, que como se sabe ha incluido en su manual autorregulatorio la obligación de que el biombo arroje orejas como si fueran confeti, quién sabe si persuadido de que ese burdo triunfalismo atrae más gente a la taquilla, o con la perversa intención de acorrientar a tal grado la fiesta que la buena afición capitalina se fuera perdiendo y apartando del coso, desmoralizada con justa razón.
Maestro binacional
Si somos estrictos, Jesús Córdoba ha sido el torero nacido en EU más importante de la historia, pues, en efecto, vio la luz primera en Winfield, Kansas, un día de marzo de 1927, hijo de padres mexicanos que se ganaban allí la vida y, por lo tanto, representante neto de la migración de connacionales hacia el gran país del norte. Tuvieron sus progenitores el cuidado de poner a Jesús en contacto con nuestra cultura, para lo cual lo enviaron a estudiar a León, su ciudad de origen, de ahí que, en lo sucesivo, él mismo se considerara leonés y como tal quedase registrado en los anales de la fiesta.
Chucho Córdoba fue uno de los Tres Mosqueteros que hicieron memorable la temporada chica de 1948 en la Plaza México. Tríada perfectamente integrada en su diversidad, pues mientras Rafael Rodríguez, con su estoicismo y entrega, representaba el valor espartano, Manuel Capetillo era una explosión de sentimiento torero y Córdoba llamó la atención desde el principio por su elegante estilo y académica concepción de la lidia, propiciando de manera natural la clásica pugna entre el valor, el arte y el clasicismo. Curiosamente, aunque impresionó a la afición desde el debut (18-07-48) y no sólo mantuvo sino acrecentó su cartel hasta conquistar la Oreja de Plata, Jesús no llegó a cortar un solo apéndice en siete actuaciones. Que el estoque nunca sería su fuerte lo demuestra este otro dato: siendo de los diestros mexicanos más apreciados de su tiempo por el público de Madrid, tampoco llegó a tocar pelo en la capital de España, pese a sus siete paseíllos y ocho vueltas al ruedo en Las Ventas, desde su confirmación a manos de Pepín Martín Vázquez (21-05-52), con “Gestador” de Bohórquez y de testigo el cordobés Martorell), hasta su última salida ante la cátedra madrileña, coincidente con una de las reapariciones de Luis Miguel Dominguín, cuyo triunfo no opacó la excelente tarde del leonés, recordada por una suntuosa larga para rematar un gran quite y la doble vuelta al anillo tras despachar a sus dos ejemplares de Barcial (29-09-57). También gozó Córdoba de sólido prestigio en Sevilla, triunfador absoluto de la feria de abril de 1953 –desorejó a un miura y reincidió con un sobrero de Benítez Cubero, saliendo en hombros los días 24 y 25--, feria a la que no volvería, aunque sí a la de San Miguel, con corte de otra oreja a un torazo de Marceliano Rodríguez en su cuarta y última comparecencia en la Maestranza (28-09-54).
Maestro sin suerte
Como su posterior consuegro Rafael Rodríguez, Córdoba tuvo como guía en el arte a Fermín Espinosa “Armillita”, que le dio la alternativa en Celaya con un toro de Xajay (25-12-48) y se la confirmó en la Plaza México con “Zalamero” de La Punta (16-01-49); pero el despegue de Jesús como figura demoraría hasta 1951: empezó por cortarle las orejas a “Criticón” de La Laguna por un faenón (28-01-51), y cobraría enseguida su único rabo en la Monumental –de “Luminoso” de San Mateo, que le pegó su segunda cornada en Insurgentes, 04-02-51--; luego, el 4 de marzo, salió en hombros tras sumar tres apéndices de un lote bravísimo de Zotoluca –de “Cortijero”, su segundo, debieron darle el rabo, según consta en la filmación de aquella lujosa sonata izquierdista--; por último, le disputó a Arruza la Oreja de Oro desorejando a “Espinoso” de Xajay. En el siguiente invierno tuvo un fuerte diferendo con el Ciclón, por un quite, en Irapuato, y eso lo distanció de Alfonso Gaona, el empresario optometrista, que en lo sucesivo habría de marginarlo de muchas de sus temporadas. Fue entonces que el torero de León decidió jugarse la carta hispana, sin contar con que, a pesar de sus ya reseñadas victorias, los mexicanos nunca han sido tratados allá como los españoles en estas tierras de Malinches.
Duro castigo
No solamente la política taurina afectó la trayectoria del recién desaparecido leonés. A pesar de su probada maestría, los pitones de los toros lo hirieron con notable inoportunidad. Sólo en la México sufrió las cornadas de “Italiano” de Piedras Negras (06-02-49), “Luminoso” de San Mateo (04-02-51), “Cañonero” de La Laguna (07-12-52: en la cara), “Colmenareño” y “Gordito”, ambos de Cabrera (29-11-53 y 10-01-54), “Sedeño” de Rancho Seco (08-01-56) y “Monosabio” de Tequisquiapan (26-03-61); excesivo castigo, que incluyó además percances tan graves como el de Reynosa en 1965 –femoral seccionada por un burel de Golondrinas—y el sufrido en la semana grande de San Sebastián durante su última visita a España (agosto del 66).
Inconformista hasta el fin
Ese poco afortunado viaje a la península lo hizo un Jesús Córdoba ya veterano casi por necesidad, a fin de evadir el veto que pesaba sobre él como dirigente –con Luis Procuna-- de la Unión de Matadores, opuesta a una emergente Asociación creada y manipulada por Ángel Vázquez, el promotor cubano que también borraría de los carteles de la México a José Huerta y Manolo Martínez en la segunda mitad de los años 60. Para entonces Jesús ya había toreado su última corrida en lnsurgentes –un duro encierro de Las Huertas, con asistencia del entonces presidente de la república Adolfo López Mateos, 10-02-63--, y se acercaba su silencioso adiós a la profesión, escrito en la placita jalisciense de Ciudad Guzmán (23-04-67), con reses de El Romeral y mano a mano con Joselito Huerta, otro torero fiel a la vieja Unión, vetado, como Jesús, por los mandamases de la fiesta en aquel momento.
Lo que nadie podrá borrar es que Jesús Córdoba triunfó con fuerza en los tres cosos más emblemáticos del orbe taurino –Madrid, Sevilla y México--, aunque en Insurgentes sólo partiera plaza en 27 ocasiones en las que, cornadas aparte, cortó 10 orejas y un rabo.
Fuerza, Zapata
A Uriel Moreno, la suerte acaba de jugarle otra mala pasada, esa cornada al banderillear al primero de Santa Fe del Campo en la nocturna del viernes 12 en Puebla. Es la tercera suya en El Relicario y, como las anteriores, se la pegó un toro íntegro y cinqueño, como corresponde a un torero que ha ido siempre con la verdad por delante. Porque Uriel no engaña a nadie, perfectamente definido su original estilo –variado, alegre, valeroso siempre--, sin eludir nunca hierros ni alternantes ni tirarle ventajas a nadie. Por eso, por arriesgar, una vez más, en un par de poder a poder, fue que “Príncipe”, con sus 560 kilos lanzados en tromba, lo prendió feamente y lo hirió de suma gravedad en la ingle y el bajo vientre, con evisceración de asas intestinales. La fuerte embestida del de Santa Fe del Campo consta en los videos, y de la agudeza de sus pitones no dejan ninguna duda las fotografías publicadas. De hecho, el impresionante percance y el mal fario que proyectó marcaron el resto de una corrida que ni Diego Silveti ni Hermoso de Mendoza ni el público de Puebla querrán recordar.
El torero de Apizaco ya se recupera, luego de superar la gravedad de los primeros días. La convalecencia será larga, pero por fortuna tenemos Zapata para rato. Con su bien definida personalidad, su sinceridad torera acostumbrada y sus probados arrestos de siempre.