Desde el barrio: Tenemos un problema
Martes, 01 Dic 2015
Madrid, España
Paco Aguado | Opinión
La opinión de este martes
A sólo tres semanas de las elecciones generales más inciertas de la moderna democracia española, el toreo de este lado del Atlántico –como también el de aquel– tiene un serio problema con sus políticos, cuyas tendencias y contemplaciones dizque antitaurinas ya se están concretando en una directa amenaza de futuro.
Mientras el aislado mundo del toro anda pendiente estos días del posible cambio de contrato de la Maestranza de Sevilla con la empresa Pagés -al fin y al cabo un asunto privado y mucho menos decisivo– pocos han reparado en que la verdadera espada de Damocles que lleva años pendiendo sobre nuestras cabezas tiene visos de caernos a tajo durante la próxima temporada: una nueva, masiva y determinante reducción de festejos en cosos menores.
Porque será a lo largo del próximo verano cuando las nuevas formaciones políticas que tomaron los ayuntamientos a primeros del anterior tengan tiempo por fin para desarrollar impunemente su demagógica política antitaurina, que consistirá en la radical eliminación de las partidas destinadas a la organización de festejos en una gran mayoría de ciudades y pueblos.
Del mismo modo que la nueva "izquierda" del ayuntamiento de Madrid, como también pretende la de Toledo y Alicante, ataca directamente a la base a través de la asfixia económica a las escuelas taurinas, los abolicionistas que tomaron el poder local esta primavera se centraran ahora no en prohibir, porque aún no tienen capacidad legal para hacerlo, sino en cortar todo tipo de ayudas a la celebración de un alto porcentaje de festejos menores en todo el territorio español.
El problema entonces no será la mejor o peor salud de las grandes plazas como Sevilla, donde, con suficientes ingresos, la crisis se ha ido capeando durante estos últimos años, sino la aún mayor inactividad de esos cosos de tercera y esas portátiles que dan sitio a una cantera, esa "masa social" que va a encontrarse de repente con una drástica reducción de oportunidades, desde becerristas a matadores de la parte baja del escalafón.
Lo que durante 2015 sólo han sido amagos, manifestaciones contrarias y declaraciones de intenciones de estos nuevos y extraños salvapatrias, el próximo año serán acciones concretas contra la fiesta de los toros en cientos de localidades donde los ediles recién llegados harán alarde de ahorro presupuestario a costa de las mal llamadas subvenciones taurinas, que no de otro tipo de actividades más caras y con mucho menor tirón popular.
Y como adelanto ahí está el ayuntamiento de Vitoria, donde, con el pretexto del ahorro de una raquítica ayuda económica, los munícipes socialistas, a expensas de los nacionalistas radicales, pretenden convocar un tramposo y costoso referéndum para acabar con la ahora endeble feria taurina de la Virgen Blanca, que aun así probablemente ingrese en la ciudad bastante más dinero del que recibe.
En el lado opuesto, aunque en el fondo con el mismo desdén por la fiesta de los toros, está el caso de Gijón, cuyos responsables municipales, viendo los buenos frutos que ha dado el gran trabajo del empresario Carlos Zúñiga en los últimos años, no tienen reparos, aquí sí, en mostrar su avaricia al redactar un pliego de condiciones que, aumentando sin que nadie se lo pida el canon de arrendamiento y el número de festejos, irá directamente contra la calidad a la que había llegado la recuperada feria de Begoña.
Esa gran mentira, arrastrada desde hace tiempo pero nunca desmentida desde dentro, que presenta a la fiesta de los toros como un espectáculo fuertemente subvencionado por las administraciones públicas es, en plena crisis económica, el gran lastre y la peor imagen que sufre el espectáculo, más allá incluso del manido maltrato animal que argumentan los antitaurinos.
Y será precisamente por esa vía, por la de los que parecen ya inevitables recortes en los presupuestos de fiestas, por donde los nuevos políticos locales van a hacernos más daño; sabiendo que tales medidas demagógicas les serán incluso aplaudidas por esa parte de la población que, en su desesperada precariedad, no ve más allá de lo que le ponen ante las narices estos expertos en el manejo de los bajos instintos en las redes sociales.
Pero es necesario hablar claro de una vez y demostrar con cifras que la tauromaquia es, con gran diferencia, la actividad cultural menos subvencionada de España. Y que las escasas ayudas que recibe de las corporaciones locales se destinan en su inmensa mayoría a la celebración de festejos populares –y en especial a sufragar las costosísimas medidas de seguridad impuestas por las mismas administraciones– que satisfacen la masiva demanda de las poblaciones donde están más arraigados.
Como también hay que hacer ver a la nueva y a la vieja casta de políticos que la escasa proporción de esas ayudas públicas que llega a la celebración de festejos formales y reglados –y sólo allí donde las administraciones no sacan buena tajada del espectáculo – viene a cubrir únicamente los desmedidos costes de producción que hoy por hoy supone su organización.
Aunque nadie se atreva a decirlo con claridad –porque los hay que parecen preferir dejar el campo abierto a los empresarios rateros y a la economía precaria de los tuneleros– esos desmedidos costes fiscales y sociales impuestos por el propio Estado a la tauromaquia hacen inviable la organización de cualquier tipo de festejo en plazas de tercera y cuarta, allí donde precisamente se asegura su futuro, si no es con una cierta compensación por parte de los ayuntamientos.
Claro que eso hay que asumirlo y saber explicarlo. Y aún más: hay que saber argumentarlo ante las administraciones para dejar de reclamar de ellas esas ayudas directas tan mal vistas, y parece que ya desestimadas para siempre, sino una suficiente reducción de cargas y costes que no afecte a los protagonistas del ruedo y a los necesarios beneficios empresariales.
Ese es ahora mismo el problema más urgente y decisivo que debe resolver el mundo del toro para asegurarse su futuro. Una necesidad perentoria que sólo puede afrontarse desde la unidad sectorial y desde una clara concienciación de tan evidente realidad. Y será mejor dejar para otro momento o en un segundo plano esos otros asuntos menores a los que quieren enfocarse los aún inoperantes e inactivos proyectos que, a la desesperada y sin criterio, tanto están tardando además en concretarse.
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