Evocación: Valente Arellano, 25 años después
Martes, 04 Ago 2009 | Aguascalientes, Ags.
Fuente: Xavier González Fisher / Foto: JAVH
Hoy se cumplen veinticinco años de la prematura muerte de Valente Arellano. Un accidente de tráfico le impidió desarrollar todo el potencial torero que parecía llevar dentro. Seguramente esta fiesta, que hoy está en el ojo del huracán –por causa de los que, desde detrás de la barrera mueven el agua y velan por sus particulares intereses sin reparar en que los de la Fiesta en su conjunto son de un orden superior y por ello intangible por los individuos– se vería enriquecida por un torero con el carisma y la frescura que en su día, el torreonense trajo a los ruedos mexicanos.
Conocí a Valente Arellano en lo que seguramente fue la primera vez que se enfrentó a un astado. Fue en el tentadero de la Hacienda de Chichimeco, asiento de la ganadería del maestro Fermín Espinosa "Armillita" en Aguascalientes.
Era el verano de 1974 y acababa de terminar la secundaria. El motivo del tentadero era aderezar una reunión para despedir a Fermín hijo, que se marchaba a España a emprender una breve campaña novilleril que completaría su preparación para la alternativa que recibiría al final de ese año.
Recuerdo haber llegado cuando ya se había iniciado la faena y en los burladeros de la placita de tienta se ubicaban Manolo, Fermín y Miguel Espinosa, Alfredo Leal, Julián Kuri y una persona que junto a él tenía un chiquillo que me pareció tendría unos siete u ocho años de edad –hoy sé que tenía diez– al que todos llamaban Valente. Al paso de los años, me enteré que era el ingeniero Valente Arellano, enólogo, asesor del maestro Armillita en los negocios vinícolas que tenía por aquellos años y aficionado práctico.
Al final de la tienta, después de probar unas cuatro o cinco vacas grandes, cornalonas algunas, originarias de aquella base genética muy ibarreña formada con vacas de La Punta y Matancillas con tres toros españoles de Carmen de Federico, Conde de la Corte y Domingo Ortega, se soltó una becerra pequeña, y el niño que acompañaba al que llamaban Valente se desprendió del burladero que ocupaba su padre, prácticamente sin permitir que pararan a la becerrita.
Con un capote pequeñito, comenzó a torear por chicuelinas, diría yo hoy, a la vuelta de muchos años, con poca técnica, pero con mucha intuición y deseos de hacer. El guía de la operación era inigualable: Fermín el sabio. Después, tomó una muleta, pequeñita también y se lió a la becerra alrededor de la cintura con bastante facilidad. No se evitó un par de volteretas, insisto, por su desmedida ansia de hacer las cosas, combinada con su natural falta de experiencia en la realización de las mismas.
Creo que todos los que ocupamos en aquella oportunidad un lugar en las tapias o en el palco de visitas del tentadero de Chichimeco, nunca nos imaginamos delante de lo que estuvimos. El nacimiento de un torero que en su brevísimo paso por los ruedos, representó un revulsivo para la fiesta de los toros en México, a la que mucho pudo haber aportado con su aire desenfadado y renovador.
Ya vestido de luces, solamente vi una vez a Valente Arellano. Fue el 16 de abril de 1983 en la Plaza Monumental Aguascalientes, cuando para lidiar novillos de Santa Rosa de Lima, se acarteló con David Bonilla y Roberto Ramírez "El Oriental". Esa tarde, aún con el celo que caracterizaba a Valente, El Oriental se le fue por delante, cortando el rabo del quinto de la tarde, en lo que quizás fue la faena más grande de su vida torera como matador, pero el ambiente y el entradón en la Monumental –aún para ocho mil espectadores– era de ocasión grande.
Este es mi recuerdo acerca de Valente Arellano, un torero que nos dejó pinceladas de lo que pudo ser y que no dejará nunca, de ser parte de la memoria colectiva.
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