La huella imborrable de Valente (audio)
Lunes, 28 Jul 2014
México, D.F.
Juan Antonio de Labra | Foto: El Saltillense
Emotivo homenaje al torero lagunero, ayer en la Casa de Coahuila
Cuando los hombres trascienden a la muerte, su huella queda indeleble en el alma de quienes gozaron de su presencia, de su obra. Es el caso del matador Valente Arellano, al que la Casa de Coahuila ha rendido un sentido homenaje con motivo del 30 aniversario de aquel trágico accidente de motocicleta del 4 de agosto de 1984, cuando el destino le arrebato un ídolo a la afición taurina de México.
Y ayer en esta casona de Coyoacán, que se vio abarrotada por unas 250 personas, muchos admiradores del torero nacido en Torreón vibraron de nuevo con los videos en los que se le veía a plaza llena en La México, el escenario donde cosechó triunfos memorables que lo lanzaron al estrellato taurino.
Porque lo de Valente no fue un relumbrón. ¡Qué va! Su toreo contagiaba esa magia de los predestinados, y si las cornadas y lesiones no frenaron su ascendente carrera, sí que la detuvo aquel lamentable accidente. La conclusión: Valente no le temía al peligro, lo desdeñaba con el mismo desparpajo que andaba delante de los toros.
A lo largo de esta reunión, en la que la familia del torero fue el eje de un sentimiento de añoranza que se vio reflejada en tres videos presentados a manera de introducción: un reportaje de época, de la pluma de Ricardo Rocha, así como sendas entrevistas de Jacobo Zabludovsky y Pepe Alameda, respectivamente, en las que el joven lagunero de 18 años contestaba las preguntas con inteligencia y chispa, haciendo gala de su apabullante carisma, uno de los pilares de su atrayente personalidad.
Acto seguido, uno a otro, moderados por Roberto Reyna, hicieron uso de la palabra Guillermo H. Cantú que, al margen de haber cometido diversas imprecisiones históricas, entroncó de forma interesante el hipotético futuro de Valente con la figura del mandón, afirmando que hubiese sido el octavo de la tauromaquia mundial.
Después habló Ignacio Solares, cuya participación fue esencial para comprender el vacío que dejó Valente tras su muerte. Nacho leyó un texto publicado a los dos días del fallecimiento del torero, todavía con el dolor contenido, en un documento de acusada profundidad.
Leonardo Páez, siempre reflexivo y puntilloso, abordó con destreza la tauromaquia de Valente, aunque a mitad de su comentario intercaló temas de actualidad que no venían a cuento, supongo que por no dejar de aprovechar el escaparate para lanzar sus consabidos dardos, hasta que en el remate de su intervención retornó de manera brillante a la figura de Valente, de la que Heriberto Murrieta no se despegó para comentar –con originalidad y estilo–, la importancia del lagunero.
En esos 11 mil días sin Valente Arellano, que estaría por cumplir medio siglo de vida, Murrieta nos transportó a fantasear con lo que hubiera llegado a ser este singular espada, que tan sólo toreó nueve corridas desde su alternativa.
En otro ejercicio de remembranza, tuvieron una participación muy emotiva tres personas ligadas a Valente de distinta manera: su padre, quien abrevió diciendo que su único mérito de estar ahí fue haber hecho un hijo. La del que fuera su apoderado, Adolfo Guzmán, que perdió un amigo que todavía está junto a él, y uno de sus rivales novilleriles: Ernesto Belmont, que señaló que alternar con Valente obligaba a sudar dos veces la ropa de torear.
En medio de tanta nostalgia, la irrupción de tres "espontáneos" a lo largo de la tarde aderezó el encuentro con la memoria de Valente: el del intelectual Felipe Garrido, que subyugó a la concurrencia con un poema de amor inspirado por la madre del torero; el de un aficionado coahuilense que improvisó un simpático acróstico, y el de un novillero retirado, Fernando Arroy, que evocó la calidad humana de Valente en una anécdota campera.
Y si éstas tres intervenciones despertaron las palmas del público, la admiración hacia el torero ausente se elevó cuando la señora Sonia, levantó la frente al cielo para buscar al hijo que se le fue, al "sol" que ha representado para ella Valente a lo largo de estos 30 años, un tiempo en el que su resignación se refugia en aquella sonrisa fresca y noble de un ídolo con ángel.
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