Un buen epílogo tuvieron los festejos de lo que antiguamente se le llamaba “El Día del Novillero”. Esta añeja celebración dejó de llevarse a cabo cada año, pero regresa hoy, democrática y justamente denominada como “El Día del Torero de Jalisco”. El broche fue un –a más de interesante– ambientadísimo festival con los prospectos más avanzados de la novillería de nuestro estado.
Si bien, la entrada fue libre superó las expectativas en cuanto al número de aficionados que habitualmente concurren a este tipo de festejos. Bien por los organizadores. Con prietillos en el arroz que, por más que se intenta es imposible eliminar. Por fortuna, los resultados positivos han sido infinitamente superiores. La cabeza de la organización, el matador Antonio Bricio, siempre ha tenido la sana costumbre de la autocrítica. Enhorabuena al gran esfuerzo de todo su equipo de trabajo.
Juan Pablo Miramontes enfrentó un novillo del hierro de La Llave con el que no se pudo entender, pese a que lo intentó con gran empeño. A este torero, la afición no le cabe en el cuerpo. Faena larga que se echó el tiempo encima. Un pinchazo, una entera y dos avisos.
A Cristian Verdín le correspondió un novillo de Montserrat, bien servido de kilos y pitones que atacó y derribó, de forma dramática al aspirante a piquero, Álvaro Carrillo hasta en dos ocasiones. Intento de quite que no cuajó, para que su alternante, Arturo De Alba realizara el suyo por chicuelinas voluntariosa. La respuesta de Verdín no se hizo esperar, también con voluntad las de “Chicuelo”.
El novillo, que tuvo mucha calidad tuvo una dificultad: embestir muy lento. Y aunque Cristian lo intentó, no se pudo acoplar al ritmo. Tanto lo buscó, hasta que se llevó un maromón de pronóstico reservado. Para seguir con lo que se le hace ya costumbre, se eternizó con la espada e hizo picadillo con la de cruceta la cerviz toro, mientras escuchaba un aviso. Terminó en la enfermería para que le instalaran un collarín.
Fernando Gómez Vega se enfrentó a uno de Corlomé, que saltó al ruedo con 420 kilos en los lomos. A mí entender, muchos kilos para un novillero muy en ciernes. La prueba está, que le exigió de más al joven espada. Tardo, de distancia cortísima y codicia al tomar la muleta, la que, además tendría que llevarse muy baja. Rodaje es lo que le faltó a Fernando, porque voluntad y empeño ahí estuvieron. Pinchazo, entera y silencio.
Arturo De Alba es un espigado joven que tiene una percha de torero que no puede con ella. Conecta fácil con los tendidos, sobretodo con la féminas, quienes lo piropearon a silbidos durante su actuación. En lo taurino, se enredó en lances voluntariosos y en el ajustadísimo quite por gaoneras, para escuchar aplausos con fuerza.
Con la pañosa flexionó una rodilla para enganchar por bajo y despedir por alto al de Rosas Viejas, un negro lucero de finas hechuras, al que llevó al centro mismo del anillo. Intenta –tope donde tope– bajar mucho la mano; gusta de embarcar allá, tirar de su enemigo y despedir todavía más allá. Tuvo aguante y posee valor sereno. ¡Ufff! Hay que llevarle muy encarrilado. Un pinchazo y una entera fulminante para pasear una oreja unánime.
Francisco Miramontes “Lagartijo” tiene que ir al Mercado Corona en el centro Histórico de nuestra ciudad para que le hagan una “limpia”, porque en las dos últimas actuaciones que le he visto, la mano que mece la cuna –o la que mete la mano al sombrero– le ha puesto delante de dos fichitas que hay que …derse. El de Corlomé que hoy le correspondió fue un galimatías.
Derribó a David Vázquez, en banderillas apretó a las infanterías; su recorrido fue corto, se paraba a medio viaje, etc. Pues con ese regalito, Lagartijo se fajó los pantalones, se apretó los machos, se metió en terrenos con peste a cloroformo, y no se conformó hasta que logró meritorios muletazos y hacer que los tendidos se pararan de sus asientos. Para su enojo y tristeza, el novillo se le volvió de hueso. Cuando se retiraba con rabia a los tableros, el público le llamó y le exigió que diera una merecidísima vuelta al ruedo.
Cuando pitaron desde el palco la salida de uno más de Corlomé, la plaza estaba ardiendo. Carlos Casanueva se fue al centro del ruedo. Ahí se arrodilló desplegó su capote y le cuajó un apretado farol de rodillas al de don Sergio Lomelí. Aquí, de nuevo pudimos gozar de un agarrón en quites. Alejandro Fernández, por sabrosas verónicas, con remate de media para un cartel. Casanueva respondió, con un lucido quite que me parecieron “recortes de zapopina”. El público con dolor en las manos de aplaudir toda la tarde. Carácter y valentía, a carretadas. Concluyó su faena por bernardinas, la ligó con una arrucina y uno de pecho muy jaleado. Tres pinchazos, una entera y iuna oreja con división de opiniones.
Aún quedaban sorpresas, emociones y más esperanzas. Se llama Alejandro Fernández. Es tapatío… otro que tiene un pedazo de empaque de torero, valor del bueno y gusto por el toreo de calidad. Le ayuda su estatura para la dimensión y el temple que intenta. Le jalearon a través de su faena, y cuando a la mesa le pusieron el mantel, nada, que al joven –para decepción de muchos– se le ocurrió pinchar. En el siguiente viaje se fue sobre el morrillo, pero la espada cayó delantera. Aún así, la gente exigió al juez a que mostrara el pañuelo blanco.
En fin, que, como dijo mi Tío Pancho. Tan agradecido como empicado, y rogamos a Dios, les aumente a los toreros la devoción… para la próxima ocasión. Enhorabuena a los toreros de Jalisco; pero sobre todo, a los aficionados de nuestro estado.