En la plaza: garbo, temple, ensueño; en la calle: simpatía, entrega, bohemia. Así era Alfonso Ramírez "Calesero", uno de los más hondos artistas de la tauromaquia mexicana. Su partida provoca la reflexión de lo que es torear con arte, con ese mágico pellizco tan propio de los artistas gitanos. Y aunque por sus venas no corría sangre calé, su toreo estaba tocado por los duendes.
El concepto que se formó el maestro Calesero en su cabeza, tenía la decidida convicción de que debía torear despacio, con sentimiento, acariciando las embestidas de los toros. Resulta lógico pensar -inclusive en nuestros días- que esta concepción es la más pura y quizá también la más difícil de llevar a cabo. Por eso, cuando conseguía torear así, ponía el toreo en una dimensión sublime, de verdadero arte.
Pero no sólo con el capote, como tanto se ha mencionado, sino también con la muleta y prueba de ello son las grandes faenas que logró sobre todo en el ocaso de su carrera, cuando la madurez de la técnica le permitía sacar a flote el sentimiento que habitaba su alma.
La palabras de Garza
A pesar de las excelentes maneras que siempre demostró desde su debut, Calesero fue un novillero longevo que tardó varios años en cuajar. Tomó la alternativa a la edad de 25, en El Toreo de la Condesa y de manos de un padrino de lujo: Lorenzo Garza. Alfonso contaba, con su entrañable carisma, que en el momento de la ceremonia le dijo: "Ahijao, te deseo mucha suerte y ojalá ganes el dinero que yo he ganado, y que todos estos hijos de la chingada te chiflen tanto como me han chiflado a mí". En aquella corrida, celebrada el 24 de diciembre de 1939, "El Ave de las Tempestades" le cedió la muerte del toro "Perdiguero", de San Mateo, en presencia de David Liceaga.
A partir de este momento, la carrera del trianero estuvo marcada por la inconsistencia no obstante que gozaba del cariño de don Antonio Llaguno, el influyente ganadero de San Mateo que por aquellos años abanderaba un movimiento en contra de otros criadores, con el apoyo del propio Garza y Luis Castro "El Soldado"; y Calesero formaba parte de este grupo, situación que le permitió integrar distintos carteles en la plaza de la capital.
El antecedente más cercano que tenía el público de un torero eminentemente artista era Pepe Ortiz, el famoso tapatío que inventó una gran variedad de quites e hizo gala de lo que es torear andando, con un ritmo tan acompasado y hermoso. Podríamos afirmar que Calesero fue el continuador más fiel de una tradición con el capote, tan propia de la tauromaquia mexicana.
Sin embargo, el maestro buscó la combinación de dos cualidades difíciles de encontrar en un mismo torero: naturalidad y empaque. Aquella mal ganada fama de su miedo se distendió a lo largo del tiempo, pero como en alguna ocasión dijo Curro Romero aquí en México: "¡Es que cuando yo estoy bien con un toro, soy más valiente que todos!" Y vaya si tenía razón el camero, pues cuando un torero de este corte cuaja a un toro, lo hace con tal pureza que raya en la perfección y es entonces el momento trascendental en que el toreo cobra su más importante cometido: dejar huella en el espectador. Y naturalmente que cuando se torea relajado, la gravedad de los percances es mayor, como las 27 cornadas que sufrió Calesero a lo largo de su dilatada carrera.
Una prensa de lujo
Otro factor determinante en la trayectoria del hidrocálido fue su excelente prensa. Y es que en su época había una pléyade de cronistas inteligentes y sensibles, que supieron aquilatar el estilo de Alfonso en toda su extensión. ¡Qué importante es para un torero tener excelente literatura! Es decir, que sus triunfos se canten con hondura y desgarramiento. Prueba de ello fueron las crónicas magistrales de Carlos Septién García, Carlos León, Pepe Alameda, Paco Malgesto, Rafael Solana y otros reconocidos periodistas que dijeron algunas de las cosas más bellas que se pueden decir sobre un torero que despertaba la sensibilidad de quiénes estaban al frente de las tribunas más destacadas.
Esta situación se aderezaba con la personalidad y gestos a veces polémicos del torero. Prueba de ello son varias anécdotas como la que se suscitó una tarde en la plaza de Orizaba: cuentan que Manolete había estado grandioso y salió El Calesa a dar la réplica en una faena antológica. En medio de la división de los partidarios de ambos diestros, se impuso el nacionalismo exacerbado de la mayoría y a media faena el director de la banda de música entonó el Himno Nacional, en un hecho sin precedentes que lo condujo a la cárcel.
Sin duda, uno de los titulares más hermosos que inspiró Calesero fue aquel de Carlos León que rezaba: "Calesero, premio nobel del toreo", cabeza de la crónica realizada por el puntilloso cronista del periódico Novedades, un día después de la famosa corrida en que la noticia era el regreso a los ruedos del maestro Fermín Espinosa "Armillita Chico", acartelado con Jesús Córdoba y Calesero, con un encierro de Reyes Huerta, en enero de 1954. Pero aquella tarde, El Calesa bordó el toreo y acabó con el cuadro, como solía suceder cuando estaba a gusto con un toro. El testimonio fílmico de la corrida recuerda de manera especial el remate de un quite con una larga cordobesa, todo un portento de arte. Con el paso de los años, los aficionados comentaban que Calesero había vivido cinco años de aquella larga; lo cierto es que de ese y otros momentos cumbres plasmados con el capote, le valió para vivir toda la vida.
Como los buenos vinos
Calesero fue un torero perteneciente a la llamada Época de Oro del Toreo, cuando grandes figuras de muy variado estilo y personalidad sostenían la brillantez del espectáculo. En este contexto, el torero del barrio de Triana fue una referencia obligada debido a la huella que dejaba su toreo. Estaba en la misma cuerda del sentimiento de Silverio Pérez, por cierto al que más admiraba de todos sus compañeros -dicho en infinidad de ocasiones y con gran vehemencia- al grado de que una tarde le tiró su montera a los pies durante una faena del Faraón en el coso de Mérida.
Fue quizá su misteriosa irregularidad la que le precisamente marcó el rumbo de su extensa trayectoria. No obstante, el público siempre le vio con buenos ojos y fue precisamente años más tarde, a mediados de los cincuentas, cuando ya se habían retirado los mandones de su época, el toreo de Calesero se manifestó con la rotundidad de un tinto Gran Reserva, en tiempos en que los Tres Mosqueteros -Jesús Córdoba, Rafael Rodríguez y Manuel Capetillo- cortaban el bacalao y encauzaban la tauromaquia por senderos distintos.
Todavía a principios de los sesentas, cuando El Calesa tenía ya poco más de dos décadas como matador de toros y cerca de cincuenta de vida, tuvo tardes de verdadera apoteosis en varias plazas de primer orden como La México, Guadalajara, Aguascalientes o Monterrey. Y ya mayor, se dedicó a torear festivales benéficos donde seguía dictando su cátedra de arte, todo un acontecimiento para las nuevas generaciones de toreros y aficionados.
Se ha marchado un artista de los ruedos que deja sobre la arena las delicadas huellas de su toreo, concebido como algo esencial y trascendente.
IMAGEN DE CALESERO
A José Antonio Ramírez "El Capitán".
Una larga del maestro Calesero
Permanece contenida en el aire,
Con aroma penetrante de romero.
Se desborda un río de soleares
Al sonoro compás de su toreo,
Que va surcando los mares.
Y en el pedestal eterno de su arte,
Se levanta un capote de majeza
En espera de las manos milagrosas
Del insigne creador de tal belleza.
(Juan Antonio de Labra)